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ESCRITO AL RASO

La gramática: un milagro llamado María Adánez

David Felipe Arranz
lunes 30 de diciembre de 2024, 19:36h
Actualizado el: 30/12/2024 22:58h

Primero ha estado muchos años en la televisión que, sin ser un timbre de prestigio, sí lo es de gloria, popularidad y prosperidad, esa bella caja tonta de las series que se avecinan y que tanto y a tantos entretiene. Pero a María Adánez no la habíamos visto en pleno zapeo televisual, sino en 2018, bien acompañada de Armando del Río y otros en Lulú, de Paco Bezerra, en el Teatro Bellas Artes, donde según el dramaturgo almeriense, que es de lo mejor de la escena actual, encarnaba con una fuerza y una sensualidad inusitadas a una aventajada descendiente de la estirpe de las Lilith, Eva, Pandora, Helena de Troya, Circe, Medusa, Salomé, Judit, Dalila, Jezabel, Nora, etc., que en el mundo han sido –o se las han imaginado–. Damos fe de ello. Después volvimos a verla en el mismo teatro y en la primavera de 2023 junto a Pepón Nieto en ¡Ay, Carmela!, el clásico de Sanchis Sinisterra, dando vueltas y saliendo a escena una y otra vez, con la exposición simbólica del pecho ante los fascistas. Fijada ya la majestuosidad de Adánez, que respira madrileñismo genial por los cuatro costados, el maestro Ernesto Caballero, que aterriza las ideas más profundas a las tablas con envidiables resultados, cuenta con ella y con José Troncoso, pura magia del esperpento redivivo, para La gramática en Nave 10 Matadero. Armoniza todo en ella, y por eso se puede uno reír y sorprender, gracias a ese ritmo anchuroso con que Adánez recorre garbosa como nadie el escenario sin darnos tregua, bajando de las alturas académicas al derrumbadero verbal de la choni.

Empezaremos por decir que los muy teatreros acudimos a la cita de las tablas a diario, según la suerte de cada día, hasta dar con la obra maestra, quietas las expectativas en el invierno emocional, más al pairo y soslayadamente, si bien la programación de Nave 10 siempre sorprende, porque la programación que allí se disfruta nos remueve por dentro siempre, ahora con Luis Luque y Antonio Rojano mucho más. Y entramos en el Matadero por las puertas que el arquitecto Luis Bellido levantó en 1925, hace ahora justo cien años, de manera que el aire de hace un siglo nos recuerda que allí se desarrolló otro drama de carácter animal, su sacrificio, y siempre pensamos que algo se ha quedado impregnado en sus paredes de aire neomudéjar. Ya decimos que el lugar tiene un no sé qué de solemne y telúrico, y entre sus naves y callejones hemos vivido muchas cosas, quizá demasiadas… Todas buenas siempre, pues la gran evidencia del vivir es cometer locuras bonitas que se van fraguando en el recuerdo fúlgido de lo que un día fue. Porque el teatro tiene eso que también tiene la vida de confuso y temible; y el alma conmovida con lo que acaba de ver experimenta como una resaca y luego opera en nosotros el cambio. Íbamos al teatro siempre con otras miradas que nos miraban, que se reían con nosotros, y nos mirábamos en ellas también. Siempre distintas. Siempre cambiantes y proteicas. Como el teatro. El mayor logro dramatúrgico del año que termina puede que sea este de La gramática de Ernesto Caballero con una María Adánez sublime, como un cierre glorioso de fin de fiesta y que representa incluso a los que han transitado por este mismo laberinto de emociones.

Redescubrir a Adánez es pedir directamente a las señoras y “señoros” del jurado el Premio Max 2025 a la Mejor actriz de la temporada. Porque a la dificultad del texto, una explosión de verbosidad teórica de carácter gramatical que Caballero ha garabateado sobre el papel, se une la doble condición del personaje, una mujer que limpia –fija y da esplendor– el polvo en la RAE que, como el doctor Jekyll, se ve poseída de la señora Hyde de la pureza idiomática. Erguida, señaladora y valiente, la castiza intérprete despliega uno de los credos más monumentales a favor de las artes escénicas que hemos visto nunca, a la que sigue un José Troncoso contenido en su rol de neurocientífico empeñado en que esta mujer poseída por la ortografía, la gramática y la sintaxis más ortodoxas vuelva a su ser y a hablar mal, como la mayoría de los mortales, y la libere de la Nebrija que lleva dentro. La idea resulta fascinante, porque Ernesto Caballero lanza un jovial, perdonador y divertidísimo dardo en la palabra de mayor vitalidad que los de don Fernando Lázaro Carreter, que en paz descanse. Nada que se vuelva más inolvidable que esa apostura de Adánez bajo la dirección del visionario Caballero, que se reserva un hilarante papel en el vídeo proyectado y que nos ha entusiasmado, porque se ríe de toda estulticia humana e hispánica con más rotundidad que en ningún lado. Minimalista y apropiada también es, por supuesto, la escenografía de Victor Longás.

En este escenario madrileño en que muchas majestades de la comedia fueron aupadas por crítica y público, estas que señalamos se han vestido de deslumbrante y elegantísima sátira majestuosamente. María Adánez es un triunfo de la belleza, el arte interpretativo y la inteligencia en rubia ignición sobre todo lo demás, y un optimismo para el espectador, que tímidamente se acomoda en su butaca y se lanza temerariamente a ver y a escuchar lo que le han preparado. Toda la fuerza y el orgullo del teatro está en estas gigantescas figuras engrandecidas por el talento y el ingenio, que nos enseñan a parar el rigor de las gentes, a soportar la cotidianidad y la podredumbre política luchando solo con la adarga de la palabra teatral –por cierto, hay preciosa edición en Bolchiro–, y haciendo grandes ademanes de guerreros colosales de la cultura. Sí, lo de Ernesto Caballero es un milagro en sí mismo, pero lo de María Adánez lo es más. Quizá esta pareja artística de Adánez y Caballero haya inaugurado improvisadamente una dinastía llamada a abrirnos los ojos con una sonrisa. A veces, sí, la vida es tener un teatro que abriga mucho y con el que se puede uno ir tranquilo hasta estos inviernos con relente sentimental. Feliz año nuevo.

Twitter: @dfarranz

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