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ESCRITO AL RASO

El auge de la mediocracia

David Felipe Arranz
lunes 20 de enero de 2025, 20:09h
Actualizado el: 20/01/2025 21:33h

“Los que sobreviven son los mediocres”, asegura Alexander Zinoviev en la novela Cumbres abismales (1976), en la que el éxito social no es otro que el de la mediocridad como nivel general del personal. A ese magma social se le añade el perfeccionamiento de los medios tecnológicos, necesarios para ocultar la pereza intelectual de tantas profesiones “conformistas”: burócratas, oficinistas, covachuelistas, funcionarios… Laurence J. Peter y Raymond Hull en El principio de Peter que publicaron tras la Segunda Guerra Mundial cuentan cómo los procesos sistémicos favorecen que aquellos con niveles medios de competencia asciendan a posiciones de poder, apartando a los supercompetentes y castigándolos al ostracismo para crear generaciones de analfabetos secundarios o funcionales, personas bien informadas y autocensuradas, listas para recibir instrucciones de sus superiores a cambio de un buen cheque.

La mediocridad se recomienda, la independencia y la creatividad, las ideas originales y arriesgadas se sacrifican en aras de los interesas de las “autoridades”: el orden mediocre se establece como modelo en todos los órdenes de la vida; se aplaude a políticos mediocres, a empresarios nefastos, a directivos inútiles, a aficionados que se encumbra como expertos. El mediocre ha aprendido a simular un resultado, a fingir el avance de las cosas, a liquidar a los competentes que pueden ensombrecer su “labor” o darse cuenta de su incompetencia. El mediocre comparte ufano con otros mediocres la sonrisa cómplice y el creerse más listo que el resto porque su aspiración es ocupar una posición destacada en el estatus social. La soberbia es una de sus características y un desafortunado sentido del humor.

España huele a mediocres, las empresas apestan a mediocres, porque el sistema anima a la modorra y a la obediencia, a la ciega sumisión, aceptando como norma las actitudes repugnantes e inaceptables. El idiota es el paradigma, el modelo a seguir hecho de programas que educan a la ciudadanía para evitar que piense, que comprenda que el bienestar está fuera de su alcance y que están envueltos en un simulacro de felicidad. Como Kafka escribe en El proceso: “no alcanzo a comprender, ciertamente, pero que tampoco está una obligada a comprender". Cuando uno no tiene más motivo que llegar a fin de mes y pagar su hipoteca, sus impuestos y el colegio de los niños, lo que tiene es miedo a la conciencia, un saberse tarde a todo. La era de la mediocracia preludia una distopía lejana, porque se van quemando en nosotros la paciencia, la esperanza y el deseo de superación. En los archivos de la vida mediocre se acumulan las páginas en blanco, las preguntas sin respuesta, los mensajes sin contestar, las gentes caducadas e inquietantes que nos acompañan.

Sí, hemos presentido hace años que habría de llegar esta época, como una despedida del talento y de la brillantez a favor de la tomadura de pelo, el triunfo de la mediocridad que algún día terminaría con la inteligencia. La Universidad de Northwestern ha demostrado recientemente que el cociente intelectual ha descendido en el mundo por primera vez en décadas, revirtiéndose en lógica y vocabulario, resolución de problemas visuales y analogías, y habilidades conceptuales y matemáticas. El mediocre tiene hoy una atracción especial, un aderezo de éxito que algún día pagaremos muy caro, si no lo estamos haciendo ya. Será cuando nos acordemos de esas horas junto a los libros y a los grandes maestros, escuchando a los políticos ejemplares, cuyo recuerdo se va desvaneciendo en la luz de los días pasados.

Twitter: @dfarranz

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