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EDITORIAL

Sólo el Tribunal Supremo puede acabar con el paripé de Sánchez y Puigdemont

EL IMPARCIAL
lunes 20 de enero de 2025, 08:29h

Pedro Sánchez y Carles Puigdemont son los grandes farsantes de esta legislatura. El golpista catalán apoyó la investidura de un socialista radical a cambio de una amnistía, cuya ley resultó tan chapucera que no puede ni pisar España. Y, después de muchos dimes y diretes, ahora los 7 escaños de Junts vuelven a ser decisivos para aprobar o no los presupuestos, para prolongar o no la legislatura. Y de nuevo están los dos políticos, cual tahúres escondiendo sus cartas marcadas. Y mintiendo como bellacos. Pero no es más que un paripé. Pues se necesitan mutuamente. Uno, para seguir en La Moncloa. El otro, para poder volver algún día a España.

El golpista a la fuga disfruta humillando al presidente y ahora exige que Cataluña dé otro paso hacia la independencia con el control de fronteras y reta a Sánchez a una reunión en Suiza para redibujar el mapa de España. Un cara a cara bajo el sol de los flashes.

Sánchez ya se prepara para volar a Ginebra. Antes de abandonar La Moncloa, prefiere el ridículo de entrevistarse en el extranjero con un fugado de la Justicia española. Prefiere humillarse antes de quedarse a la intemperie, bajo el intenso bombardeo de la Justicia contra su Gobierno, su familia y, quién sabe, si cualquier día también contra él. No está para plantar cara al hombre que tiene los 7 ases en la manga que pueden salvarle el pellejo; aunque sólo sea de momento. Para aprobar los presupuestos.

Sánchez y Puigdemont, tanto monta, monta tanto, juegan con ventaja. El PP no termina de aprovechar que se encuentra frente a un Gobierno que se despeña, que con un empujón certero caería al fondo del pozo. Amaga y no da. Denuncia, a veces con acierto, las tropelías de Sánchez. Pero, al final, son pellizcos de monja que se estrellan contra el muro de la brutal propaganda que Moncloa difunde a través de sus voceros socialistas y de su potente Ejército mediático. Y Puigdemont tiene como oposición interna a ERC, un partido rendido a la falsa “progresía” del Gobierno. Rufián, aunque ponga cara de malote cuando sube a la tribuna de oradores del Hemiciclo, termina aplaudiendo con las orejas a Sánchez con la excusa de que hay que frenar la llegada de la ultraderecha. El portavoz republicano tiene más pánico al PP y a Vox que el propio presidente. Por eso, vota dócilmente cualquier invento del Consejo de Ministros no vaya a ser que tenga que volver a Cataluña y abandonar el paraíso madrileño. Junqueras, además, sigue besando por donde pisa Sánchez después de lograr el indulto que le ha sacado de la sombra. De ahí, que, al final, ERC no sea más que otro partido de la coalición de Gobierno. Y, de ahí, el desplome que sufre en Cataluña por “botifler”.

Sin oposición a la vista, Sánchez y Puigdemont campan a sus anchas. Sólo la Justicia puede acabar con la paz de los sepulcros en la que habitan. Sólo la Justicia y, en concreto, el Tribunal Supremo que todavía no ha sido colonizado por las huestes del Gobierno.

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