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TRIBUNA

Artes contrarias

lunes 23 de diciembre de 2024, 19:46h

No hay duda que es el gran paradigma de la época; sus desarrollos y aplicaciones intervienen tanto en el presente que no solo han transformado nuestro contacto y percepción del mundo, sino hasta han modificado la intimidad de millones de personas; y este no es otro fenómeno que la llamada Inteligencia Artificial. Desde luego, la prueba de Turing —que las respuestas de una máquina sean indiscernibles de las humanas— ya ha sido superada de largo y cuanto resulta más sorprendente: con una eficacia y fiabilidad superior a la de cualquier hombre, porque la máquina ni se distrae, ni se fatiga, ni yerra si los datos almacenados por ella y en los que se basa su llamado «aprendizaje» —adecuación progresiva de las respuestas a las precedentes— son los correctos. Como consecuencia de este prodigio, nos asalta de inmediato un ineludible interrogante que palpita lúgubre en el viejo mito del Gólem de Praga y emerge desventurado en Frankenstein o el nuevo Prometeo (1818), de Mary Shelley: ¿será capaz alguna vez un autómata de sentir?

—Por supuesto que no —me respondía hace unas jornadas Montxo Algora, que ha instalado en el Palacio de Neptuno, de Madrid, la trigésima edición de Artfutura; la exposición internacional de algunos de los más depurados e innovadores ejemplos de arte ejecutado con Inteligencia Artificial.

Y si según Algora, aquellos angustiados «replicantes» de Blade Runner (1982), ni siquiera se vislumbran, mucho más lejana, a su parecer, queda la madurez de la Inteligencia Artificial como procedimiento artístico, pues tanto la producción de programas para conseguir sus más sugestivas realizaciones —piensen, por ejemplo, en los hologramas— como la habilidad y el ingenio en su manejo por los creadores, aumentan de año a año exponencialmente. No obstante; las quince curiosísimas piezas, de otros tantos artistas, seleccionadas para Artfutura, por sorprendentes que resulten, no me atrevería a calificarlas todavía de originales, porque apenas reparen con agudeza durante su contemplación —y les aconsejo que lo hagan— adivinarán en las criaturas teratológicas que las protagonizan el sello del surrealismo y de lo onírico, según nos lo han mostrado sus más brillantes plasmaciones en el cómic y en las animaciones, por esta misma tecnología, para los films de ciencia ficción; es decir, que aún son obras vicarias de otras disciplinas artísticas. ¿Y cuándo llegará la independencia de este procedimiento para convertirse en un género? Sin duda, cuando se cotidianice y se comercialice por sí mismo, como sucede con el resto de las artes. ¿Y supondrá esto que suplante o postergue a las otras disciplinas? Ah; esa pregunta ya resulta más peliaguda de responder, pero es una evidencia palpable que en el cine ya ha irrumpido de forma tan consistente y habitual que, constatada su imparable evolución, sus logros pueden darle un giro tan radical como lo fue en su día la incorporación del sonido.

Absolutamente diferentes —y si me apuran, hasta contrarias— de las fantasías digitales expuestas en Artfutura han sido, por escuetas y carnales, el par de funciones que han ofrecido en la VIII Edición del Festival Corral de Cervantes, de Madrid, mis amigos de Albacity corporation, Antonio Campos y Carlos García Navarro, con sus Ejemplares de Cervantes y su Cid; esta última representación acompañada deliciosamente por el grupo musical La Musgaña. Ambos, Campos y García Navarro, batiéndose contra las inclemencias mercantiles del teatro actual, con modestia pero con una perseverancia inquebrantable, fueron adelgazando su compañía de comediantes —qué remedio— hasta reducirla a un único actor, Antonio Campos. Y así llevan ya media docena de montajes: desde La maleta de Jardiel Poncela en 2013, pasando por El Buscón (2015) y La Celestina (2020), y por medio, Los amores oscuros (2017), aplaudidos internacionalmente. Al punto que con este hacer de tripas corazón han conseguido revivir el más genuino arte de la parodia, que se remonta no solo aquellos juglares y saltimbanquis medievales, sino hasta los remotos mimos y pantomimos, tan celebrados en la Roma imperial que aún conservamos memoria de algunos como Pílades de Cilicia o Paris, el maestro de Nerón en el oficio, o el desdichado san Ginés —patrón de la profesión—, decapitado por soliviantar con su insolencia a Diocleciano.

Y de nuevo han venido a Madrid para mostrar cómo Antonio Campos carga sobre sí toda la tensión dramática, interpretando sobre las tablas cuantos papeles requiera la farsa, sin escatimar argucias de farandulero y declamaciones vocingleras con que arrancar las carcajadas del patio y, cuando el argumento lo exige, imponer la gravedad del drama, sin otro alivio que el procurado por el terceto de músicos. En fin, algo portentoso si no es ya abrumador; pero el viejo menester de cómico así lo exige, y él no consigue, en cada una de sus recreaciones, sino rendirle leal y cumplido homenaje, tanto como para que unos cuantos podamos presumir por ahí de ser sus amigos.

Y como cuando lean estas líneas estarán celebrando las muy primitivas fiestas del solsticio hiemal, que en la tradición cristiana toman el augural nombre de Navidad; es decir, el nacimiento de Dios como hombre, cuando la fraternidad y el alborozo preceden y acompañan los actos con felicitaciones y regalos, les ruego que no olviden a nuestros compatriotas de la huerta sur de Valencia, quienes seguramente estén viviendo las más desastradas y aciagas de cuantas recuerdan. Por tanto; contribuyan cuanto puedan a atenuar su calamidad que es mucha y sin visos de enderezarse con la diligencia y hasta premura que este engreído Estado puede y debería.

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