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TRIBUNA

Marx y Zola

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 31 de enero de 2025, 20:15h

Si tras leer El Capital, de Marx, uno se zambulle para descansar de tanta atención silogística en La Delicia de las Damas (Bonheur des Dames), de Zola, la impresión que recibe es extrañamente optimista y alegre, como si de un largo combate moral y político se hubiese llegado ahora, como premio a una concentración trabajosa, a un remanso de paz. Aquel “arsenal de mercancías” del que hablaba don Carlos se transforma en una aleluyática hecatombe de mercancías de telas, paños, sedas y encajes, exhibidos en unos Grandes Almacenes, precursores de los que vendrán después. Esta inmensa eclosión multicolor de vestidos y complementos nos alegra – extrañamente – el corazón, y hasta casi nos confirma la bondad del sistema. Una frenética actividad desplegada por los dependientes – “sin llegar a exigirse que fueran jóvenes y hermosas, se quería que resultasen agradables para la venta” – nos amenaza con inundarnos de bellísimas ropas y telas que vomitan sin descanso los subsuelos de los Grandes Almacenes. Un extraño optimismo nos hincha el corazón. El Capitalismo nos atrapa con su esperanza de paraísos de ropa encantadora. Vivimos una amable eutrapelia.

Diríase que la sociedad capitalista y sus inagotables arsenales de mercancías han nacido atendiendo a las pasiones femeninas. Ya Montesquieu nos decía que el trato con las mujeres daña las costumbres, pero crea el buen gusto: el deseo de agradar más que las demás introduce los adornos, y el deseo de gustar más que una misma da lugar a las modas. El Capitalismo no sólo explota a las obreras sino que también esclaviza a las mujeres en un frenesí de compra aterrador. Un desenfrenado apetito de lujo, una dicha casi orgiástica a permanecer entre trapos. Es la mujer la que las tiendas se disputan a través de la competencia. Es la mujer a la que aturden las continuas trampas de las ocasiones y los escaparates. Las mujeres se convierten en un terrible agente de gasto; estragan los hogares, y trabajan al mismo ritmo de la locura de la moda, desfallecidas de un goce voluptuoso.

- No puedo sufrir eso de volver a encontrar vestidos iguales a los míos en los hombros de otras mujeres – dice el personaje de Enriqueta.

La naturaleza del comercio es hacer útiles las cosas superfluas, y necesarias las cosas útiles. Y esta naturaleza es el fundamento de la sociedad capitalista. Si en El Capital la idea del capitalista sobrevuela como un endriago alimentado por sangre obrera y el robo del tiempo del trabajo vivo, en Las Delicias de las Damas el capitalista está representado por Mouret, el seductor y encantador patrón que acabará unido con la maravillosa y angelical proletaria Dionisia, verdadera protagonista de la novela después de la epifanía de los trapos. El amor entre el capitalista y la obrera – que sería sacrílegamente esquirol para Marx – trastocará un poco la ley eterna de la lucha de clases. Y es que el amor es un Dios salvaje, irreductible a la Academia, que transgrede impertinente las sagradas leyes de la Historia.

¿Qué tipo de trabajo sería para Marx éste de atender a los posibles compradores, esto es, el trabajo de los dependientes de La Delicia de las Damas? En principio, el objeto de trabajo sólo llega a su plenariedad como objeto de consumo inmediato. Sin el trabajo posterior del dependiente de una tienda o unos grandes almacenes se echaría a perder el valor de uso del algodón o la lana, del hilo, de la tela, de los tintes, etc. El proceso de producción implica que las etapas posteriores de la producción conserven las anteriores y que, a través de la creación de uso superior se conserve el anterior o que sólo se modifique en la medida en que se aumente como valor de uso. Ejemplo: cuando se hace un vestido se conserva la acción de tejer el hilo, y el valor anterior de la utilidad que tiene el algodón como hilo. Todos los cuantos de trabajo de los trabajos anteriores que producen el objeto “resucitan” y se activan en el momento en que el dependiente nos vende la mercancía, tras convencernos, claro, de haber tomado una buena decisión. Esta fuerza conservadora del trabajo se presenta como fuerza de autoconservación del capital. Nuestro dependiente ha añadido un último y transcendental trabajo, con el que todos los trabajos pasados eclosionan en su plenariedad.

Los mejores dependientes conocen el alma de la mujer mejor que ella misma.

- Ya lo sé, creo adivinar sus deseos.

Por lo demás, todos los males del capitalismo están perfectamente descritos en está diégesis zoliana: el capitalista como el hombre omnipotente del que dependen los destinos de centenares de pobres desgraciados; las dependientas agonizando de fatiga y frío, mal alimentadas, mal tratadas bajo la amenaza continua de un despido brutal, resistiendo toda clase de vejaciones, de privaciones, incluso ellas que vendían ropa maravillosa, sólo tenían un juego de ropa blanca que debían lavar todas las noches, porque todas eran de esmerada limpieza dentro de su pobreza, y algunas, moralmente vencidas, se tenían que “liar” con alguien por la pura fuerza de las circunstancia inhumanas. No obstante, entre tanta carencia de todo y explotación, aquí se yergue, como heroína proletaria la virginal doncella de Dionisia, con sus larguísimos cabellos tan estrambóticos, una verdadera Juana de Arco del despiadado capitalismo francés naciente, mucho más feroz que Enrique V. Dionisia, el amor de Mouret, es la virgen heroica y acrisolada por la más terrible pobreza, un diamante de pura humanidad; lo que nunca podrá corromper el mundo del dinero y de la explotación del hombre por el hombre.

Una imagen que hubiese sido muy del gusto retórico de Marx es la que aparece al final del último capítulo de la novela. El cajero Lhomme se acerca al despacho de Mouret acompañado de dos fuertes mozos para poder llevar la pesada carga de monedas de oro, plata y cobre que se había obtenido como recaudación de aquel día. ¡Más de un millón de francos! Los vendedores se habían colocado en dos hileras con toda la devoción cual si pasara entre ellas el Santísimo, el Corpus Christi. A cada instante, el rumor iba creciendo, se convertía en el clamor del pueblo saludando al Becerro de Oro.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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