Santa Teresa, que era de origen judío, animaba a sus monjas al grito de haceos espaldas, haceos codos. Aquella mujer tan sabia conservaba primorosamente la memoria de sus orígenes talmúdicos, pues Talmud quiere decir estudio, y conforme a ello el mitzvat talmud Torah prescribe la adquisición de sabiduría a través del estudio de la Torah como instrumento para alcanzar el Reino. En cuanto que iniciación a la sabiduría, el principal propósito del judío sincero es su estudio para convertirse por medio del mismo a los ojos del mundo en ejemplo vivo de la gloria de Dios.
Son sabios los propios sabios y también los alumnos de los sabios (talmidei hahamin). Desde el banco de pruebas del estudio humilde, su erudición implica y explica al ser humano entero, razón por la cual el hombre sabio se convierte en el símbolo de la Torah, toda su naturaleza es sinónima de ella. Qué gran regalo ese ansia de aprender de los actos y las conversaciones de los estudiosos, dándose por supuesto que cualquier cosa dicha o hecha por un sabio estudioso puede servir de guía para la humanidad.
Entre los sabios la comunión de los santos echa aquí sus raíces más profundas, tanto que los tannaitas (de Tannah) han continuado estudiando, repitiendo y transmitiendo lo aprendido de sus maestros para preservar la memoria, es decir, el corazón de la sabiduría profunda. En las academias tannaitas (yeshivoi) cada persona aprende a vivir esa sabiduría y esa es su principal ocupación. Sin solución de continuidad, los amoraitas (del verbo hebreo amar: decir o interpretar) añadieron a la labor de los tannaitas el cuidado de preservar materiales adicionales, los bar ait ot, todo un mundo de sabiduría acumulada.
De este modo, y por los siglos de los siglos, ha podido perdurar el corazón del mejor Israel, el resto de Israel, y no el peor, el cual devuelve con revanchismo los revanchismos ajenos haciendo de este modo una interpretación bufa de la ley del talión. Jerusalén es el alma de la existencia judía, y el buen judío es su murmullo. Porque la emoción y la seriedad del estudio de los sabios y su vivencia y transmisión de lo eterno en ellos ponen de manifiesto la relación profunda que existe entre la belleza y el saber, tal y como lo trasmite el Taanit (7a-b): “estudio, estudio día y noche, pero apenas avanzo; sigo sin conocer la Torah”. Conocerla es vivirla, no sólo saberla eruditamente: “Dios no te manda que conozcas su Ley, sino que la estudies”. Por eso la actitud del maestro es humilde: “maestro, dime algo; en todas partes me dicen que hablas tan bien que tus palabras rebosan sabiduría. Habla, dime algo; sea lo que sea, quisiera llevarme un pensamiento tuyo, una palabra. Tú que tan bien hablas, ¿por qué no me hablas a mí?”. Respuesta del maestro: “sí, pero no de cualquier modo; más quisiera enmudecer que convertirme en un pico de oro”.
Afortunadamente entre algunas minorías, no solamente en las hebreas, todavía se mantiene la sacralidad indeleble de la palabra, que recuerda y vivifica el alma de los pueblos incluso después de los más criminales bombardeos sobre la población que han arrasado el pueblo y reducido a escombros todas y cada una de las moradas. Por desgracia, de esa importancia de la palabra sagrada deriva también su poder de destrucción cuando ellas son profanadas y alimentan odios eternos, lance la bomba quien la lance.
Tenemos que conservar la cultura de la palabra enmemoriada. Aquellos cuarenta y siete dominicos conducidos por el obispo fray Bartolomé de las Casas salieron de Salamanca a principios de 1545 y llegaron a su destino, Ciudad Real (Chiapas), un año y dos meses después. Tras sufrir atroces incomodidades y un ciclón, al llegar a Campeche supieron que, para seguir a Tabasco, debían cruzar la laguna de Términos en una barcaza. Comenzó el Norte a soplar, la laguna se encrespó y aquella barcaza muy cargada zozobró ahogándose treinta y dos personas, entre las cuales nueve dominicos y con ellos las muchas cajas de libros que llevaban. Después de llorar a sus hermanos muertos, los supervivientes llegaron al lugar de la tragedia para tratar de rescatar los libros. Con la ayuda de palos largos y gruesos, y hundiéndose los hombres en el agua y cieno, lograron sacar las cajas. Los mosquitos los perseguían tan ferozmente, que uno de los frailes no tuvo mejor ocurrencia que la de calarse una zalea en la cabeza con dos agujeros para ver, con el intento de librarse de las picaduras. Y todo esto sin tener nada que echarse a la boca. Los libros rescatados estaban completamente enlodados, con un cieno que se metía entre las hojas y las pegaba como un engrudo. Pese a todos estos pesares, los llevaron a un pueblo cercano para lavarlos con agua dulce y tratar de despegarlos. Gracias a sus afanes lograron salvarlos casi todos, quitando las encuadernaciones de pergamino; pero quedaron con un pestífero olor que jamás se les quitó. No sé si habrá algo más triste que un libro con pestífera adoración, a menos de un hombre sin honra alguna.
Alrededor de un siglo y medio más tarde, ocurrió otro hecho digno de recordación. El 8 de junio de 1692 ocurrió en la ciudad de México un grave motín de indios ocasionado por la carestía de maíz. Los amotinados habían quemado ya parte del palacio de virreyes y, cuando lo oyó don Carlos de Sigüenza y Góngora, erudito y poeta, con sus amigos y algunos jóvenes partió para la plaza y, viendo que ya no era posible por el fuego subir por las escaleras al archivo, elevaron altas escalas, forzaron las ventanas y, en medio de las llamas, echaron a la plaza los libros que pudieron, con barreta o con hacha, cortando vigas, apalancando con fierros puertas, todo ello contra viento y manera.
Entre los años 1954-1964 había en la manchega ciudad de Puertollano (Ciudad Real) un lugar cuando menos enigmático para mí, me refiero a la biblioteca municipal, un angostísimo espacio con cuatro libros mal contados, dos o tres mesas, aunque con el siempre animoso maestro don David a la cabeza. Aquella “biblioteca”, que presidía el paseo central del pueblo, estaba situada debajo de una fuente con forma de caracol y con su reloj encima, donde la banda municipal tocaba de vez en cuando con su uniforme azul, como no podía ser menos, algunas piezas musicales. Para un pueblo de mineros parece que con aquel instalache de noveluchas y periódicos locales a los caciques del pueblo les bastaba y sobraba como argumento cultural. Y, sin embargo, aquel emplazamiento era el corazón de la arteria principal de la cultura que desembocaba en el Instituto de Bachillerato mi Instituto, el Fray Luis de León. Hoy lamento haber sido tan joven y tan tonto como para no haber sentido esa arteria como el hilo conductor de mi alma modesta. Pero el testigo mudo estaba ahí, a modo de península (pene ínsula: apenas isla) de la incultura, más intonsa que el dedo de Pericles.
Amigo de los libros, soylo también obligadamente de ratones y gusanos, pues los libros son para comérselos, hay roedores que han leído mucho más que muchas personas. Machado se adelantaba siempre, afortunadamente: se metía de tal manera en la lectura, que sin darse cuenta iba arrancando los pedacitos de papel de las páginas del libro que distraídamente se llevaba a la boca y masticaba. Como se dice, era de lo que no hay. Según es fama, su hermano José y él nunca cenaban juntos poco antes de morir en el exilio; primero bajaba uno de ellos con la madre, y al rato se excusaba y subía al cuarto desde donde, pocos minutos después, salía el otro. Tenían una sola americana y a ninguno de los dos les parecía decoroso cenar inadecuadamente vestidos. Si yo hubiera tenido el honor de haber sido invitado a cenar con ellos lo habría hecho desnudo en homenaje a su sobriedad.