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TRIBUNA

De la poesía como medicina

Javier Mateo Hidalgo
domingo 15 de diciembre de 2024, 19:11h

Me dispongo a escribir el presente texto, a modo de pequeña reflexión, para una nueva sesión de nuestro encuentro poético mensual en Odradek. Tras esta kafkiana palabra, un grupo de insobornables “lírico-filos” somos convocados —o invocados— para hablar en una especie de círculo —más que esotérico o teosófico diríamos humanístico, aunque tenga menos morbo— en torno al contenido del subtítulo de esta convocatoria: “El veneno curativo de la palabra poética”. Una definición que viene ni pintada para tratar de lo que muy generosamente me han solicitado Rocío Martinez y José Luis Gallero en la tarde de esta segunda semana de diciembre, en el espacio íntimo de la librería Enclave.

“Veneno curativo”, “palabra” y “poética” son conceptos que van inevitablemente ligados. Desde que el ser humano existe, ha precisado de la expresión personal para comunicarse y satisfacer sus inquietudes interiores, dar salida a lo que le mueve o inquieta. Empezando por las primeras palabras pintadas en las cuevas prehistóricas —cuando todavía la palabra no existía— o alcanzando la época de los griegos. De esto último sabía mucho Pedro Laín Entralgo y dio testimonio en su obra La curación por la palabra en la Antigüedad Clásica, publicado por Revista de Occidente en 1958. Ese origen sanador de las palabras hallado en los textos clásicos que han llegado a nuestros días da una idea de cómo en el campo médico de la época ateniense existía ya eso que conocemos como psicoterapia verbal. Pero no olvidemos que la palabra, más que a nivel escrito, existía y revivía mediante la voz. Es así como llegamos a la poesía entendida en su origen no como género literario destinado a ser leído, sino recitado o cantado y, en definitiva, expresado verbalmente. Esto es lo que hacemos en nuestras sesiones terapéuticas de Odradek, que podrían considerarse también como “reuniones de poetas anónimos o casi anónimos”. Escogemos piezas poéticas, las leemos en voz alta y tratamos de su contenido trascendiéndolo hasta lo que nos inquieta como individuos.

En mi caso, he de confesar que he sentido ese veneno curativo a través de la escritura como desahogo o plasmación de inquietudes desde el formato poético. Considero que alguien que quiere intentar aproximarse a la poesía desde la creación debe olvidar toda máscara ocultadora si no es para su función primera: amplificar la voz —de ahí el “per sonare” que dará lugar al término “persona” (me quedo aquí) y después al de “personaje”—. Debemos ser sinceros o transparentes y, por supuesto, humildes en nuestra tarea. Para lo demás, existen otros géneros literarios válidos en los que experimentar —y también en ellos, sin duda, podemos actuar con la autenticidad con la que obramos en la poesía—, no siendo necesario que los mencione.

¿Para quién escribimos? Es innegable que en un primer momento lo hacemos para nosotros mismos. Pero no olvidemos que el ser humano es un animal social y precisa de la comunicación. Quien escribe seguramente espera que tarde o temprano sea leído, bien en un círculo íntimo o más abierto. Volviendo a Kafka, si éste hubiese querido de verdad dar al fuego sus obras más importantes antes de morir, sin duda las habría destruido él mismo y no se las habría entregado al amigo que, finalmente, incumplió su promesa dándolas a la imprenta. Incluso me atrevería a decir que quien escribe diarios espera que más tarde o más temprano acaben saliendo a la luz. Pero no nos desencaminemos. La poesía tiene la virtud de ser personal y comunitaria. Habla de nosotros y de los demás. Puede y debe hacer referencia a las experiencias o apreciaciones personales, la visión propia en definitiva hacia lo interno y externo, pero a su vez será comunicable, tocando de algún modo al lector —conmoviéndole, conmocionándole, permitiéndole pensar o reflexionar en torno a determinadas cuestiones—. En definitiva, no le dejará indiferente. Porque, no lo olvidemos, la acción curativa ha de llevarse a cabo en ambas direcciones.

A veces, la sanación no sólo parte de una herida sino que la abre o vuelve evidente. Determina los posibles puntos vulnerables para operar sobre ellos. Se puede ahondar en la debilidad, como un veneno que se introduce en pequeñas dosis a sabiendas de sus efectos, con la idea de fortalecer la voluntad. Se hace necesaria la experiencia como pequeña marca, cicatriz vivencial o herida de batalla. En ese sentido, escribir conlleva un acto de introspección donde tratamos de alumbrar nuestras propias tinieblas —siempre las hay—, preguntarnos a nosotros mismos sobre aquellos aspectos que nos tocan más de cerca. Algunos suponen cierto esfuerzo y a su vez un estímulo. Tras la primera reticencia llega el desahogo o liberación en muchos casos; en otros el pleno disfrute. Se puede escribir de muchas maneras, desde distintas voces o ámbitos y cuanto más amplio sea el abanico más enriquecedor será el resultado. Nuestra pluralidad nos vuelve humanos, contradictorios. Escribir es vivir en la escritura, recordar lo que hemos sido, lo que somos y lo que podemos ser y no ser. En cualquier caso es poner en común y esto siempre es medicinal. El intercambio, porque quien escribe poesía habla pero también debe haber escuchado previamente y ha de comprometerse a seguir escuchando. La voz poética nunca termina de construirse, se va alimentando de la experiencia, como es lógico. Es una obra abierta a modificaciones pero no a arrepentimientos. Somos lo que hemos escrito y no hay vuelta atrás respecto a ello. Escritura contínua, aprendizaje contínuo. Como un alumno que siempre precisa de nuevas enseñanzas; incluso siendo maestro, disfruta siendo superado por aquellos a quienes enseña. Es hermoso poder ayudar y ser ayudado.

En definitiva, la poética es ética porque nos sitúa en el mapa y lo describimos desde nuestra propia situación. Ponemos los detalles de esa “equis” en el plano de situación para que los demás sepan llegar hasta ella o entiendan cómo hemos llegado hasta ahí. Aunque contar la experiencia ayuda, resulta obligado meternos en ese mapa y no quedarnos fuera. La mirada y la comprensión cuentan mucho en este viaje, sirven de brújula. Caminemos sin miedo al dolor, porque forma parte de estar vivos, nos lo recuerda y es un regalo. Pero aprender es ayudar a otros también en agradecimiento. Cuidar y dejarse cuidar haciendo ver lo que tenemos, falta o no necesitamos.

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