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Franco ha muerto

lunes 24 de noviembre de 2008, 22:06h
“Franco ha muerto”, aseguró entre sollozos Carlos Arias Navarro en su célebre intervención televisada del 20 de noviembre de 1975. Hace poco se cumplieron treinta y tres años de aquella anunciada defunción –o defunción anunciada, pues también resulta cierto dicho así-. Hemos contemplado aquella imagen en multitud de ocasiones. Sin embargo, solamente desde hace unos días, gracias a la pericia del juez Baltasar Garzón, sabemos que era verdad: el dictador Francisco Franco había fallecido. Si alguien tenía dudas, éstas han sido ya para siempre despejadas. Se lo debemos todo a un magistrado empeñado en ayudar a los historiadores a hacer su trabajo (¡cómo si en los juzgados españoles no hubiera suficientes asuntos acumulados!). Franco, por consiguiente, entérese todo el mundo, ha muerto.

Al tiempo que nos vamos convenciendo de que el militar del Ferrol falleció efectivamente en noviembre de 1975 y que está realmente sepultado en el Valle de los Caídos, podemos contemplar cómo las obras sobre el personaje y su tiempo se multiplican. Entre las últimas que han visto la luz merece la pena destacar la del novelista francés –aunque nacido en Madrid y de madre española- Michel del Castillo, Le temps de Franco (París, Fayard, 2008). Se trata de un texto que se sitúa voluntariamente a medio camino entre la historia y la literatura, el testimonio y el documento, la biografía y el retrato de una época. El autor lo clasifica como “récit”, esto es un relato, para poner de manifiesto que se inscribe en el campo literario. Él no inventa ni se desvía nunca de la realidad histórica, sostiene Del Castillo, pero no redacta con la meticulosidad erudita de los historiadores –Bennassar, Beevor, Payne, Preston o Tusell son frecuentemente citados y, a veces, sobre todo el primero, discutidos- y nos ofrece una visión a la vez subjetiva y objetiva.

Lo personal o autobiográfico interviene en numerosos pasajes. Es el libro de un escritor que tuvo que huir de España en marzo de 1939, junto a su madre, a consecuencia del avance imparable de las tropas “nacionales”; un republicano convencido, pero lúcido, enemigo de las confusiones y manipulaciones que, sobre todo en Francia –pero también en España- siguen perviviendo sobre el tiempo de Franco.

El Franco de Michel del Castillo es un militar “químicamente puro”, como se afirma en varios momentos; un dictador conservador y nacional-católico, aunque de ningún modo fascista; inteligente (¿alguien imagina, se pregunta el autor, que se habría mantenido casi cuarenta años en el poder si no hubiera sido nada más que un simple imbécil?), calculador, legalista, anti-ideólogo y profundamente anti-comunista. En una ocasión lo caracteriza como un inquisidor, que castiga sin reparo convencido de defender el bien contra el mal, y lo compara con el rey prudente que mandaba al cadalso a los enemigos de la fe, con la frialdad de la justicia, pero sin sadismo ni tendencia sanguinaria. Se alzó en 1936 contra una República que ya no era democrática, insiste el autor con excesiva vehemencia, pues había sido apuñalada por los revolucionarios. Muy crítico con Azaña –y con Carrillo-, repite algunos tópicos sobre Negrín y otros políticos.

Michel del Castillo quiere comprender y explicar al personaje y su época. Afirma que Franco y el franquismo fueron una realidad de la que no es posible alejarse por la vía del desprecio. Por todo ello, tras criticar los intentos actuales de desenterrar a los muertos –jugar con fuego, según el autor-, el libro termina con una recomendación a los españoles: aplicar a su propia historia la lucidez y la ecuanimidad. Le temps de Franco es un libro, en definitiva, que no ha pasado desapercibido en Francia y que invita a pensar –estemos o no de acuerdo con sus planteamientos, en ocasiones algo sorprendentes- sobre un tiempo y sobre un personaje, Franco, que, definitivamente, ha muerto.
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