Un famoso museo británico y una colección exótica. El visitante ha visto los anuncios, entiende la importancia: la nueva exposición trae al anonadado público europeo algunas piezas arqueológicas de los antiguos Garamantes. Para la mayoría, un pueblo más. Otros, los que no son desgarramantas (nota del autor de estas líneas: guiño, guiño para el lector), tienen alguna noción de esta cultura norteafricana. De la exposición sobresalen varias piezas, entre ellas una madeja y un niño de oro. Una figurilla de la que se rumorea que pesa una horrible maldición. Como la del muñeco de Krusty y el «yogurlado» de Los Simpson. Y, en efecto, a los pocos días de comenzar a llegar los visitantes, comienza el caos: un intento de asesinato, un posible juego de espías y sucesos extraños.
A la escritora inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000) le debemos horas de gratas lecturas. Quizá no se trate de obras maestras que recordar por su impronta filosófica ni tampoco novelas que marquen un canon, como las aventuras de nuestro más famoso caballero andante patrio. O el teatro de Shakespeare, el legado de Racine o los poemas de Baudelaire. Pero Fitzgerald supo hacer una cosa que no es fácil en literatura, y es escribir novelas de calidad, trabajos que se disfrutan atemporalmente, que besan a la imaginación y permiten hacer algo sencillo, tan mundano y al mismo tiempo necesario, que con absoluta frecuencia hemos olvidado en el legado literario de nuestra época: se escribe para disfrutar. Sí, los dos, quien escribe y quien lee.
En efecto, El niño de oro ofrece un universo a medio camino entre Agatha Christie e Indiana Jones. Le faltan los nazis, pero pulula el peligro del espionaje soviético –como en La calavera de cristal– y una tensión muy superior, al menos, a la saga cinematográfica. Es decir, esta novela se encuentra a medio camino entre la novela negra y la de suspense, la de aventuras y una historia británica más. De las que sólo pueden imaginarse en Londres, Nueva York, Berlín, Moscú, El Cairo, Hong Kong o, como mucho, París o Roma, sin que en la primera impresión parezca una trama forzada.
Siempre me he preguntado por qué narraciones del buen gusto de El niño de oro no suelen triunfar ubicadas en localizaciones como, por ejemplo, Zaragoza o Albacete, y la única respuesta que encuentro y que puedo defender con absoluta rotundidad es porque quienes escriben se olvidan de hacer soñar al lector. Qué sencillo y enrevesado es conseguir lo que estoy diciendo. Hacer soñar. Fijar escenarios extraños, pero posibles, en imágenes, transferidas por el rasguño en el papel de la palabra, de una mente a otra. Crear el clima justo de fantasía para que la trama, por sí sola, funcione. No crean que alcanzar este punto justo es algo que se pueda lograr sin trabajo, talento y tiempo. Las «tres tés» de este y de cualquier oficio artesano requieren, ante todo, alcanzar una maestría.
Esto es, precisamente, la cualidad que se repite, página tras página, en El niño de oro. Penelope Fitzgerald había cultivado un profundo dominio del arte de hacer literatura y este hecho se luce en la lectura de este libro. La novela en sí es un deleite: con un cierto toque muy inglés, en otras palabras, irónico y cálido, la autora consigue introducir el exotismo del misterio y la tensión de varias investigaciones –académicas, sobre las piezas; del intento de comisión de un asesinato, del espionaje propio de la Guerra Fría– sin que ningún elemento parezca forzado.
Con la traducción del inglés de Miguel Temprano, El niño de oro se presenta de la mano del exquisito trato editor que Impedimenta suele conferir a sus publicaciones. Pasen y lean. Deléitense con un regalo de lectura. Porque esta novela, este clásico del siglo XX, si aún no lo conocen, les va a encantar.