España vivió una aterradora guerra civil entre 1936 y 1939, que se presentó como antesala de la segunda guerra mundial. De ella quedan numerosas huellas en las vidas de los que nacimos hacia el final de la dictadura con la que concluyó, aunque haya quiénes no quieran darla por concluida. La victoria de Franco tuvo una épica que fue explotada durante décadas y una miseria que lo ha sido durante otras muchas. Hoy suele ridiculizarse su pericia militar y/o política, sin comprender que disminuir al enemigo que te vence no contribuye a tu propia exaltación. El que esto escribe tuvo abuelos fusilados o torturados hasta la tuberculosis y la muerte por su filiación comunista. Entre sus hijos el nombre de Franco era el objeto de un comprensible odio visceral. Por vía paterna mi abuelo sirvió de guía en la sierra de su pueblo para las batidas en las que la guardia civil concertaba con los rebeldes sus amañados desencuentros. Había servido en África y la guerra civil la pasó en retaguardia. Siendo apenas un niño le pregunté si él había alzado la palma de la mano o el puño cerrado, me respondió muy severamente que él “no era de hacer momos ni jeringotes”.
Mis padres nacieron tras la guerra y sobrevivieron a muy duras condiciones de vida, como buena parte de la población española venida al mundo en los cuarenta. Un sacrificio durísimo fue la respuesta a un bloqueo atroz que castigaba la renuente participación española en la guerra mundial. Franco maniobró mutando de los modos fascistas a los anticomunistas hasta alcanzar la posición modernizadora de un gobierno tecnocrático que preparó el tránsito al sistema de partidos. El crecimiento económico español fue asombroso durante los años sesenta y permitió a los hijos de los sufridos españoles de los cuarenta acceder a un estilo de vida económicamente más holgado e hizo posible la posterior integración en una Europa que se hundía en la decrepitud hoy evidente. La memoria de la guerra no desapareció nunca de las vidas de nuestros padres, ni de las nuestras.
Es fácil entender que quieran recuperarse los restos de los caídos y darles digna sepultura. Que haya que expresar esto, indica lo anómalo de nuestro presente. Las heridas abiertas no necesitan, sin embargo, del acicate de ninguna memoria histórica. Es un error y un acto de soberbia, por otra parte, pretender que las propias heridas son más dolorosas, es también un gesto de victimización que ofrece ganancias indudables en el mercado electoral y en la imagen pública de una sociedad tomada por un sentimentalismo tóxico. Recuerdo el dolor y la ira de mi abuela, doblemente viuda a una edad joven, cargada de hijos pequeños que tuvo que entregar a la caridad de quiénes habría contado entre sus enemigos. Entiendo que sus vicisitudes emocionen, la dimensión trágica de nuestras vidas debería producir siempre una conmoción semejante.
Es, pese a todo, repugnante que esas emociones se pongan al servicio de fines partidistas, echando sal sobre la herida o tratando de abrirla en aquellas conciencias que ven en Franco un personaje sobre cuya relevancia y estimación habría de discutirse en los términos del saber histórico. No se hace esto, sino que se apunta el odio contra un enemigo que quiere verse redivivo en la oposición política en la medida en que enfrenta un programa que – ésta es la cuestión – parece exigir una transformación fundamental de la estructura política de la nación. En la medida en que se resista a ese programa se correrá el riesgo de ser estigmatizado como franquista, sinónimo de fascista en la jerga de la retórica criminal que hoy se usa. El perdón procede siempre de una de las partes, pero la reconciliación es mutua concordia que exige una actitud simétrica, aunque el perdón la prepara y hace posible que de algún modo concluyamos “amañados desencuentros”.
Los patriotas de esta nación española ni queremos hacer momos, ni jeringotes, ni podemos admitir que se ponga en cuestión nuestra condición. Entre tanta exaltación de la identidad resulta que no puede admitirse nuestra identidad española y tendremos que ver cómo se nos denuesta por negarnos a escupir sobre ese Franco de charanga y pandereta que nos van a presentar en este año que ahora comienza.
Como antídoto al esperpento que se avecina les aconsejo que lean al olvidado Pérez Galdós siempre que puedan repetir con el protagonista de nuestros Episodios Nacionales:
“Cercano al sepulcro y considerándome el más inútil de los hombres, ¡aún haces brotar lágrimas de mis ojos, amor santo de la patria! En cambio, yo aún puedo consagrarte una palabra, maldiciendo al ruin escéptico que te niega y al filósofo corrompido que te confunde con los intereses de un día”.