Felipe VI aboga por una gestión adecuada de la inmigración, advierte contra el negacionismo y anima a seguir defendiendo las bases de la democracia liberal.
Felipe VI ha pedido esta noche que la contienda política, legítima pero en ocasiones "atronadora", no impida escuchar la "clamorosa" demanda de serenidad que existe y ha asegurado que la discordia no puede convertirse en un "constante ruido de fondo" que impida escuchar el auténtico pulso de la ciudadanía.
En el tradicional mensaje de Navidad que ha dirigido a los españoles, el Rey ha vuelto a subrayar el acuerdo que inspiró la Constitución y ha indicado que el consenso en torno a lo esencial debe ser una práctica constante, necesario para mantener la confianza en las instituciones.
"Un pacto de convivencia se protege dialogando; ese diálogo, con altura y generosidad, que debe siempre nutrir la definición de la voluntad común y la acción del Estado. Por eso es necesario que la contienda política, legítima, pero en ocasiones atronadora, no impida escuchar una demanda aún más clamorosa: una demanda de serenidad (...). No podemos permitir que la discordia se convierta en un constante ruido de fondo que impida escuchar el auténtico pulso de la ciudadanía", ha recalcado el jefe del Estado.
En el discurso, grabado en el Salón de Columnas del Palacio Real y al que ha dado comienzo hablando sobre la tragedia de la dana, el monarca ha incidido en el bien común de la sociedad y el necesario consenso.
Así, ha remarcado que "por encima de las eventuales divergencias y desencuentros", prevalece en la sociedad española la idea de lo que conviene y beneficia a todos y que por eso debe ser protegido y reforzado, algo que han constatado la reina y él en los diez años de reinado.
Por eso, ha destacado que es responsabilidad de todas las instituciones, de todas las administraciones públicas, "que esa noción del bien común se siga reflejando con claridad en cualquier discurso o cualquier decisión política".
"El consenso en torno a lo esencial, no sólo como resultado, sino también como práctica constante, debe orientar siempre la esfera de lo público. No para evitar la diversidad de opiniones, legítima y necesaria en democracia, sino para impedir que esa diversidad derive en la negación de la existencia de un espacio compartido", ha explicado el Rey.
Un buen ejemplo de lo que se puede lograr juntos, ha dicho, es la reciente reforma del artículo 49 de la Constitución, referido a las personas con discapacidad.
Un acuerdo sobre "lo esencial" desde el que se deben abordar, según el monarca, los asuntos que preocupan a la sociedad, como son la creciente inestabilidad internacional, el clima en el que se desarrolla con frecuencia el debate público, las dificultades en el acceso a la vivienda o la gestión de la inmigración.
Precisamente, ha recordado que el acuerdo en lo esencial fue el principio que inspiró la Constitución española: "Cultivar ese espíritu de consenso es necesario para fortalecer nuestras instituciones y para mantener en ellas la confianza de toda la sociedad".
Recuerdo a los afectados por la dana
Felipe VI ha pedido asimismo que las ayudas lleguen a todos los afectados por la dana que lo necesiten para que cuanto antes puedan reconstruir su futuro y ha recordado que en muchos municipios queda tanto por hacer y hay tantas necesidades que "deja pequeños todos los esfuerzos".
El Rey ha comenzado y acabado su discurso con la tragedia que asoló hace casi dos meses varias zonas del este y sur de España, especialmente en Valencia, causando más de 220 muertos, y ha apostado porque la solidaridad que ha unido a todos los españoles siga presente en cada acción y decisión.
Y por eso ha pedido que lleguen las ayudas a todos los que lo necesiten y ha recordado a los fallecidos y desaparecidos y a sus familias, así como a las miles de personas que "vieron cómo lo que hasta hacía poco era su pueblo, su barrio, su trabajo, su casa, su negocio, su escuela, quedaban reducidos a escombros o incluso desaparecían".
Un hecho "difícil de asumir, pero del que todos deberíamos poder sacar las enseñanzas necesarias que nos fortalezcan como sociedad y nos hagan crecer", ha recalcado el monarca, que ha pedido que no se olviden nunca aquellas primeras imágenes de las inundaciones, los rescates y la ayuda que opuso "a la fuerza implacable del agua y del lodo la fuerza abrumadora de la solidaridad y de la humanidad".
Una solidaridad en el trabajo de voluntarios anónimos y servidores públicos destacada por el monarca, quien ha recordado cómo también conocieron y entendieron "la frustración, el dolor, la impaciencia, las demandas de una coordinación mayor y más eficaz de las administraciones".
Emociones todas ellas que surgen, ha asegurado, de una misma raíz: "La conciencia del bien común, la expresión del bien común, o la exigencia del bien común".
El Rey ha rememorado cómo vecinos, voluntarios, equipos de protección civil, bomberos, cuerpos de seguridad, Fuerzas Armadas, ONG, y también empresas organizaron colectas y donaciones, una ayuda que está propiciando que, poco a poco, las más de 800.000 personas afectadas recuperen paulatinamente en su vida cierto grado de normalidad, y "que el medio y largo plazo quede igualmente atendido para asegurar realmente la recuperación".
Inmigración y vivienda
Por otro lado, Felipe VI ha recordado cómo sin la gestión adecuada las migraciones pueden derivar en tensiones que erosionen la cohesión social y ha considerado que la forma en la que se aborde, con una buena coordinación con los socios europeos, así como con los países de origen y tránsito, dirá mucho sobre la calidad de la democracia. "Sin olvidar nunca la firmeza que requiere la lucha contra las redes y las mafias que trafican con personas", ha recordado el Rey.
En su discurso, el Rey se ha referido también a la dificultad para acceder a una vivienda que afecta sobre todo a los jóvenes, y especialmente en las grandes ciudades.
Una situación ante la que ha dicho que es importante que todos los actores implicados "reflexionen, se escuchen unos a otros, que se examinen las distintas opciones y que ese diálogo conduzca a soluciones que faciliten el acceso a la vivienda en condiciones asumibles, en especial para los más jóvenes y los más desprotegidos".
Una juventud que nos ha llenado de orgullo "acudiendo en masa para dar lo mejor de sí" en las calles de los pueblos afectados por la dana y en la que radica principalmente el futuro de una España, de la que ha dicho que es un gran país, "una nación con una historia portentosa, pese a sus capítulos oscuros".
Un país con un presente prometedor como demuestra el comportamiento de la economía y el nivel general de bienestar social, "pese a lo mucho que queda por hacer en materia de pobreza y exclusión social", ha indicado Felipe VI.
Felipe VI ha advertido este martes de cómo, en un escenario exterior complejo, cambiante "e incluso convulso", a veces se discute la validez de la democracia como sistema de gobierno, un contexto frente al que Europa sigue siendo la "referencia más valiosa".
Negacionismo
El Rey se ha referido también a la situación internacional y ha destacado cómo "con demasiada frecuencia se cuestiona el derecho internacional, se recurre a la violencia, se niega la universalidad de los derechos humanos o se pone en duda el multilateralismo para afrontar los desafíos globales".
Desafíos entre los que ha citado las crisis climáticas y medioambientales, las pandemias, la transición energética o el comercio y la escasez de los recursos naturales.
Un contexto en el que España y la UE deben seguir defendiendo las bases de la democracia liberal, de la defensa de los derechos humanos y de las conquistas en bienestar social, ha sostenido Felipe VI.
"En un mundo necesitado de actores fuertes y cohesionados, pero sobre todo de conductas inspiradas en principios y valores, y ahí Europa sigue siendo nuestra referencia más valiosa", ha defendido el Rey.
Discurso íntegro
Este es el discurso íntegro del undécimo mensaje navideño de S.M. el Rey:
"Buenas noches y gracias por permitirme acompañaros unos instantes en una noche tan especial, de encuentro y celebración, que os deseo, junto a la reina, la princesa Leonor y la infanta Sofía, que sea feliz y tranquila.
Esta Nochebuena me gustaría referirme primero, y seguro que me entendéis, a la terrible Dana que hace casi dos meses golpeó con inusual fuerza varias zonas del este y sur de España, especialmente en Valencia.
Las personas que perdieron la vida y los desparecidos merecen todo nuestro respeto y no debemos olvidar nunca el dolor y la tristeza que han dejado en sus familias. Miles de personas vieron cómo lo que hasta hacía poco era su pueblo, su barrio, su trabajo, su casa, su negocio, su escuela, quedaban reducidos a escombros o incluso desaparecían. Un hecho difícil de asumir, pero del que todos deberíamos poder sacar las enseñanzas necesarias que nos fortalezcan como sociedad y nos hagan crecer.
No debemos olvidar nunca aquellas primeras imágenes de la riada que todo lo arrasó, los rescates de personas, algunas enfermas, ancianas o agotadas, que trataban de salir de sus coches o se refugiaban en tejados y azoteas. También vimos a quienes abrían sus casas para acoger a los más vulnerables, oponiendo a la fuerza implacable del agua y del lodo la fuerza abrumadora de la solidaridad y de la humanidad. Vecinos, voluntarios, equipos de protección civil, bomberos, cuerpos de seguridad, Fuerzas Armadas, ONG’s, y también empresas que organizaron colectas y donaciones, movilizando incluso su personal y maquinaria… la ayuda y la colaboración de todos está propiciando que, poco a poco, las más de 800.000 personas afectadas recuperen paulatinamente en su vida cierto grado de normalidad. Y que el medio y largo plazo quede igualmente atendido para asegurar realmente la recuperación.
Esa solidaridad en su sentido más puro y más apegado a lo concreto, la hemos reconocido día tras día en el trabajo ingente de voluntarios anónimos y de servidores públicos; y también hemos comprobado —y entendido— la frustración, el dolor, la impaciencia, las demandas de una coordinación mayor y más eficaz de las administraciones. Porque todas esas emociones —las que conmueven y reconfortan y las que duelen y apenan— surgen de una misma raíz: la conciencia del bien común, la expresión del bien común, o la exigencia del bien común.
Por encima de las eventuales divergencias y desencuentros, prevalece en la sociedad española una idea nítida de lo que conviene, de lo que a todos beneficia y que, por eso, tenemos el interés y la responsabilidad de protegerlo y reforzarlo. Es algo que la Reina y yo hemos podido constatar y valorar aún más a lo largo de esta década de reinado. Es responsabilidad de todas las instituciones, de todas las Administraciones Públicas, que esa noción del bien común se siga reflejando con claridad en cualquier discurso o cualquier decisión política. El consenso en torno a lo esencial, no sólo como resultado, sino también como práctica constante, debe orientar siempre la esfera de lo público. No para evitar la diversidad de opiniones, legitima y necesaria en democracia, sino para impedir que esa diversidad derive en la negación de la existencia de un espacio compartido.
Es en ese acuerdo en torno a lo esencial desde donde debemos abordar los asuntos que nos preocupan y que nos afectan en modos diferentes a nuestra vida colectiva. La creciente inestabilidad internacional, el clima en el que se desarrolla con frecuencia nuestro debate público, las dificultades en el acceso a la vivienda o la gestión de la inmigración son cuestiones, entre otras, que merecen nuestra atención y que también quiero abordar esta noche.
La inmigración es un fenómeno complejo y de una gran sensibilidad social que responde a causas diversas. Sin los movimientos de población a lo largo de la historia no podrían explicarse las sociedades del presente; que son sociedades abiertas e interconectadas. Siendo, por lo tanto, una realidad cotidiana, las migraciones pueden derivar –sin la gestión adecuada– en tensiones que erosionen la cohesión social.
El esfuerzo de integración, que corresponde a todos, el respeto –también de todos– de las leyes y normas básicas de convivencia y civismo, y el reconocimiento de la dignidad que todo ser humano merece, son los pilares que deben guiarnos a la hora de tratar la inmigración. Sin olvidar nunca la firmeza que requiere la lucha contra las redes y las mafias que trafican con personas. La manera en la que seamos capaces de abordar la inmigración –que también precisa de una buena coordinación con nuestros socios europeos, así como con los países de origen y tránsito– dirá mucho en el futuro sobre nuestros principios y la calidad de nuestra democracia.
Otro asunto, que preocupa, sobre todo a los más jóvenes, es la dificultad para acceder a una vivienda. Las ciudades, en especial las grandes urbes, actúan como polos de crecimiento y generan una demanda que la oferta no alcanza a satisfacer. Es importante, de nuevo, que todos los actores implicados reflexionen, se escuchen unos a otros, que se examinen las distintas opciones y que sea ese diálogo conduzca a soluciones que faciliten el acceso a la vivienda en condiciones asumibles, en especial para los más jóvenes y los más desprotegidos, pues ésta es la base para la seguridad, el bienestar de tantos proyectos de vida. Y realmente podemos hacerlo.
Nuestra vida se ve afectada también por un escenario exterior cada vez más complejo y cambiante –e incluso convulso. Vemos cómo con demasiada frecuencia se cuestiona el derecho internacional, se recurre a la violencia, se niega la universalidad de los derechos humanos o se pone en duda el multilateralismo para afrontar los desafíos globales de nuestro tiempo, como son las crisis climáticas y medioambientales, las pandemias, la transición energética o el comercio y la escasez de los recursos naturales. Vemos también, incluso, cómo se llega a discutir la misma validez de la democracia como sistema de gobierno.
En este contexto España y los demás estados miembros de la Unión Europea, debemos seguir defendiendo con convicción y con firmeza, junto con nuestros socios internacionales, las bases de la democracia liberal, de la defensa de los derechos humanos y de las conquistas en bienestar social sobre las que se asienta nuestro gran proyecto político. Porque Europa —la idea de Europa— es una parte esencial de nuestra identidad compartida, del legado que debemos a las generaciones venideras. En un mundo necesitado de actores fuertes y cohesionados, pero sobre todo de conductas inspiradas en principios y valores, y ahí Europa sigue siendo nuestra referencia más valiosa.
Y si miramos hacia dentro, nuestra gran referencia en España es la Constitución de 1978, su letra y su espíritu. El acuerdo en lo esencial fue el principio fundamental que la inspiró. Trabajar por el bien común es preservar precisamente el gran pacto de convivencia donde se afirma nuestra democracia y se consagran nuestros derechos y libertades, pilares de nuestro Estado Social y Democrático de Derecho. A pesar del tiempo transcurrido, la concordia de la que fue fruto sigue siendo nuestro gran cimiento. Cultivar ese espíritu de consenso es necesario para fortalecer nuestras instituciones y para mantener en ellas la confianza de toda la sociedad.
Un pacto de convivencia se protege dialogando; ese diálogo, con altura y generosidad, que debe siempre nutrir la definición de la voluntad común y la acción del Estado. Por eso es necesario que la contienda política, legítima, pero en ocasiones atronadora, no impida escuchar una demanda aún más clamorosa: una demanda de serenidad. Serenidad en la esfera pública y en la vida diaria, para afrontar los proyectos colectivos o individuales y familiares, para prosperar, para cuidar y proteger a quienes más lo necesitan. La reciente reforma del artículo 49 de la Constitución, referido a las personas con discapacidad, es un buen ejemplo de lo que podemos lograr juntos. Y no podemos permitir que la discordia se convierta en un constante ruido de fondo que impida escuchar el auténtico pulso de la ciudadanía.
Me lo habéis oído decir muchas veces y me gustaría volver a repetirlo: España es un gran país. Una Nación con una historia portentosa, pese a sus capítulos oscuros, y modélica en el desarrollo democrático de las últimas décadas, derrotando incluso el acoso terrorista que tantas víctimas causó.
Un país con un presente que, pese a lo mucho que nos queda por hacer, por ejemplo, en materia de pobreza y exclusión social, resulta prometedor al observar el comportamiento de nuestra economía –en términos, entre otros, de crecimiento, empleo o exportaciones– y el nivel general de nuestro bienestar social. Y ante el futuro, creo sinceramente que los españoles tenemos un enorme potencial que nos debe infundir esperanza, tanto en el plano nacional como en la escena internacional.
Ese futuro radica principalmente en nuestra juventud, la misma que ha hecho brillar nuestro nombre en los Juegos Olímpicos y Paralímpicos y en la última Eurocopa, la que emprende pese a las dificultades y la que está a la vanguardia de nuestra ciencia; la juventud que respeta a nuestros mayores y su valiosa experiencia, la que con más empeño exige avances en materia de igualdad, la que se prepara en nuestros colegios, institutos, universidades, centros de Formación Profesional, para acceder con energía al mercado de trabajo pese a las cifras de paro juvenil; la juventud, en fin, que busca oportunidades y supera los obstáculos a base de mérito y esfuerzo. Pero sobre todo la que nos ha llenado de orgullo acudiendo en masa para dar lo mejor de sí en las calles de los pueblos afectados por la dana.
Con este espíritu de trabajo y de compromiso por lo que es de todos, por el bien común, termino mis palabras y vuelvo al principio. Vuelvo a todos los municipios y comarcas afectados por las riadas, en muchos de los cuales aún queda tanto por hacer, donde es tanta la necesidad de los vecinos que deja pequeños todos los esfuerzos, aún sin perder la esperanza.
Que la solidaridad que nos ha unido en los momentos más difíciles siga presente en cada gesto, en cada acción, en cada decisión. Que las ayudas lleguen a todos los que lo necesiten, para que puedan reconstruir el futuro por el que tanto han luchado, afrontando con coraje y dignidad los retos de un presente a veces implacable. Cuanto antes lo consigamos más reforzaremos nuestro sentido de comunidad, nuestro sentimiento de país. Porque la memoria del camino recorrido, la confianza en el presente y la esperanza en el futuro son una parte ineludible, acaso la más valiosa, pero también la más delicada, de nuestro bien común.
Que el espíritu de estos días de encuentro y convivencia permanezca en el año nuevo y que tengáis —os lo deseo, junto a la Reina y nuestras hijas, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía— una muy Feliz Navidad.
Eguberri On, Bon Nadal, Boas Festas."