Cada 8 de febrero, un puñado de mentes inquietas celebra el Día de Leer a Verne, una jornada dedicada a un escritor que, paradójicamente, se lee cada vez menos. Julio Verne, el padre de la ciencia ficción, el hombre que nos hizo viajar al centro de la Tierra, al fondo del mar y a la Luna cuando nadie lo creía posible, es ahora un nombre que suena más a autor tedioso que a lectura divertida. ¿Por qué?
Supondríamos que un autor que predijo con precisión submarinos, helicópteros e incluso internet seguiría siendo de cabecera, pero la realidad es otra. El mundo ha cambiado, y con él, nuestras formas de leer. Las novelas de Verne, con su barroquía lingüística, sus descripciones exhaustivas, su ritmo pausado y su fe absoluta en la ciencia, contrastan con un público que hoy lo quiere todo rápido, sin rodeos, y a ser posible a golpe de pulgar en un vídeo corto. ¿Quién va a leerse Veinte mil leguas de viaje submarino cuando puede ver una serie repleta de explosiones en Netflix? ¿Qué maestro va a pedir a su alumnado que lea Viaje al centro de la tierra, una de las obras que más me impresionaron en mi infancia escolapia y de monotonía de lluvia tras los cristales, sin temer que le llamen reaccionario, troglodita o anticuado?
El 8 de febrero es el día de leer a Verne, de acuerdo, pero yo lo extendería al Día de no caer en la trampa de la posmodernidad. Verne sigue siendo rompedor, aunque su prosa pueda parecer anticuada, que, en realidad, es cierto que lo es. Sus historias están cargadas de esa pasión por el conocimiento que hoy nos haría falta más que nunca. Antes de que existieran los influencers de TikTok, Verne ya nos estaba vendiendo el sueño de la curiosidad y el descubrimiento. Y sí, es cierto, lo hacía con palabras y ritmos ya pasados de moda, pero quizás lo peor a la hora de leerle no es eso, sino encontrarse con lectores de mente poco flexible que a la segunda página desistan del preciosismo decimonónico del que se reviste todo lo del autor francés.
¿Y qué hay de sus ventas? No encontramos cifras exactas (porque, claro, nadie está haciendo grandes estudios sobre un autor sin royalties, con obras de más de un siglo de antiguedad, pero sabemos que sus libros siguen en catálogo de editoriales como Edelvives. Eso sí, lejos de los bestsellers de fantasía juvenil que dominan las listas. Su literatura ha pasado de ser lectura esencial a ser, en el mejor de los casos, recomendación de profesorado de literatura quizás demasiado optimista o placer culpable de algunos intelectuales.
Julio Verne fue un hombre que investigaba con la meticulosidad de un científico y escribía con el espíritu de un aventurero y la pluma de un erudito. Lo que en su tiempo era el futuro, hoy es historia. Y esa, quizá, sea la clave de su pérdida de popularidad: su ciencia dejó de ser ficción. Ahora sabemos cómo es realmente el fondo del mar, hemos estado en la Luna y, para nuestra desgracia, no existe un Capitán Nemo luchando contra los monstruos de nuestro día a día. El siglo de Oro es un peñazo y Verne un pesado. Dame el móvil que me pierdo el trend ese del sonidito del látigo.
Casi nadie lee a Azorín, a Cadalso, a Fernández de Moratín o a Jacinto Benavente. Sin embargo, el Día de Leer a Verne es una excusa perfecta para revisitar al autor francés. Tal vez nos demos cuenta de que, aunque el mundo haya cambiado, el espíritu de sus novelas sigue ahí: la curiosidad, la exploración y ese optimismo (ahora casi ingenuo) de que la ciencia puede llevarnos más lejos. Quizá sea hora de que dejemos de lamentarnos por su olvido y simplemente lo leamos. Quizá el trend sea el leer clásicos y yo pueda mostraros con la música esa del látigo, mi sexy ejemplar de Miguel Strogoff.
