Puigdemont es un golpista fracasado, un cobarde que huyó de España en un maletero dejando...
Puigdemont es un golpista fracasado, un cobarde que huyó de España en un maletero dejando a sus compañeros en la estacada, un botarate político y un zafio. Pero tiene a sus pies al presidente del Gobierno gracias a sus 7 escaños de oro. Para sacar adelante los presupuestos generales del Estado, Pedro Sánchez necesita más que nunca esos votos de Junts. Y el golpista prófugo, una vez más, ha decidido torturar al presidente, que busca desesperadamente esa victoria parlamentaria para sacar la cabeza del pozo sin fondo al que le han mandado Ábalos y Koldo con sus escarceos con la corrupción y sus tejemanejes con Aldama.
De ahí, la predisposición de Sánchez a tragarse todos los sapos que le pida el líder separatista. Cree que así obtendrá el botín de los 7 escaños que le permitan seguir en La Moncloa con cierta tranquilidad. Pero las exigencias del prófugo de la Justicia son difíciles de digerir. Puigdemont pide ahora que Cataluña gestione todas las competencias de inmigración, incluida la potestad del Estado del control de las fronteras. Y, para guinda, que se someta a una cuestión de confianza. Los votos del PSOE y Sumar en la mesa del Congreso han aplazado dos meses la posible aprobación de su tramitación con la esperanza de que los separatistas retiren su propuesta. Pero el precio de la factura será elevado.
En su desesperación, Pedro Sánchez ha enviado a Santos Cerdán a Suiza y a Pepe Álvarez a Waterloo para que convenzan a Puigdemont de que mantenga su apoyo. Esa ha sido la misión del socialista experto en socorrer a su jefe y del ministro in péctore del Gobierno, el líder de UGT que dedica más tiempo y esfuerzos a respaldar al Gobierno que a luchar por los derechos de los trabajadores a los que representa.
Si al final, Pedro Sánchez permite que la Generalidad catalana asuma las políticas de inmigración volverá a asestar un golpe de muerte al Estado de las Autonomías y, de paso, a la igualdad de todos los españoles. Permitirá, además, que el Gobierno catalán ejerza la xenofobia, como lo haría la ultraderecha ultramontana. Tendrá que hocicar una vez más. Tendrá que agasajar al golpista para seguir en la poltrona sin más contratiempos. El presidente del Gobierno no ha aprendido la lección de que su dependencia del golpista fugado es un grave error. Es verdad que gracias a los escaños de los separatistas consiguió ser investido. Pero, ahora, tendrá que aceptar someterse a una cuestión de confianza para evitar “el colapso” del Gobierno, como acaba de amenazar el líder de Junts. Sánchez sigue empeñado en aguantar la entera legislatura. Pero, entre los casos de corrupción que le acechan y las estrambóticas exigencias de Puigdemont tendrá que aguantar hasta el último día al borde del precipicio.