Vaya por delante que cada vez que regreso a España los garbanzos, ya sean en potaje con bacalao y espinacas, salteados con butifarra y piñones, con callos y en ensalada, son una de mis máximas predilecciones y más si estamos comenzando el invierno, como es el caso. Los guisos, en general, me aportan emoción, siesta y, sobre todo, una vuelta a mis años en España, donde la cuchara me era esencial.
Sé que últimamente existen nuevas generaciones, algo más degeneradas, que señalan al potaje en casi cualquiera de sus versiones, y sobre todo si estuvieran chorizos y morcillas flotando en el guiso, como un mal para la salud. Algunos de ellos prefieren los garbanzos transformados en humus, que aunque también estén deliciosos no deja de ser una moda aumentada porque el plato se compra ya preparado hasta en el Mercadona y porque cocinarlo, si en vez de hervir la legumbre la compras ya cocida, te hace perder cuatro minutos a lo sumo. Y ya sabemos que hoy no cocinan ni los chefs y que el tiempo en guisar lo invertimos en las redes sociales.
Pero bueno. Que hace un par de días volaba desde Madrid hasta Buenos Aires a lomos de un Airbus de Iberia, abarrotado, que salió de la capital de España a eso de las doce y media de la madrugada. Hasta que nos permitieron caminar por la aeronave, pasaron alrededor de treinta minutos, y cuando nos sirvieron la cena se sobrepasaba por escasos minutos las dos de la madrugada.
Y bien. Antes, durante la propagación de las medidas de seguridad, que al unísono te emiten por la megafonía y la pantalla que corresponde a tu asiento, me quedó claro que el mejor chef del mundo, el cual es Daviz Muñoz, había sido contratado por la compañía aérea que un día fue española y que ahora es mucho más inglesa. En el video comprendí que la cocina española, base de nuestro patrimonio cultural y ejemplo a nivel internacional dada su implantación, iba a ser, cómo no, bandera de Iberia. Y cuánto me equivoque.
No quiero entrar a valorar la calidad, cantidad y variedad de las dos comidas que nos ejecutaron –el desayuno, llegando a Buenos Aires, fue un simple y tristísimo bocadillo gomoso de jamón extraño–, sino en que durante la cena todo el avión fue obligado a comerse una ensalada de garbanzos: tal como les comento. A las dos y pico de la madrugada, y cuando algunos sólo querían comer rápido para ponerse a dormir, la única opción fría de la cena era una ensalada de garbanzos, que como todo el mundo sabe son uno de los mejores alimentos para comer justo antes de irse a dormir y tan tarde.
Por supuesto, y contra mi voluntad dado el amor que siento por esa legumbre, desistí; dejando que las azafatas recogieran mis sobras con cierto dolor anímico, que habría sido mucho mayor si me hubiera incrustado en el estómago semejante disparo en el pie.
Es tan evidente que Daviz Muñoz sólo participó en el video promocional que explica a los pasajeros cómo comportarse durante un vuelo como que la persona que organiza los menús o simplemente no existe o se ha vuelto literalmente loca. Los dos señores de mi lado, algo mayores que yo, y con los que no entablé ni el más mínimo diálogo, hicieron lo mismo que yo, despreciando a los garbanzos. Desconozco qué hizo el resto del pasaje. Pero dudo mucho que la gente se hubiera atrevido a esa bestialidad que podría haber convertido el vuelo no sólo en un concierto de viento sino en algo todavía peor: en un problema de digestión para buena parte de los que allí solo comimos o el pollo con puré de patatas o la pasta.
Aunque a decir verdad mi mayor preocupación fue que tanto el piloto como los copilotos hubieran comido aquellos garbanzos aliñados, tan tarde, y que el aterrizaje de emergencia lo hubiéramos hecho en Dakar.