En su última obra, “El mejor libro del mundo”, Manuel Vilas bautiza a Pedro Sánchez como “Égolo” y escribe que “en vez de ministros y directores generales, tiene empleados. Y si no le gustan sus empleados, los despide. Y lo gracioso es que sus ministros lo saben”. En efecto, el presidente del Gobierno ha destituido a varias decenas de ministros y ahora ha enviado a 5 de ellos a combatir al PP en las Comunidades que gobierna. Los empleados del presidente no rechistan. Van donde quiere el jefe. Nombra como ministros a presidentes autonómicos como Ángel Torres o presidenta del Congreso a Fancina Armengol. Y viceversa. Pilar Alegría y Óscar López compartirán este año sus cargos en el Gobierno con sus candidaturas a encabezar el partido en Aragón o Madrid. Un burdo truco para reforzar su imagen desde Moncloa y luego emprender sus carreras electorales con esa ventaja.
Los empleados de Pedro Sánchez son dóciles. Su carrera política depende de ello y, con más o menos entusiasmo, cumplen a rajatabla con las órdenes del jefe. Aunque a menudo saben que saldrán escabechados de la aventura, como es el caso de Óscar López, que si no es tonto del todo, debe ser consciente que el enfrentamiento con Ayuso será su última misión. El punto y final de su carrera política.
Pero el gran problema que deben afrontar los empleados de Pedro Sánchez consiste en asumir la propaganda de Moncloa, tan burda como estéril. Sin ir más lejos, defender a ultranza al presidente, acechado por los casos de corrupción de sus familiares o de cargos del Gobierno, siempre presuntos, supone tener que mentir y hacer el ridículo. Cada vez les cuesta más repetir la consigna de que “no hay nada”, cuando saben todo lo que hay detrás. No había nada con Ábalos y ya está sentado en el banquillo del Supremo. Nada hay con García Ortiz y sigue el mismo camino. Mientras, la mujer del Sánchez y su hermano ya recorren un largo y tortuoso vía crucis judicial.
En efecto, buena parte de los “empleados” de Pedro Sánchez se disponen a inmolarse este año. No tienen escapatoria. Unos se abrasarán en las negociaciones para convencer a Puigdemont de que apoye al Gobierno; otros, en los mítines preparados para resucitar a Franco y, los más, repitiendo sin cesar que “no hay nada”, que todo son bulos de la ultraderecha, mientras asisten al incesante paseíllo ante los tribunales de sus “inocentes” compañeros de partido. El gran problema es que los empleados, al igual que su jefe, no tienen tiempo de gobernar. Pues tienen que dedicar todo su tiempo a salvar el pellejo del presidente, unido irremediablemente a su propio pellejo.