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Realidad y ficción del 23N

Antonio Sánchez García
lunes 24 de noviembre de 2008, 06:17h
El pueblo democrático venezolano se volcará a votar masivamente este próximo domingo 23 de noviembre, qué duda cabe. Proclive a reacciones emocionales y a desplantes sentimentales, dejará en el baúl de los recuerdos su justificada ira contra un liderazgo que no ha sido capaz de responderle con grandeza ante coyunturas críticas y apremiantes, como sucediera el 11 de abril, con ocasión de la nunca aclarada renuncia de Hugo Chávez; como se reiterara durante el paro cívico nacional de diciembre de 2002; como quedara dramáticamente de manifiesto el 15 de agosto de 2004 con ocasión del Referéndum Revocatorio y como terminara por suceder el 6 de diciembre de 2006, cuando el candidato opositor se precipitara a dar por buenos los resultados proclamados por el presidente de la república cuando aún no culminaba el proceso electoral. En todas ellas, el liderazgo político nacional brilló por su ausencia. Bajó la testuz y se acomodó a los dictados del teniente coronel.

Tampoco desconoce ese pueblo democrático, hoy indudablemente mayoritario, que el 2 de diciembre de 2007 la verdad se impuso – aunque a medias – antes por acción del estudiantado, de los sectores disidentes del chavismo y de algunos escasos líderes políticos que decidieron jugarse el todo por el todo por impedir el gran fraude exigido por Hugo Chávez que por la acción consciente y responsable de la dirigencia partidista. En aquella ocasión, cuando el pueblo soberano rechazara la reforma constitucional propuesta con el fin de derogar la propiedad privada, instaurar el llamado socialismo del siglo XXI y establecer la reelección vitalicia del presidente de la república. Pues el triunfo del 2D, desconocido olímpicamente por el autócrata pocos meses después cuando impusiera el contenido de esas reformas mediante decretos leyes, tampoco ha sido prueba de honor de ese liderazgo político. Si se mantiene vivo en el recuerdo y constituye un hito en nuestras luchas por la reconquista de la democracia se debe a un puñado de intelectuales y dirigentes de nuestra sociedad civil que lo convirtieron en la piedra de tranca de los desafueros presidenciales. El Movimiento 2 De Diciembre Democracia y Libertad, que preside Miguel Henrique Otero, director propietario del períódico EL NACIONAL, se encarga domingo a domingo de recordárnoslo.

No creo que esa pusilanimidad que baña a las dirigencias partidistas de la oposición tenga raíces conscientes y obedezca a una complicidad declarada con un régimen tan nefasto como el que nos desgobierna. Tampoco creo que el Poder, así cuente con intrigantes de la estatura de José Vicente Rangel, valido del presidente de la república y especie de Vladimiro Montesinos del régimen, tenga la capacidad como para montar una quinta columna de tamañas dimensiones. Muy por el contrario: el desgajamiento de importantes sectores políticos, que abarca desde PODEMOS hasta el Partido Comunista de Venezuela, agrupaciones de izquierda que han entrado en serias contradicciones con el régimen dado el afán hegemónico del presidente de la república, demuestra que el chavismo es una fuerza en descomposición, afectada de la metástasis de la desintegración. No posee otra fuerza que la volcánica de un sociópata dispuesto a jugarse el todo por el todo por mantenerse aferrado al Poder.

Creo, en cambio, que esa pusilanimidad es la expresión pura y simple de la mediocridad de una clase política incapaz de estar a la altura de las graves circunstancias que vivimos. Expresión de una decadencia sin retorno, que hizo posible la aparición del golpismo civico-militar puesto a la orden del día luego del cruento golpe de estado del 4 de febrero de 1992, lo dejó sin castigo y le permitió apoderarse del poder en 1998 en prueba de la más insólita irresponsabilidad. De sus polvos salieron estos lodos. Vuélvase al pasado y mida a los presidentes de la Cuarta República con los cartabones de la exigencia que hoy le plantearíamos a nuestros futuros presidentes. Sólo se salvan Rómulo Betancourt (1959-1964) y el primer Rafael Caldera (1969 - 1974). De los demás más vale guardar un tupido silencio. No hablemos del grave error de permitir la reelección transcurridos 10 años de cumplido el primer período presidencial: de los cuarenta años de democracia 20 corren a cuenta de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera. Para nuestra infinita desgracia.

Sus herederos no lo hacen mejor ni peor. Esta es la clase política con que contamos. Y a no mediar un milagro, será la misma con la que nos veremos obligados a contar por los tiempos que vienen. Por eso, y por ninguna otra razón, este próximo 23 de noviembre volveremos a vivir el mismo drama de nuestras desgracias pasadas: el pueblo democrático saldrá masivamente a votar – y es maravilloso que así sea – y empujará hacia la victoria a sus candidatos en casi todas las gobernaciones y alcaldías del país. Para vernos una vez más en la insoportable situación de tener que aceptar que el régimen decida dónde ganamos y dónde perdimos, reparta las cartas de la baraja a su aire y conveniencia y se nos empuje a un juego de definiciones obligándonos a acatar la soberana voluntad presidencial. El vocinglero chantajismo del caudillo despliega sus tanques y cañones para intimidarnos. Y los partidos estarán preparando sus acomodaticias explicaciones del por qué no obtuvimos más que cuatro o cinco gobernaciones. Dándose por pagados. Cuando pudimos obtenerlas todas.

Es el triste juego de la realidad y de la ficción en que navegamos. Dios se apiade de nosotros.
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