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TRIBUNA

Los años nuevos

martes 31 de diciembre de 2024, 19:38h

El inicio de un nuevo año siempre trae consigo una mezcla de esperanza y nostalgia. Miramos hacia adelante, marcando propósitos, y al mismo tiempo volvemos la vista atrás para medir nuestras conquistas y carencias. Comer las uvas es un rito de paso que ha de servir para ofrecernos perspectivas sobre quiénes somos y hacia dónde queremos ir.

Escribir más, leer mejores libros, ganar más dinero, explorar lo desconocido, viajar y dejar unas fotos de Instagram preciosas, con paisajes de ensueño e hijos con trajes conjuntados. Apuntarse al gimnasio, comer sano, dejar el tabaco. Mucho filtro, mucho blanqueamiento dental, lacitos, tintes, decoración cara, viajes de ensueño en Ryanair…, ¿alguien ha pensado en nuestra alma?

Decía Carlos Fuentes que la literatura nutre el alma y la hace eternamente joven. Blanca Andréu cantó al placer de desconocernos. Ser cada día un hombre o mujer nuevo. Pessoa dijo que la literatura mata como un delicioso veneno con verdades que preferirías no saber. Los propósitos literarios son una invitación a redescubrirnos, a sentir nuestra propia verdad. ¿Qué pasaría si este año nos atreviéramos a leer géneros que nunca hemos tocado o a escribir desde puntos de vista diferentes? Dejemos de lado los best seller de centro comercial y rebusquemos en lo sublime.

Pienso que la clave sigue siendo la misma: la conexión íntima entre el lector y el texto, entre el escritor y sus palabras. Por muy avanzados que sean los algoritmos, el propósito esencial de la literatura sigue siendo humano: reflejar, cuestionar y emocionar. Decía Alarcos que hacer poesía es elegir las mejores palabras en el mejor orden posible. Hagamos eso cuando escribamos y, por qué no, en todas las facetas de la vida. Mi peluquero es poeta con las tijeras. Mi monitora del gimnasio también. Hagámoslo bien, o al menos lo mejor posible.

Este dos mil veinticinco promete avances significativos en la intersección entre literatura y tecnología. Pensemos en ello como una ayuda para hacerlo todo mejor. Literariamente hablando: ¿Podríamos ver un auge en las novelas interactivas desarrolladas para el metaverso? ¿Historias generadas por inteligencia artificial capaces de adaptarse a nuestras emociones en tiempo real? Parece ser que todo está inventado, otra cosa es que las propuestas más arriesgadas se generalicen. Quizás los próximos años nos exijan un equilibrio entre lo virtual y lo tangible, entre la inmediatez y la profundidad, algo aún inimaginable.

Si hablamos de narrativas diferentes, en este contexto de cambios debo hablar de la serie Los años nuevos, del mago de la realidad Sorogoyen. Con un enfoque minimalista e hiperrealista, la serie teje una única historia de amor que salta durante diez años en torno al día de año nuevo. La serie nos invita a mirar hacia adentro y a apreciar las sutilezas de la vida cotidiana, algo que el hiperrealismo logra captar con maestría. Esta conexión emocional, tan difícil de conseguir en un mundo saturado de estímulos, nos recuerda que lo auténtico, lo que verdaderamente nos mueve, no necesita adornos. Me parece una obra maestra narrativa, original y que conecta con las almas sensibles. No todo en la vida es color rosa. Hay amor, hay miradas, hay cuernos, hay vida. Yo he estado ahí dentro esos diez años. Creo que no hay un mayor piropo para una obra de ficción que decir que también uno, como espectador, ha participado en ella.

Al comenzar este nuevo año, vale la pena preguntarnos qué queremos construir en ese futuro incierto que comienza en dos mil veinticinco. Quizás la clave esté en no olvidar nuestras raíces humanas, en no perder de vista que, al final, buscamos lo mismo que siempre hemos buscado: entendernos, comunicarnos y compartir nuestras historias.

Los años nuevos, como la serie que lleva este nombre, son una invitación a valorar lo simple, a trazar propósitos con alma y a encontrar en el presente las piezas que construirán nuestro futuro. Espero que esta columna sirva para concretar un poco el mapa de lo que esperamos de mañana.
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