El 27 de diciembre, con este 2024 a punto de concluir, Ignacio Martínez de Pisón cumplirá 64 años. Le ha parecido, y lo es, un buen momento para volver la vista atrás y poner negro sobre blanco sus recuerdos de infancia, adolescencia y juventud y su caminar hasta el escritor en que se convirtió. Uno de los más reconocidos desde que se diera a conocer en un lejano 1984 con la novela La ternura del dragón, que se alzó con el premio Casino de Mieres. A esa novela, le siguieron Carreteras secundarias -llevada al cine por Emilio Martínez Lázaro, con guion de este y el propio autor de la novela-; María bonita; El tiempo de las mujeres; Enterrad a los muertos -una extraordinaria indagación, a caballo entre la narrativa y el ensayo, sobre la desaparición y asesinato del traductor de Doss Passos, José Robles Pazos, convencido republicano, a manos de agentes soviéticos-; La buena reputación; Derecho natural; y Fin de temporada, entre otras, que le han valido numerosos premios: el Rodolfo Walsh, el Dulce Chacón, el de las Letras aragonesas, el de la Crítica, el Nacional de Narrativa…
Ropa de casa encierra unas excelentes y muy honestas memorias, sin alharacas, engreimientos ni autobombo, sino desde la sinceridad y la sencillez de quien profesa una gran pasión a su vocación de escritor, pero no cree en mitificaciones de esta profesión. Martínez de Pisón escribe con “ropa de casa”, y así le sentimos cercano, próximo, casi como un amigo que en la intimidad del hogar desgrana episodios de su vida. Se describe a sí mismo como “ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni bueno ni malo, pero dotado, eso sí, del don de contar historias”.
Arranca con un viaje a Segovia para consultar en el Archivo Militar la hoja de servicios de su padre, José María Martínez de Pisón Gaztelu, “un militar vocacional y tardío en una época llena de militares prematuros y a la fuerza”. Destinado a Logroño, allí pasó Ignacio Martínez de Pisón buena parte de su niñez, aunque había nacido en Zaragoza, pues su madre allí viajaba cuando le faltaba poco para dar a luz: “Como buena aragonesa, quería que sus hijos también lo fueran”. Y a la capital aragonesa regresó con su madre y hermanos, tras el prematuro fallecimiento de su padre cuando el futuro escritor contaba nueve años.
Una parte primera de Ropa de casa se centra en sus abuelos, sus padres, su niñez y adolescencia: “Mis padres se habían confabulado para que tuviéramos una infancia sin preocupaciones ni sobresaltos”. Luego la muerte de su progenitor supuso un desgraciado y abrupto suceso, a partir del cual cobrará mayor importancia la figura de su madre, “una mujer menuda y nerviosa que se despertaba con el alba para trastear en la cocina y comía menos que un gorrión […] Crecida en plena postguerra, mi madre perteneció a la última generación de españolas educadas para consagrarse a la casa, el marido y los hijos”. Evoca su casa en Logroño y luego las distintas que habitó en Zaragoza, sus años escolares, primero con los escolapios, en el colegio Santa Isabel, en Logroño, y luego en otro centro en Zaragoza, gestionado por los jesuitas, en el que convivían sacerdotes preconciliares con otros más modernos. Y comparte con los lectores confesiones íntimas: “El hecho de que en mi casa nunca se hablara de sexo convertía los primeros ardores de la pubertad en un misterio inesperado y carente de explicación. Que esos ardores podían aliviarse en soledad lo descubrí gracias a Mateo”.
Después, también en la ciudad del Ebro, se matricula en Derecho, y se presenta a los exámenes de algunas asignaturas, “para que mi madre no lo viera como una claudicación”, pero empieza Filología Hispánica, mucho más de su agrado: “Mi fascinación por la literatura era entonces candorosa e indiscriminada: quería leerlo todo, estudiarlo todo, saberlo todo”. Y había un aliciente más: una compañera, María José, que será la mujer de su vida: “A su lado experimentaba una sensación de plenitud que me resultaba desconocida”. En la carrera, le imparten clases profesores, como, entre otros José-Carlos Mainer, autor del decisivo ensayo La Edad de Plata.
En la que podríamos considerar segunda parte de sus memorias, cambia de escenario: “Me instalé en Barcelona a principios de septiembre de 1982”. En la Ciudad Condal, cursa Filología italiana, y empieza a introducirse en el mundillo editorial y literario, y a entablar amistad con algunos escritores y periodistas. Por las páginas de Ropa de casa desfilan Buñuel; Félix Romeo -amigo del alma, fallecido con poco más de cuarenta años-; Juan Cueto; Juan Cruz; Enrique Vila-Matas; Bernardo Atxaga; Rafael Conte; Javier Tomeo; Jorge Herralde; Beatriz de Moura; y Javier Marías, con quien mantiene una compleja amistad, finalmente truncada.
Ignacio Martínez de Pisón entrelaza anécdotas y reflexiones, en una obra -concluye en 1992-, que da cuenta de su condición de buen narrador, y que es también el retrato de una época de la sociedad española.