Aunque, no nos confundamos: él, Buñuel, siempre se definió apolítico, a pesar de sus muy radicales posicionamientos en favor de las clases y las personas que sufren cualquier injusticia social, personal y de la estructura, en todos los aspectos que vivimos en nuestra Civilización Occidental de numerosos siglos y muy rica en Cultura e Historia; siempre, en muchas ocasiones, con obras de denuncia contra los egoísmos, no sólo de la clase dirigente, sino también con las clases humildes. Aquí tenemos a los mendigos de “Viridiana”, clasistas, perversos y taimados que, como culmen de su maldad, violan a Viridiana, la ex monja que los recoge en su casa para regenerarlos con la oración y las charlas religiosas. Igual que Víctor Hugo en “Los Miserables”, hace extensivo de esta índole a los humildes, tan miserables como sus dirigentes. La condición humana se señorea por todo el espectro social de la Humanidad.
Viendo ahora las dimensiones de la Religión en manos de este cineasta, y de mis reflexiones sobre el humor, quisiera reconocer de su mano, por primera vez, creo, en nuestra dicha Cultura de Occidente, el lado humorístico de Jesús de Nazaret. ¿Tenía sentido del humor el Hombre que muchos millones de seguidores lo consideran también como Dios? Pues sí, y fue don Luis el primero y, que yo sepa, el único de los artistas que ha retratado a Jesús riéndose y pasándolo fenomenal. Se ve en “La Vía Láctea” (1.969), en el episodio de las bodas de Caná, donde, junto con su Madre, efectuó su primer milagro de convertir el agua en vino, pues al novio se le agotó a lo largo de su convite. El milagro no se ve, sólo sus prolegómenos. Lo que sí se muestra es a Jesús comiendo y bebiendo en la mesa de los invitados, riéndose y pasándolo fenomenal con ellos. En un momento, le piden los invitados que hable para ellos. Entonces él comenzó a contar la parábola del Administrador astuto. Pero lo hizo como un consumado actor, manteniendo en suspense la narración y gesticulando, todo lo contrario de un hombre serio y trascendente. Aquí se le retrata sin ninguna aureola divina, como uno de nosotros más, pero con un hálito de sabiduría, a pesar de todo. Don Luis nos muestra en imágenes audiovisuales de una manera fiel como ningún otro y único, como genio rompedor de muchos clichés culturales, la sentencia del Nuevo Testamento en la que se nos explica que “Jesús fue un hombre, en todo igual a nosotros, menos en el pecado”. Al finalizar su relato, todos le aplaudieron, como si hubiera interpretado en un teatro con público y todo, el papel ¿del Cristo Segunda Persona de la Santísima Trinidad?
Como he dicho, esta escena pertenece al film “La Vía Láctea”, un recorrido de dos peregrinos por el camino de Santiago, que, en el film, se convierte en un peregrinar por las herejías del Cristianismo a lo largo de los siglos, de una manera, cómo no, surrealista, con saltos de espacio y tiempo en continuidad. Lo realizó después de leer la “Historia de los heterodoxos españoles”, de Marcelino Menéndez y Pelayo, impregnándose de sabiduría cristiana, pero al revés, erudito de todos los herejes.
Quizás para la Iglesia Católica, esta escena sea una profunda irreverencia a su mensaje y a su persona, como tantas suyas en su filmografía. A mi parecer, en absoluto. Prueba de ello es que los jesuitas siempre han comprendido a Buñuel muy bien, y de ello soy testigo presencial cuando colaboraba yo en su revista cultural “Reseña” como crítico de cine, pues estaban de acuerdo en muchas ideas que supuraba su extensa y excelente filmografía, y, en concreto, que Jesús debía tener un gran sentido del humor, como sabio y Maestro que era, ya que el humor es un producto de la inteligencia de las personas humanas. Y él, don Luis, lo tenía a raudales también. Prueba de ello fue la comida en la que invitaron los jesuitas de la revista, en especial la sección de Cine, a don Luis para comer con ellos. Según me contaron, lo pasaron todos estupendamente y fue muy divertido. Sería sobre el final de los 70. ¿La merienda, rodeado de curas, invitados a su casa por el librepensador protagonista de “Tristana” (1.970), su siguiente film, según la novela de Pérez Galdós?
Incluso en sus últimos días de vida, en el Hospital de México, estuvo atendido por otro jesuita, para abrirse a la ventana de la eternidad el hombre genial que durante toda su vida dijo que, “gracias a Dios, soy ateo”, con esa enorme ambigüedad en la que podía caber todo, al igual que los jesuitas se posicionan. Hablaría mucho sobre Buñuel y su vida religiosa, muy heterodoxa, pero llena de conocimientos y de inquietudes religiosas profundas. Pero no es este el lugar.
Y hablando de los jesuitas y el Cine, en defensa de películas escandalosas para la visión corta e hipócrita de muchas personas adscritas a la Iglesia Católica, tenemos el caso del escándalo mayúsculo que Federico Fellini trajo a la Italia entera con la visión crítica de la élite social, la aristocracia y el mundo de los famosos, destructiva y aniquiladora de este grupo social, en su film “la Dolce vita” (1.960). En él se retrató el primer striptease de la Historia del Cine en ese país y, quizás, en el mundo entero. Venían autobuses de regiones remotas de la Península para ver un desnudo fílmico pionero, como tantas otras ideas de nuestro genial cineasta, el gran poeta del Séptimo Arte. Este fenómeno de poder ver películas prohibidas haciendo “peregrinaciones” en autobús a las ciudades en que se proyectaban esa clase de películas, las tuvimos nosotros, los españoles, en plena censura de la dictadura franquista, con la película “El último tango en París” , de Bernardo Bertolucci, con Marlon Brando y María Schneider, a la que iban a Perpiñán autobuses llenos desde diversos puntos de España para poder ver esa escabrosa cinta, con la protagonista en media película desnuda, con sesión de sexo anal untado con mantequilla sin consentimiento de ella, pues fue urdida por Brando y Bertolucci sin ella saberlo y que supuso un trauma que la inhabilitó como actriz, no sé si para siempre. Película rompedora y vanguardista, prohibida por la nefasta censura contra la que tenían que luchar nuestros artistas en aquella época todavía casposa del tardofranquismo, con una apertura cultural del Régimen liderada por el Ministro de Información Fraga Iribarne, de cara al exterior, en la que ya no se podían poner puertas al aire libre de nuestra naturaleza y condición. Aunque parece que, a día de hoy, nada hemos aprendido los españoles de nuestra Historia, pues la volvemos a repetir, del signo que sea. Y también, fuera de nuestras fronteras, los fenómenos humanos vuelven a producirse una y otra vez: “Nada hay nuevo bajo el sol”(1), “Lo que es ya había sido, lo que será ya es, pues Dios hace que el pasado se repita”(2) que sentenció el sabio israelí Qohélet en el “Eclesiastés”, uno de los 4 libros sapienciales de la Biblia(3), cuya lectura recomiendo vivamente aunque se sea agnóstico, ateo o indiferente, y sin tener ningún prejuicio anticlerical, pues sus numerosas sentencias son pura sabiduría humana, muy necesarias para el bienestar espiritual, moral y ético nuestro y de nuestros pueblos, escritos muchos siglos ha y, como digo, permaneciendo su enseñanza incólume en el huracanado mar de nuestra Historia. Esta sentencia que acabo de traer a colación significa que la condición humana es la misma con el acontecer de los años: siempre habrá personas buenas y personas malas, guerras surgidas de los corazones duros ennegrecidos por el poder y el dinero, y personas ajenas a estos sentimientos, pacíficas y llenas de amor; caeremos en los mismos siete pecados capitales a lo largo del devenir de la Historia de la Humanidad. “El hombre eterno”, título de un libro de G.K. Chesterton, en el que defiende lo que digo, esto es, que el hombre de las cavernas tiene la misma alma que el contemporáneo, con su corazón puesto en el más allá, adorando a sus ancestros, pintando animales y signos que implican el mismo pensamiento y creación artística que el nuestro, por muy avanzados que estemos en conocimientos científicos y en una súper desarrollada tecnología.
Esta aguda visión de uno de los más importantes escritores del siglo XX, me refiero a Chesterton, se demuestra en la creación de todas las Humanidades, en especial, la Literatura y la Filosofía donde, desde Homero y desde Platón y Aristóteles, nada hay nuevo bajo esas estrellas, y en general, bajo los clásicos de cualquier disciplina artística de cualquier época, que tienen siempre una rabiosa actualidad, y la tendrán de aquí a otros XX siglos más.
Y, por cierto, ¿Acaso en estas máximas bíblicas no está presente muy vivamente la idea nietzscheana del “eterno retorno”, tan querida por el filósofo que tanta influencia ha tenido en nuestro pensamiento contemporáneo? Esto tiene su miga: ¿No es paradójico, y quizá interesante, que el Dios que ha matado el filósofo -“Dios ha muerto”, sentenció en su día-, se exprese, muchos siglos antes, en los mismos términos que su doctrina filosófica del “eterno retorno” en la vida humana, desarrollada dentro de su obra “Así hablaba Zaratrustra” principalmente?
Como anécdota divertida y maravillosa, a la vez que penosa y triste para los que luchábamos contra el franquismo, era la salida de los jesuitas responsables de la sección de Cine de la revista Reseña, al extranjero, para visionar películas prohibidas por la censura franquista y hacer crítica de ellas en la revista, con lo que los lectores podíamos tener un poco de respiro al aire libre y saber lo más posible del Cine que se hacía en el mundo en el que reinaba nuestra ansiada libertad.
(Continuará)
1. Ecl. 1,9
2. Ecl. 3,15
3. “Proverbios”, “Sabiduría”, “Eclesiástico” y “Eclesiastés”.