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TRIBUNA

Rasos de enero

domingo 05 de enero de 2025, 17:13h

Estábamos en pleno apogeo de la cencellada. La carrocería de los coches se plateaba bajo la luz de las pocas farolas encendidas. Sus metales mudaban los colores y los que nos encontrábamos allí a esas horas de la mañana, la del uno de enero, no nos deteníamos demasiado a observar por si corríamos la misma suerte y acabábamos echados sobre la acera, ateridos por ese frío que apenas nos dejaba hablar mientras volvíamos a casa. Veníamos de una larga partida de juegos de mesa y darle unos tientos a un ron notablemente asqueroso. A la hierba del parque y sus matorrales, el hielo les ponía pliegues que la luz de la amanecida haría fijos, destellantes.

Una rara mezcla de prisa y vaguería va instaurándose en los primeros días del año recién llegado. Según el caso, lo laboral va echándose en falta o no ha conseguido todavía retomar su ritmo habitual, entre el ansia y el hastío, como siempre. A las recapitulaciones de final del año le siguen los propósitos, los anuncios de todo lo que se va a estrenar, quizá prontamente llamado a ser lo mejor de este 2025, cuando no llevamos ni una semana del mismo y aún nos resuenan los pasos que acabamos de apretar al doblar la esquina del 2024.

Nos embala la prisa. Peligrosamente nos sitúa en la consideración de algo que está próximo a suceder pero nosotros ya lo sentimos como pasado, puestos los ojos en lo siguiente, que sólo es humo, nada, pero ya nos está impidiendo atender como se merece cualquier estímulo independientemente de gustarnos o no. Las listas de los libros, películas, series y demás barahúnda cultural nos hacen proclives a esa bulimia que no hace progresar más que la insatisfacción y la falta de detenimiento. No obstante, es una pequeña fuente de ingresos para quienes las escriben, no seré yo el que se oponga y las deje de proponer, faltaría más.

Ese uno de enero, por la tarde, llamé a la marquesa de S. para desearle un buen Año Nuevo. Me contó que estuvo a un tris de escaparse a una casa en el campo a pasar los dos últimos días, que la broma se había dejado caer en esa reunión de amigas que tuvo, pero quedó en nada, igual que los píos deseos que se quieren para uno y sus seres queridos, que no provocan sino la total indiferencia ante lo que realmente pasará. Le hablé de un libro que podría gustarle, que, si quería, se lo podría regalar.

Los dos textos finales de Proust. Un cierto misterio, que recopila los que supusieron la iniciación del autor francés en el desesperante mundo de las publicaciones, son, según el prólogo de Joaquín García Martín, ‘las contribuciones de carácter literario […] Desde el uso de la primera persona, el tono íntimo, personal, el acto evocador que significa todo el artículo […], realiza el muy proustiano ejercicio de convertirse en precedente de algo que todavía no podemos saber que ocurrirá años más tarde’. Casas normandas y Recuerdo son las joyas de esta breve compilación, el segundo por ser el primer latido para la futura gran novela. Casas normandas, especialmente, me recuerda a sus cartas, las cuales sigo desentrañando en los ratos libres. Es raro que no me haya aparecido una hablando de alguna escapada a la costa. Santander o San Sebastián, siguiendo la moda de la época para los de su clase, supongo. ‘Se considera elegante abandonar las playas a fines de agosto para ir a la campiña’, dice en la primera página, pero es inevitable imaginarme a la marquesa desoyendo esas máximas, advirtiendo las olas de un mar en calma, sin fronteras, ahora con un poco de viento áspero invernal, y nadie más que ella en el paseo contemplando los rasos del agua, rivalizando en su planicie las melancolías.

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