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ESCRITO AL RASO

Gabriele Münter, la artista a la sombra de Kandinski

David Felipe Arranz
lunes 03 de febrero de 2025, 20:15h
Actualizado el: 02/04/2025 16:01h

El expresionismo encontró en la alemana cosmopolita Gabriele Münter una de sus más bellas y fascinantes expresiones, y ahora el Museo Thyssen las ha ordenado en una asombrosa exposición comisariada por Marta Ruiz del Árbol, en estrecha colaboración con The Gabriele Münter and Johannes Eichner Foundation y la Städtische Galerie im Lenbachhaus und Kunstbau München de Múnich. Su legado, que es leyenda, dialoga con la obra de Marianne von Werekfkin, Alexej von Jawlensky y Wassily Kandinsky, que le rompió el corazón tras un tórrido romance en Murnau.

Lo portentoso de la obra de Münter es cómo en la Europa de entresiglos una mujer que montaba en bicicleta, hacía fotos de su entorno y se amancebaba con un hombre casado hace recobrar todo su esplendor a la vocación artística en femenino, y el género malherido vuelve a ser lo que fue, y juega al arte por el arte con largas y complejas vivencias bajando la cuesta de la superación personal. De Estados Unidos a Alemania, después a la Bienal de Venecia, el exilio en Escandinavia, el regreso a la vieja Europa, la absorción del espíritu de la República de Weimar y el alumbramiento de la Nueva Objetividad.

Siempre respira en Münter la anécdota de la hermosa mujer soltera y emancipada que coqueteó de lo lindo en la procesión del arte más libre y de una vida nómada, suscitando lances vitales hasta la primera gran exposición retrospectiva póstuma en la Städtische Galerie im Lenbachhaus de Múnich, del 13 de octubre al 2 de diciembre de 1962, cinco meses después de que falleciese en su casa de Murnau. Decía de sí misma que su temprana inclinación hacia el dibujo “salió totalmente de mi propio interior y en la práctica no contó con el apoyo ni de mi familia ni del colegio”. Buscó permanentemente su propia forma de pintar, precisamente en el ocaso de un verano en Murnau am Staffelsee, junto a Jawlensky, que había traído consigo desde Francia ideas postimpresionistas sobre el color, y al lado de su amor Kandinsky, que aspiraba a una forma de expresión pura; Gabriele, al contrario, encontró la inspiración en la naturaleza. Después buscó la representación del mundo tal y como se apoderaba de ella, retratando, como ella dice, “el halo de misterio de las cosas sencillas”. Como parte del grupo de El Jinete Azul, Münter se subió al carro de la vanguardia de la revolución y, claro, ya fue revolucionaria, artista genial. Su arte ha sido de apariencia inocente, pero en su avío intuimos los amores, la sentimentalidad, su cosmovisión, sus reojos al transeúnte al que esboza rápidamente en un cuaderno de notas y a lápiz sin ser sentida.

Es curioso cómo el símbolo de una época lo puede ostentar el recuerdo vital y plástico de una mujer tan discreta como extraordinaria, un arte que fue cada día de su vida más aclaratorio de su genialidad para cuantos la rodeaban. “Sigo pintando como me dicta el pincel”, escribe en Das Kunstwerk en 1948. En el Thyssen están los cuadros, fotografías y dibujos que nos miran, sus reflejos y sombras, sus comienzos en blanco y negro, sus pinturas al aire libre, las personas que retrató y a las que amó, sus interiores del alma y sus objetos, su exilio en Escandinavia y su regreso a Murnau; un buen lugar para ir a parar en este mundo tan deslizante que ya en los comienzos de la década de 1960 comenzaba a serlo también. El arte de Münter se transita como el paisaje de la Europa más pura y sentimental, en el que la más pedestre de sus criaturas y formas alcanzan la categoría sublime de la obra de arte y el poder de estimularnos, tal vez, a seguir los pasos de esta alemana tan valiente… Algún día.

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