Estos últimos días del año son habituales las recapitulaciones. En los medios físicos y digitales, en las redes sociales, en los pocos blogs que hayan vuelto o sigan activos, se comentan las películas, las series, los libros, los acontecimientos que han marcado el 2024 o han sido colocados ahí con ese propósito, ya que muy pocos tienen esa voluntad o poder intrínsecos. Pero nos gustan las listas, nos gustan los lugares —también los comunes— y las relaciones que prosperan gracias a ellos. Nos gusta, además, que haya detractores; el interminable dilema entre callar y no opinar o lanzarse a la yugular de alguien, conocido o no, y decirle qué nos importa lo que hayas hecho o dejado de hacer, los discos que te parezcan mejores o peores. Todos, puede que sin ser conscientes, están haciendo que la marcha prosiga. Esas pequeñas repeticiones aportan mucho sentido del humor y contrarrestan los altibajos a los que nos puede someter un año de nuestras vidas.
El de uno no ha pasado ni rápido ni lento. Ha pasado con toda la batería necesaria de cosas para que fuera de lo más completo y entretenido. Publicaciones aparte, muchas, tardes y noches alrededor de una mesita en La Quesería, muchas, consiguen escalar los primeros puestos los días de invierno que pasé en Granada, especialmente la noche de fiesta y el frío recorriendo la Alhambra con indecisión y más aún por el paseo del Darro, pero no el que se suele sacar en las fotos, sino un tramo hacia el sur franqueado de villas, con el cauce medio seco, hablando de varios temas, seguramente por tapar la equivocación sin importancia. También el viaje a Peñafiel, con la vista de su ladera agujereada por el cierzo y las bodegas vecinas. También Sanlúcar de Barrameda en agosto, entre la calima y el calor que dejaban picados a los restos de flores en los chalés hacia el estuario y la permanencia en el aire del olor combinado de bosta, salitre y parra.
Ahora es momento de preparar la despedida, una que en realidad no supone mucho cambio, pues van teniendo razón los que son profesores cuando te indican que el verdadero año comienza en septiembre, al inicio del curso. Pero el día y la noche de San Silvestre siguen teniendo esa carga, a veces pesada, otras como suave transición, que permite pensar lo nuevo por suceder, el ímpetu que no debería decaer, los planes o cambios por hacer, los que se puedan. De fondo musical, podría optarse por el Winterreise de Schubert, si se está con la sangre espesa de tanta comida y sobremesa navideña, para rematar. Pero elegiré como adiós al 2024 un poema de Charles Tomlinson, Diciembre, descubierto y traducido por el amigo Jordi Doce, regalo de hace unas semanas, más que adecuado, pienso, copiado a continuación sin más preámbulos:
‘Constancia de la escarcha, cada vez/ más blanca, más helada. Parecía/ que la sal y el fulgor de los cristales/ hubiera transformado la esencia de las cosas/ al cubrirlas: tus pasos cruzaban aquel mundo/ como si de un momento a otro fuera a romper/ en campanas de vidrio, o en helados vibráfonos,/ y la luz golpeaba las colinas inermes/ y les daba relieve: alineados/ en lo blanco, los árboles mostraban/ nervios de taracea, mínimos, irreales,/ y el sol daba de pleno en su leve armadura/ que pronto, en una sola tarde, se desharía’.