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TRIBUNA

Marisa Paredes: esa voz rubia

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 17 de diciembre de 2024, 19:46h

Muere Marisa Paredes a los 78 años, blanca por la edad como la ginebra, roja en la memoria con aquella risa arrastrada y en cascada, cascabeles de mucha luna en los tobillos, guantes largos hasta los codos, mirada lenta, humo lento, copas lentas, guiños lentos de disparos rápido, ese vivir alerta bajo amable calma.

Muere Marisa Paredes con su Goya roto en el bolso (el cabezón sirve para amasar albóndigas y torrijas), tacones rotos, lluvia en el pintalabios de navaja, maquillaje roto por las verbenas o lágrimas, qué más da ya todo, los taxis pasan urgentes como promesas, las farolas se encienden y apagan como semáforos, los poetas aman todavía a las señoras con un pasado, se decía antes, la fama es la calderilla del éxito barato.

Muere Marisa Paredes entre vinilos partidos por la mitad como panes, hielos derretidos, alfombras persas con mucho gato tranquilo encima, inalámbricos como periquitos azules de la risa, la furia y el sueño, la carcajada y el alcohol: una voz enorme y rubia, sí, lastrada de calle y que nos moja al caer de las alturas, risa con piños negros separados por el tabaco, risa con mucho hueso, oh Marisa, persianas bajadas en el salón durante el invierno y el verano, tiburones en la bañera, chorizo sobre la encimera de la cocina sin lonchear, los libros no leídos que corren escaleras abajo junto al ascensor de jaula, tan madriles.

Muere Marisa Paredes, duelo de cabezudos y pasacalles, acuarela triste, drama con posibles, el único miedo es la ignorancia, la bondad de los desconocidos es alada e imprevista, esta vida interior devastada pide otra, este rayo de beber y no engordar forma una viñeta en el peor cómic arrugado, olas por todos los chacos de la ciudad fría, nieve por todas las pitilleras jóvenes con blasón de la abuela, la visa es canalla y la tortilla huele a mono obrero y humazos de costo por los huevazos: nunca la fragilidad fue más dura, jamás el viento mordió a la hora de otro desafío.

Marisa Paredes: actriz española, chica de almódovar y colomo, lectora de ciclostil y vietnamita, 75 películas, 80 series, 15 obras teatrales, rompen todos los espejos en su recuerdo, las ojeras visten de verde, levantamos la caracola de la arena para pedir otra cocacola con misterio, las sombras lucen su musgo inaudito, sinfonía barroca, luzcasal entre silencios, piensa mí, tu párvula boca que siendo tan niña me enseñó a pecar, piensa en mí, cuando llores, cuando sufras, cuando el hondo pesar, cuando quieras quitarme la vida, no la quiero para nada, para nada me sirve sin ti: para nada las medallas ni los premios nacionales.

Pasa el luto por las melenas mojadas de los estudiantes, por sus ojos negros como radares, camisetas de arlequines, todos los quijotes hacen cola en el Bierzo de la calle Libertad, el queso del Palentino arde derretido, Ceesepe vende dibujos con grapa, los mendigos venden zen, en tu marcha encienden cirios con perfume a porro de hierba afgano, los provos levantan otro Sacré Coeur con palillos, los colegas del planeta Gong peroran de amor y gozo alucinatorio en El Comunista, otros camareros visten pantalón vaquero de peto y sombrero con plumas, los grises peinan la zona por si algún enterado todavía sigue vendiendo chinas.

La basca sigue cenando lentejas en Ciriaco porque la pena da mucha hambre, reproducen tus parpadeos que fueron italianos y franceses, los árboles corren por delante de los maniquíes con sus gritos florales (“¡Cocacola asesina, carajillo al poder!”), mientras los poetas del ajo toman al asalto sus propias vidas, porque la única revolución posible es la vida cotidiana, donde no cabe ir de mirón con la bragueta subida hasta la nuez, pasacalles de cultura popular irreverente regalan marionetas y lienzos, los pasotas lloran, la plebe llora, los jitos lloran, vuelve la luz a las comunas sucias y la disolución del yo a todos los espejos nocturnos con marco de blanca maría familiar.

Marisa Paredes: incansable en el aprendizaje de la libertad, profesional del entusiasmo, tarotista al oído de luchas y sueños compartidos, ecología y feminismo, creatividad y drogas, el parpadeo de todos los neones juntos de las mejores ciudades europeas, un Madrid de pastelerías a deshora, una carrera universitaria de tasca y naipe viejo muy sobado, la bombona de butano sobre el hombro desde los catorce años, humareda de tabacazo negro, mucho olor a pincho de tortilla, vocerío de gente ruda que suena a aplausos de una sola mano, butacas gastadas, teatros desportillados, condones que pican las gallinas por las esquinas como otros textos de viejos IBM sin calefacción central.

Huele a neumático quemado por el Rastro: donde las sillas forman círculo frente a la Bobia, por si vuelves, Marisa, por tus fueros, donde ser actriz era intentarlo, el olor a tinta y ruido de los fanzines, el hombre culpable que deja a un lado el chubasquero de neurosis y represiones gastadas, habitación con literas en la pensión con hongos, ese humo que entra por el recuerdo a cigarrillo de picadura y boquerones en vinagre, donde tú, Marisa, sí, empezaste a volar con una maleta de cartón y sin teléfono, y un zombi con cara de Frank Zappa pide perder el miedo, y el Hortelano en la Vaquería entre tapices marroquíes escribe el peor poema del mundo: éste, de tu falta, donde los padres de una nación nueva rodaban en los garajes y dormían sin noche: ésta letra cruel donde el amor huele a cebolla y la acera ya no es trampolín.

Diego Medrano

Escritor

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