Luego de aparecer en el escenario político estadounidense en 2015 para buscar la candidatura presidencial en 2016, el empresario y activista de sí mismo Donald Trump ha ocupado el espacio político, social y mediático de Estados Unidos y el mundo a lo largo de diez años e iniciará su segundo y último período presidencial el próximo lunes 20 de enero en las escalinatas del Capitolio que sus seguidores invadieron de manera destructiva el 6 de enero de 2021 para impedir la calificación del entonces candidato ganador Joseph Biden.
Es más que conocida aseveración de José Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote (1914) de que “yo soy yo y mi circunstancia; si no la salvo a ella, no me salvo yo”. A lo largo de diez años, sociedad, medios y clase política se han encaminado a tratar de explicar, en un enfoque fenomenológico, la personalidad del empresario metido a político redentor.
En noviembre de 2016, la sociedad estadounidense, harta de los políticos, le dio la presidencia a un no-político, empresario antiestado y personaje construido fuera del establishment americano. En 2020, esa misma sociedad no vio los perfiles necesarios para reelegirse y el voto de un giro pendular hacia el demócrata Joseph Biden, que había sido vicepresidente durante ocho años con Obama, aunque Trump había derrotado a la secretaria de Estado del mismo Obama cuatro años antes, y luego de luego años más, y en medio de juicios, reclamaciones y evidencias de que Trump es lo que dicen sus opositores que es, de nueva cuenta el elector lo colocó en noviembre de 2024 en la Oficina Oval.
Mal que bien, Trump es un personaje visible, sin escondrijos, sin pliegues, tal cual a la vista de todos, con pocas virtudes y prácticamente todos los defectos del ser humano. En síntesis, Trump es lo que es y es lo que hay en la oposición a las dos corrientes tradicionales del sistema político estadounidense: los republicanos y demócratas que se repartían pendularmente el poder, pero sin cambiar las reglas del juego.
En este contexto, el gran enigma que se necesita resolver como un camino para entender a dónde quiere llegar Trump y hasta dónde quiere conducir a la sociedad americana radica en enfocar el análisis a lo que pudiera considerarse como la circunstancia Trump.
La Real Academia española le concede al concepto de circunstancia tres contenidos: accidente de tiempo, lugar, modo, etcétera, que está unido a la sustancia de algún hecho o dicho; calidad o requisito; y conjunto de lo que está en torno a alguien, el mundo en cuanto mundo de alguien.
La circunstancia de Trump, en un enfoque quizá muy simplista, se puede ilustrar con expresiones públicas de tres corrientes que lo apuntalan: en el primero están los rijosos que en modo turbamulta invadieron el Capitolio el 6 de enero del 2021 para impedir la calificación de la Presidencia de Biden, agrediendo físicamente a los demócratas y a su líder Nancy Pelosi y para dejar mensajes criminales contra la prensa; el segundo lo configuran las bases de la ultraderecha no violenta que ha subsidiado a Trump con recursos y que vota por él sin revisar sus comportamientos; y el establishment conservador antiestado que encontró a la figura que pudiera destruir desde dentro ese Estado dominante que se coloca de manera autoritaria por encima de la sociedad.
Trump apareció en las elecciones del pasado 5 de noviembre disfrazado… de Trump. Es decir, con ese modo imprudente de decir lo que piensa que en 2016 estuvo a punto de que le quitaran la candidatura cuando se revelaron en vivo frases sucias de Trump sobre el órgano sexual femenino y hasta sus seguidores, según lo cuenta el periodista Mike Wolff, comenzaron a operar el relevo de la candidatura para entregársela al candidato a vicepresidente Mike Pence y poner a Condoleezza Rice como nominada a la vicepresidencia. Sin ceder ni un milímetro, Trump no solo mantuvo la candidatura sino que ganó las elecciones.
La circunstancia de Trump es una sociedad estadounidense que está llegando a un punto de ruptura o de explosión, fases superiores a la polarización. El perfil vulgar, grosero, violento y arrogante de Trump es el que obtuvo casi el 50% de los votos, en tanto que la vicepresidenta Kamala Harris decidió presentarse como el otro lado del espejo carrolliano de Trump y perdió las elecciones.
Estados Unidos se construyó bajo el designo de Dios --dijeron sus fundadores-- en modo de “destino manifiesto” como el centro del universo. Con el control de apenas el 16% del territorio en sus 13 colonias de finales del siglo XVIII, Estados Unidos conquistó a sangre, fuego y muerte el 84 por ciento restante para crear un territorio de océano a océano, quitándole por la fuerza la mitad del territorio de México y expulsando con violencia criminal a las tribus indias originarias.
Durante la segunda mitad del siglo XX, la sociedad norteamericana aceptaba, inclusive con cargo de conciencia, que tuviera que echar mano a la violencia militar y a la peor política, pero con el destino manifiesto de que era el uso del mal para el bien de una sociedad que estaba estableciendo la justicia y la democracia en todo el planeta.
La sociedad estadounidense como circunstancia votó por candidatos conservadores que usaron la fuerza y las invasiones para imponer el modelo estadounidense, pero ahora llega Trump que usa los mismos instrumentos de la sociedad para reconstruir el paraíso americano con los que están ahora y no con nuevos migrantes.
Es la actual sociedad estadounidense, con vicios, virtudes y confusiones, la que tiene que analizarse para saber si es la circunstancia a la que hay que salvar para después consolidar algo orteguiano. Y esa circunstancia en modo sociedad es la que puso otra vez a Trump en la Casa Blanca para que sea Trump el que modele la circunstancia y no salvar la circunstancia para salvar al individuo.
Ortega razona su principio de la circunstancia y lo acredita a lo que dice la Biblia: "haz bien al lugar donde has nacido”, benefac loco illi quo natus es. Para entender a Trump es necesario comprender primero a la sociedad que los produjo.
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