WASHINGTON, D.C.- Una vez que llegó por segunda ocasión al poder y en medio del agotamiento de todos los adjetivos mordaces que existen para calificarlo, habrá llegado la hora de pasar a la siguiente etapa: tratar de explicar, con el auxilio de las ciencias sociales, el significado de lo que representa Donald J. Trump en el escenario estadounidense y de ahí rebotar la indagatoria al contexto mundial.
El solo listado de aberraciones, contradicciones, vulgaridades, expedientes judiciales abiertos, conclusiones condenatorias y una biografía que se reduce a una empresa inmobiliaria y se potencia en una presencia avasalladora el teatro mediático de la política hubiera bastado para cualquier otro aspirante a cargo público aún en el sistema político estadounidense perdiera posibilidades de ser siquiera tomado en cuenta.
Se puede hacer la recuperación de hechos; un empresario evasor de impuestos, anti Estado, figura en televisión, comportamiento no solo vulgar sino prosaico, con pruebas de que buscó el apoyo de Rusia y Ucrania para perseguir negocios de la familia Biden en esa zona, dos veces enjuiciado en el Congreso y beneficiario solo de la mayoría republicana en el Senado, con pruebas específicas de que alentó el asalto al Capitolio para crear una crisis constitucional y tratar de impedir el proceso de reconocimiento de la victoria de su adversario Joseph Biden, juicios de abuso sexual que perdió y pendiente la sentencia y revelaciones en libros de importantes autores de un comportamiento no-político --para decir lo menos-- en la Casa Blanca.
Pero aun así, Trump ganó las elecciones de noviembre de 2024 en los dos niveles: voto popular y colegios electorales. Y tomó posesión formal en un salón especial del Capitolio, cuyas paredes y techos aún tienen huellas del asalto de turbamultas impulsadas por el propio Trump el 6 de enero de 2021.
Ahora lo que debe venir es una explicación racional de Trump como político, como gobernante y sobre todo como punta de lanza --quiérase que no-- de una reorganización y realineamiento del sistema político-económico-militar de Estados Unidos, del capitalismo dominante del dólar y de la geopolítica posterior al desmoronamiento del bloque soviético.
El punto de partida está muy claro y falta que comiencen las líneas analíticas que debe provocar: Trump no es una anomalía en la vida de Estados Unidos, sino que es un producto típico --sujeto histórico negativo-- de lo que está ocurriendo en el pensamiento social estadounidense.
Una revisión de la muy corta existencia de EE UU --básicamente de la revolución americana de 1776 a la fecha-- revela una de las ausencias más graves que toda sociedad puede tener en su papel importante en la vida del planeta: historia. EE UU nace de las 13 Colonias de principios del siglo XVII, una élite toma el poder a finales del siglo XVIII, durante el siglo XIX promueve un expansionismo a sangre y fuego para conquistar territorio y control de la pequeña franja en el este de las 13 Colonias al Pacífico y de la frontera del Río Bravo en el sur a Canadá en el norte.
El siglo XX, que comenzó para EE UU en 1918 con los 14 Puntos de la geopolítica de Wilson, terminó en 1989 con la victoria del capitalismo estadounidense y ahora se tienen evidencias de que no se trató del fin de la historia que clamó Fukuyama; y el siglo XXI se prefiguró del modelo geopolítico imperial Reagan-Bush Sr. al fracaso del modelo liberal-conservador de los gobiernos demócratas y republicanos de Clinton a Biden.
Trump no es un estratega geopolítico, sino que es un empresario inmobiliario que se metió en la política y conquistó espacios de liderazgo que lo llevaron en noviembre de 2016 a un primer período presidencial en la Casa Blanca. Sus banderas de campaña fueron muy de coyuntura y basadas en dos de los temas fundamentales en Estados Unidos: la migración semilegal e ilegal y la pérdida de liderazgo real --no formal-- de Washington en el mundo. Su gestión día a día en la Casa Blanca fue un desastre, sin dirección política, sin objetivos concretos y solo a veces de ocurrencias que circulaban en la red X. Trump perdió las elecciones en 2020 porque también dejó escapar su base social ultraderechista, en tanto que el viejo conservadurismo de la segunda mitad del siglo XX y el arranque del siglo XXI sigo jugando en la cancha institucional.
La segunda victoria de Trump se dio con las mismas banderas –agregando la del narcotráfico por muertes por sobredosis--, pero también con la misma definición superficial de efectos de algunas malas decisiones o descontroles burocráticos, pero sin que él haya podido definir un nuevo proyecto ideológico. En todo caso, se puede rastrear la propuesta sistémica de Trump en el Proyecto 25 de la Fundación ultraderechista Heritage.
Trump quiere reconstruir la vieja hegemonía estadounidense que se edificó de los puntos de Wilson en 1918 a la reunión de Bretton Woods en 1944. Estados Unido --quiérase o no-- ganó la guerra fría al derrotar la viabilidad del modelo comunista de Estado que agobió a la Unión Soviética, pero de 1989 al 2016 no hubo una propuesta de reorganización del hegemonía americana: la globalización productiva le hizo perder a EE UU las riendas del control del capitalismo aunque no su dirección, la oposición musulmana fue religiosa, la globalización desperdigó por el mundo la unidad productiva americana y en términos estrictos hubo rumbo pero no destino,
Trump llegó para reactivar el espíritu estadounidense de dominio mundial, pero sus bases no son estrictamente sociales sino de masas, en tanto que las clases medias y bajas y las élites empresariales siguen esperando una fase menos dominante del capitalismo pero al final de cuentas centralizando al sistema productivo mundial.
La propuesta de nueva grandeza estadounidense que ha promovido Trump y que lo ha llevado dos veces a la presidencia se agota en la centralidad americana en términos económicos, de subordinación política y militares-nucleares. A favor del modelo Trump corre el fracaso de las diversas propuestas, entre el populismo económico de Estado y un capitalismo con objetivos sociales mínimos, pero sin conjuntar los valores que se puedan hacer confluir en una nueva hegemonía social.
El análisis de lo que viene en Estados Unidos en los próximos años deberá deslindarse de la figura personal, caprichosa y agitadas de Trump y centrar el estudio del Estado actual del capitalismo estadounidense y sus relaciones sociales y geopolíticas nucleares.
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