Nada más ser investido como nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump pronunció un discurso repleto de exabruptos y amenazas. Anunció una "emergencia nacional” para frenar la entrada de ilegales con deportaciones masivas de inmigrantes, hizo una clara apuesta por la energías fósiles, propuso la anexión de Groenlandia y Canadá, además de “retomar” el poder en el Canal de Panamá. Propuso la salida de su país de la OMS y de las cumbres del clima de París. Y proclamó que sólo reconoce dos sexos, hombres y mujeres. Pero se trata de una simple estrategia para amedrentar, para allanar el camino a las acciones que piensa emprender gracias a su inmenso poder como líder del mayor imperio del mundo.
Sin duda, la “revolución” política anunciada por el mandatario americano agitará el tablero geopolítico. Pero, en realidad, su gran objetivo busca desmontar las medidas impuestas por la llamada agenda “woke”, basada en las ridículas teorías progresistas que han dominado las políticas de muchos países como España. La economía americana, por ejemplo, saldrá beneficiada al suprimir las descomunales cargas fiscales a familias, y empresas. Y también las políticas medioambientales dejarán de atenazar la expansión industrial como está ocurriendo en nuestro país con los “impuestazos” a las energéticas.
Pero Estados Unidos no invadirá Canadá ni Groenlandia; tampoco podrá eliminar la soberanía de Panamá sobre el Canal. Con estos anuncios, en realidad, Trump busca expandir su influencia política en estos países y, de paso, llegar a acuerdos económicos que le sean beneficiosos.
La “era dorada de Norteamérica” anunciada por Trump va a conmocionar la política norteamericana y la mundial. Intentará frenar el amenazante poder económico chino y contener el expansionismo militar ruso que ha puesto en marcha Putin. Y, en buena parte, lo logrará. Pero también Europa está en el punto de mira del nuevo presidente. La imposición de aranceles perjudicará la economía del viejo continente. Y la España de Sánchez parece estar entre sus prioridades. Confundió, o no, a España con los países del BRIC (Brasil, India, China y Rusia) las naciones en las que pretende que su política arancelaria sea total, con un incremento del cien por cien. Mientras, el presidente español alardea en la Cumbre de Davos con erigirse en el líder mundial para combatirlo. Y lo hace con una ingenua denuncia a la “tecnocasta de Sillicon Valley” y una apuesta para frenar a los poderosos magnates tecnológicos, como Elon Musk. Otra peligrosa torpeza del presidente español, que no es consciente de que lo inteligente sería intentar llegar a acuerdo diplomáticos con Estados Unidos. Pues, en otro caso, nuestro país terminará arrinconado.
Pero el populismo radical del mandatario americano, como todos los populismos, polarizará aún más a los ciudadanos. Y, también como Sánchez en España, justificará así las barrabasadas que, seguro, cometerá. Porque el éxito electoral de Trump se ha basado en esa estrategia. Al igual, que la resistencia del presidente español en La Moncloa. Y es que las políticas liberales y socialdemócratas se diluyen en todo el mundo por la irrupción de los populismos de extrema derecha y de extrema izquierda. Y, de nuevo, Estados Unidos y España son buenos ejemplos de esta peligrosa deriva institucional.