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ESCRITO AL RASO

La moto que nos venden: todo está online

David Felipe Arranz
lunes 27 de enero de 2025, 20:10h

Nos han dicho que lo digital es el mundo del bienestar abundante y de las conquistas sociales, como dicen los gurús, y sin embargo, en ese otero de la encuesta y la demoscopia, nuestra visión de la derrota no nos abandona, como si fuese la de la herida mal cicatrizada que nos da problemas de cuando en cuando. En España, tercer país de la Unión Europea con más personas en situación de pobreza o exclusión social según Eurostat, hace tiempo que ya no se vive bien, a pesar de tantísimo consumo tecnológico: España es el cuarto país de la Unión Europea en consumo digital. No nos damos cuenta muchas veces de las vidas escuetas que tenemos, llamativas por su escasez: hace unos días veíamos una campaña en las redes donde se mostraba a individuos que, plenos de aparente felicidad, se sentaban a comer en el suelo de su hogar, completamente vacío, porque “se han desecho de lo superfluo”. Lo llaman minimalismo.

Siempre le he tenido cariño a los objetos: a veces es el muestrario de nuestra propia vida, cubierta de miles de libros y recortes de periódicos, discos y películas sin fin, como si resguardaran entre sus páginas el impoluto ser esencial y vulnerable que somos todos. Ahora todo está supuestamente disponible en la nube, en las plataformas, en el éter digital… si es que está. Recuerdo como un misticismo esa visión de abrir un tomo como un pétalo de la flor del conocimiento perpetuo, localizado, con su rito de buscarlo, como si adelantásemos hacia el salón o el dormitorio la pura presencia de los personajes o los pensamientos, el milagro en diferido de la escritura literaria o la partitura musical, con sus infinitos linajes que nos hacen crecer.

A veces, como probador o explorador de los avances digitales, me descargo una aplicación en el teléfono o me doy de alta en alguna plataforma cinematográfica o musical, y el experimento no suele durarme mucho porque termino por no disfrutar de nada, perdido en el catálogo, en el menú, en las opciones sin fin… En el objeto la obra está más quintaesenciada, más batida por la mano del hombre, más misteriosa de secretos en su vida de siglos o más reciente. Y nos produce al tacto una alegría, sacar una película de su cartucho, silenciosamente, apenas llegados del extenuante frenesí, y disponernos a disfrutarla después de tomarnos nuestro tiempo hasta darle al botón de la reproducción. Los libros, los discos de vinilo, el cine en todos sus formatos “caducos” son tan modestos que no se anuncian a bombo y platillo, sino que solo están presentes en los sitios en que hay que buscarlos, echarse a la calle y anticipar el momento del encuentro con la imaginación. Lo analógico está presente en la vida de uno como un elemento espiritual, prendido a nuestra identidad.

Cuando compramos un libro, nos disponemos a abrir sus páginas, o ponemos un disco en el tocadiscos, sentimos que es como un artículo de lujo, una suerte de mascarilla de salvación, un recuerdo que persiste de entre tantas joyas escondidas, en una suerte de arqueología urbana. Cuando, en la juventud, sentíamos miedo a la muerte, nos bastaba refugiarnos en estos objetos mágicos, sabiendo que nos quedaba el recurso de la imaginación y la sensibilidad, salvadoras de entecados. Ahora somos usuarios desolados, porque así como en otro tiempo encontrábamos lo que queríamos, con la aventura de la búsqueda, la disponibilidad de todo al alcance de un clic es tan amenazante que uno termina por no disfrutar de nada. Cuando volvemos del chapuzón la web y de la angustia de las redes sociales vamos afinándonos cada vez más en nuestros gustos y seguridades gracias a los objetos antañones, las puertas de entrada para rescatar tanto tiempo perdido.

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