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Viento del Oeste

Juan Francisco Fuentes
martes 25 de noviembre de 2008, 22:10h
Las últimas elecciones a la presidencia de Estados Unidos han sido para la opinión pública española un cursillo acelerado sobre el funcionamiento de la democracia norteamericana, tan diferente de la nuestra en tantas cosas. Algunos analistas, en su afán por orientar a sus lectores, han recordado la facilidad de ciertos estados para votar al candidato ganador. Unos han señalado a Ohio; otros, a Missouri. Nadie se ha acordado, sin embargo, del Estado de Nevada. La cuestión depende de la serie histórica que tomemos para dirimir esta disputada pugna por ser el “Estado-veleta”, aquel que tiene acreditada una mayor capacidad para señalar la dirección del viento electoral.

Ohio tiene numerosos partidarios entre los politólogos y los periodistas, porque es el Estado que lleva más tiempo “acertando” el ganador y porque elige a un buen puñado de delegados. Cuarenta y cuatro años seguidos –desde las elecciones de 1964- votando al candidato elegido es un registro muy meritorio, que indica la rara facilidad del electorado de Ohio para ir cambiando su voto, unas veces demócrata y otras republicano, y acertar siempre. Pero si en vez de los últimos cuarenta y cuatro años, tomamos la serie de los últimos cien, o, lo que es lo mismo, de las veinticinco elecciones celebradas desde 1912 –las del pasado día 4 completarían ese siglo electoral-, la cosa cambia. Ohio pierde su primacía, aunque sigue bien colocado, con 23 aciertos sobre 25. Hasta las últimas elecciones, los estados de Missouri y Nevada estaban empatados en la cabeza de la clasificación. Desde 1912, el primero se había “equivocado” solamente en 1956, cuando dio la victoria, aunque por escaso margen, al candidato perdedor, el demócrata Stevenson, al que Eisenhower derrotó en el conjunto del país por más de quince puntos de diferencia. Fuera de este pequeño desliz, achacable tal vez al hecho de ser el estado natal del demócrata Truman, Missouri presenta una impresionante hoja de servicios como Estado-veleta. ¿Y qué decir de Nevada? Su trayectoria ha pasado inadvertida a los observadores, pero lo cierto es que en las últimas veinticinco elecciones presidenciales celebradas desde 1912 Nevada ha acertado siempre el candidato ganador, salvo en 1976, cuando votó a Ford frente a Carter.

Hasta el pasado 4 de noviembre, Nevada y Missouri se disputaban, en reñida pugna, el mérito de ser el Estado con mayor capacidad de predicción, algo así como el Estado Nostradamus de la democracia americana. Estos últimos comicios han roto el empate a favor de Nevada, que ha vuelto a votar al ganador. En Missouri, por el contrario, la victoria ha sido para McCain, aunque por una diferencia tan exigua –escasamente 5.000 votos-, que los resultados son todavía provisionales. En todo caso, de confirmarse el escrutinio, el desempate habría dejado a Nevada como líder en solitario en este curioso ranking de la historia electoral norteamericana del último siglo.

El resto de la clasificación ofrece también algunas provechosas lecciones de historia y geografía. Si dividimos la tabla en dos mitades, según la mayor o menor capacidad de los estados para votar al candidato ganador, nos encontramos con una doble concentración de estados “perdedores” en el sur y en el este: Alabama, Carolina del Sur, Georgia y Mississippi –el más torpe de todos-, entre los primeros, y Maine y Vermont, entre los segundos. La geografía de la torpeza sigue luego hacia el norte y el medio-oeste: Indiana, Minnesota, Michigan, etcétera. Por el contrario, los estados con mayor tendencia a coincidir con el resultado nacional dibujan una franja en diagonal que discurre por el interior del país entre California y Ohio. El viento del cambio electoral parece nacer en el oeste y moverse hacia la costa atlántica –a veces sin llegar a alcanzarla-, con una fuerza que varía según las elecciones y que puede desfallecer o renovarse, como esta vez, al pasar por los estados del medio-oeste.

Entre los distritos con menor capacidad de predicción, dejando aparte el Estado de Mississippi –tan sólo doce aciertos en veinticinco elecciones-, destaca el caso de Washington D. C. (Distrito de Columbia). Desde que en 1964 se convirtió en distrito electoral, se ha equivocado en siete de las doce elecciones. Es curioso que la capital del país, sede de las instituciones federales, muestre tal empeño en votar a candidatos finalmente derrotados. Hay una razón fundamental, y es su fidelidad sin tacha al candidato demócrata, en una época –desde 1964- en que los republicanos han ganado más elecciones que sus rivales. Como prueba del peso que el voto demócrata tiene en D. C., basta decir que en las últimas presidenciales Barack Obama ha superado en 86 puntos al candidato McCain. La razón por la que Mississippi presenta tan malos registros en el último siglo es muy parecida: se trata de un Estado con un voto muy rígido, que carece del swing necesario para moverse con el resto del país.

Pero lo que hace fascinante el caso de Washington D. C. es que la capital de la nación se aparte hasta tal punto de la opinión general del pueblo americano. Cabe preguntarse si lo que parece una paradoja no será más bien la causa de semejante anomalía: precisamente el hecho de que en un espacio tan reducido se concentre toda la clase política nacional explicaría que Washington se hubiera convertido en una burbuja de irrealidad y que sus moradores tengan un comportamiento electoral tan alejado de la media nacional, incluso cuando gana su candidato, como en las últimas elecciones. En cuanto a la asombrosa capacidad de Nevada para apostar al caballo ganador, ¿tendrá algo que ver que la principal ciudad del Estado, Las Vegas, sea la capital mundial de los juegos de azar?

Juan Francisco Fuentes

Catedrático de la Universidad Complutense

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