Dentro del desafecto que guarda el frío mundo de las cifras con vidas humanas de por medio, la sociedad no puede ni debe digerir el suma y sigue de la canallesca referida a la violencia de género en España, cuyo alcance en 2024 ha sido de 47 mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas. Y como el inventario trae violencia vicaria, son nueve los menores cuya vida ha sido socavada a manos de sus progenitores. La mayor cifra desde que hay registros.
La sociedad actual viaja a alta velocidad. No hay tiempo para mayores loas, ni siquiera para enmendar sufrimientos. Minuto de gloria o minuto de silencio, y si te he visto, no me acuerdo. La conciencia se ha convertido en una fuerza obstinada en destruir los mejores valores. Es como si algo no funcionara en nuestra psiquis, pero no sabemos el porqué. Creo, pues, que incluso las propias emociones, en la medida en que estas atañen a desgracias ajenas, han caído en la polémica entre erradicarlas o moderarlas. Es la manera de gobernar las pasiones para privarnos de mostrar sentimientos, afectividad y concordia hacia los demás. Me guardo en mis versos como lo inmaterial precisa de las artes escénicas.
Si acaso soy, es palabra.
Si acaso sé, es saber lo que no quiero.
El año pasado, sin ir más lejos,
Cuarenta y siete fueron las víctimas.
Muchas para un solo lamento.
Aun así, parecen pocas para un verso.
A día de hoy, son las que son,
O quizás ya sean ciento.
Todas ellas son mujeres, por cierto,
Maltratadas, vejadas, asesinadas.
De voz y manos atadas,
Como lunas muertas de miedo.
Ellas también fueron noche,
Universo, luz y caricias.
Ellas fueron vientre, misterio,
Madres, esposas e incluso hijas.
El puñal las dejó sin eco.
Ellos las ajustician creyendo ser dueños.
Ellos están matando la vida y su secreto.
Ellas mueren y mueren y seguirán muriendo.
Por eso yo, que por no ser
No soy ni nada quiero.
Os pido, canallas, que estéis quietos.
¡Dejad ya que la vida siga viviendo!
Y así quedamos un año más y un año menos. Que no es poco.