Esta es la quinta novela –creo– de Ulla Lenze, una escritora alemana (Mönchengladbach, 1973) desconocida por estos lares y a la que podemos leer por primera vez con esta historia en que ha recreado la vida de su tío abuelo Josef Klein. Lo ha hecho, probablemente a partir de muchos vacíos y silencios, con un primor y un respeto sorprendentes. Es una novela –¿podría decir deliciosa de una historia de la guerra?– de esas que con la cercanía a un personaje de a pie, conseguimos saber más, mucho más, de la realidad de ese momento.
Saber, que no entender, o también, porque es el protagonista, Josef, Joe, José, ni siquiera sabe ya cuál es su nombre, desde que partió de Alemania. «Aún no sé mi historia -dice Josef-: estoy a la mitad». En ese momento, en que la novela casi llega a su final, quizás porque lo demás ya no importa, «él no sabia nada de la guerra. Estaba sentado en un sofá de un piso de Harlem. Pero por primera vez se daba cuenta de que todo tenía que ver con todo».
La escritura del libro es entrañable. El entrelazado de capítulos, que únicamente nos sitúan en lugar y año, entreteje una historia de ida y vuelta, de Alemania a Nueva York, de Harlem a Ellis Island, regreso a Neuss y viaje final a Costa Rica. La Segunda Guerra Mundial de Alemania a América: los nazis, los que no lo son y deciden largarse, los que no lo son y se quedan, los que caen en redes del espionaje, los que acaban prisioneros, los que regresan y serán mal vistos vayan donde vayan, los que participan del contraespionaje, y los norteamericanos que se cruzan en sus vidas y tampoco les entienden.
Todo eso es lo que vive nuestro protagonista y la familia que le queda: la de su hermano. Todo eso es lo que vive a partir de convertirse en radioaficionado y ser captado por el servicio secreto alemán. La historia es muy fácil de contar cuando ha pasado; nada es lo que parece cuando se está viviendo. Ese es el logro de esta novela: imbuirnos en el personaje, y aunque los tiempos vayan y vuelvan, acompañarle en su trayecto que es más personal y familiar que político. Aunque su vida sea inseparable del devenir político en el que se ve inmerso.
«No sé si podré explicártelo todo. La verdad es que fui un estúpido y ya es demasiado tarde para cambiar las cosas», escribe Josef Klein en una carta a su hermano. El caso es que su historia de espionaje ha aparecido publicada por fascículos en el periódico alemán Stern. Su sentimiento de pérdida es irremediable, y solo pretende lograr una supuesta libertad.
La novela cuenta con un contrapeso que acompaña a nuestro protagonista: la lectura de Henry David Thoreau, ese escritor, poeta y filósofo estadounidense (1817-1862) autor de libros como Walden o la vida en los bosques y El arte de caminar, pero también de ¡¡La desobediencia civil!! «A veces Josef se repetía su frase favorita de Thoreau: “La riqueza de una persona puede medirse por las cosas de las que es capaz de prescindir”, pero hacía tiempo que la encontraba discutible». Porque también añade: «Hace años ésa era su frase predilecta de Thoreau, pero todo eso quedó atrás. Cuanto más vive, menos le interesan las ideas de otros».
Esta novela refleja la pérdida de uno mismo, y sin embargo hay un momento en que el protagonista «siente un embeleso que no logra explicarse. Es libre por primera vez en años, libre de verdad. Ya no es joven, es cierto, pero tampoco viejo: puede volver a empezar, y es justo lo que tiene intención de hacer». Y no, este no es el final de la novela. Pero manifiesta ese embeleso que yo también he sentido en su lectura. Me ha encantado acompañar la trayectoria de Josef Klein, aunque sea en una inmersión dolorosa en tanta realidad.