El problema de muchos de los autores clásicos, sean estos propiamente clásicos —Ovidio, Boccaccio— o más cercanos a tiempos contemporáneos —Proust, Dostoievski—, es que en multitud de ocasiones vienen acompañados de un halo de sobreprotección y sobrevaloración por el especial cuidado que ha de ponerse en su lectura. Suelen quedar relegados a nombres prestigiosos dentro de la historia de la literatura pero rara vez son leídos con un genuino y apasionado afán, salvando excepciones. Separando a los que son más accesibles de los que no, una vez descubiertos o concediéndoles otra oportunidad porque la anterior no tuvo el final deseado, los hay que no encajan con el prejuicio que se tenía de ellos. Son fáciles de leer pero no enteramente comprensibles. Se advierte la complejidad pero nos despista la sencillez. En cierto modo, perturban, y su influencia es, por tanto, enriquecedora y merecida. Sin duda, Franz Kafka es uno de ellos.
De la vida y de las obras del autor checo se ha escrito mucho y por las manos de grandes pensadores y teóricos del pasado siglo veinte: Hannah Arendt, Max Brod —su amigo y editor y responsable de su biografía—, Theodor W. Adorno. También, volviendo a las influencias dentro de los escritores, es uno de los más repetidos, de mención prácticamente constante en muchas entrevistas a Paul Auster, Enrique Vila-Matas, etc. Pero toda esa amalgama de nombres y títulos, sin desmerecer la importancia de sus aportaciones, han ido opacando lo más importante: los propios libros del autor.
Un lector verdaderamente interesado procurará abordar la lectura sin medias tintas, dejándose llevar plenamente por la curiosidad, indiferente a un desenlace de expectativa cumplida o desencantada. En el caso de Kafka, es de asegurar que lo primero es más fácil de cumplir, así como ese desenlace que desate un mayor atractivo y evite, por el conocimiento adquirido, no aplicar el adjetivo que lleva honrosamente su apellido a la menor de cambio, ya que en los textos de Kafka la revelación llega por la asunción de su extrañeza, no por esperar ese giro que impresione y deslumbre, sino por la aceptación que el artista propone ante una realidad que no impide la existencia de la ficción que afrente su natural tendencia inhóspita.
La reedición del libro Un médico rural. Pequeños relatos, con la traducción y extenso epílogo de Luis Fernando Moreno Claros, sirve como invitación para no querer salir de esas narraciones que, un siglo después, continúan manteniendo viva su brillantez, prueba de que Kafka fue un creador igual de destacable que muchos de los de su misma generación, a pesar de que su reconocimiento fuese póstumo. Los climas de pesadilla y las variaciones de las leyendas jasídicas se cruzan con posibles interpretaciones, algo que ha traído de cabeza a muchos pensadores, como antes mencionaba, pero que no deberían ensombrecer los ya bastante tétricos escritos kafkianos, porque su valor, como argumenta Moreno Claros, no está en la verdad que contienen, no en el hecho de entenderlos, pero sí en la incertidumbre engañosamente vaga de los acontecimientos absurdos que desarrollan. Las interpretaciones son válidas por enunciarlas, no porque aclaren, y esto podría aplicarse también al empeño que hace Moreno Claros con cada relato en las últimas páginas, sin desestimar su implicación y entusiasmo.
Con todo, este pequeño volumen hará las delicias de quienes asuman la marcha por un profundo sueño, uno que contiene silencios y crujidos de hojas secas, los sonidos y las ausencias de lo —felizmente— raro sin remedio.