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TRIBUNA

Eduardo García: el silencio es música

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
sábado 08 de febrero de 2025, 19:32h

Colecciona relámpagos, domestica sustos, riega flores salvajes y de interior, adiestra aullidos, apaga incendios. Los libros de Eduardo García son camafeos, objetos de la larga vida poética, álbum o cromos de piedras preciosas, antigüedades sin tiempo. Eduardo García es el contador de gotas en dos libros de escritura aforística contra el reloj y el presente: El cazador de sombras (2020) y El fulgor del silencio (2024). Recoge el agua con las manos y se abrasa. Recoge el viento de su hora, cata de aire acorralado entre el musgo, y se incendia. Escritura a favor del placer, en contra del mal, aromada de cultura y esperanza, donde no caben suciedades ni cualquier otra toxicidad acrimoniosa, enferma, lúgubre, pendenciera.

Vuelve el libro, gracias a Eduardo García, a ser jardín y música. El fulgor del silencio espiga el presente con los ojos en blanco y arrobados: “La soledad del mundo digital tiene un gran ancho de banda”, “A través de los bufones me comunico con los eternos sonidos de los mares”, “Aprender a vivir consiste en esforzarse por sufrir menos”, “Cuánta compañía hace la música en los solitarios”. Eduardo García otea un mundo cultural de amplias resonancias cognitivas: sabores, olores, vivencias, experiencias. Su huerto es la jungla urbana donde vivir es amar y odiar es ir muriendo. Así colecciona luces, resistencias, libros, eternidades de un solo parpadeo y momentos caducos para siempre. Son cuadernos viajeros donde Robert Walser, Paul Klee, Houellebecq, Tournier, Montaigne y tantos otros invitan a belleza desde la barra. Eduardo García ama el silencio, devora el sueño diurno, camina entre árboles que no dejan de correr, interrumpe volcanes donde la escritura es solo supervivencia, letra vivida y desapego sin heridas.

La gente más inteligente, cada vez más, lee libros que no superan las cien páginas. El libro vivido es un escudo antes de caer abrazados en el ataúd inmóvil. Eduardo García destila toda la fortaleza del pintar objetos cotidianos que significara a Van Gogh, roba el aire a los ángeles caídos de Otto Preminger para levantar el vuelo, visita a los mártires de Milan Kundera que mueren en los coches como en un campo de batalla, quiere para sí el rapto de Muñoz Molina por las bocanadas europeas, contempla lo que no se puede ver a través de la letra según Calvino, es soledad como Albo Tibulo en plena multitud carnívora. La música vuelve a ser silencio, escritura reposada entre asedios y naufragios, clima entero sin muerte, cielo despejado, esperanza indestructible, conversación con el lector, donde lo propio del hombre no es medirse con otros hombres sino ocuparse placenteramente de sus asuntos.

Huye de la locura Eduardo García para sembrar razón ladrillo a ladrillo, ladrido a ladrido, en dos libros de crecimiento contínuo: El cazador de sombras, El fulgor del silencio. Enciende un mundo bajo los párpados –a la manera de Jacobo Siruela- y sueña en voz alta para soportar esta realidad. Es el samurái ciego de Takeshi Kitano al que los niños recuerdan su pasado y a quien la lluvia limpia su presente. Bebe whisky para aquietar el alma. Recibe la fuerza de sus muertos para seguir vivo. El cuaderno es el hogar de las palabras –como quería Paul Auster- y Eduardo García no busca otro cobijo mejor. La humildad vuelve a ser un lapicero lento y bien afilado en la sociedad de la velocidad primate. Da vueltas alrededor de su juventud, y no del sol, para volver a llamar a los amigos eternos. Le faltan años para libros –como a James Slater- y no quiere a nadie que le siegue la hierba bajo los pies descalzos: zás, zás, zás, zás. La vida vivida huele a café recién hecho dentro del escrito.

Nuevamente, los libros quietos son los más se mueven dentro de uno. Lo sublime es inmune al tiempo. Eduardo García es el coleccionista de granos de arena en el desierto actual. Una maleta de lluvia y sandalias viejas. Una ilusión por la acuarela de tiempo bello que ninguna tempestad podrá eliminar. Sus pasos cortos conducen al infinito, su mirada larga evita toda caída, contar y cantar son la misma molécula, casi una pompa de jabón, mientras su verdad comienza a ser nueva pantalla. Eduardo García –a la manera de Montaigne- busca esa fuerza vital donde se frotan los cerebros unos con otros, sin descanso, para respirar ilusión. Hay libros que son faros, regalan una poca luz entre tanto ruido ensordecedor, botellas tiradas al mar con mensaje de sinceridad dentro, pupila limpia al despertar, pies fríos al acostarnos sin augurios. No es un profeta sino el basurero luminoso que recoge del suelo lo que otros desechan. La vida es una carrera secundaria donde toda firmeza es el mayor cepo.

El fulgor del silencio (Circulo Rojo) navega entre tiburones con la mandíbula muy abierta. Con tener un solo lector se conforma. Con no vender ni un solo recuerdo sonríe. Su escritura quiere para sí el viaje de la canción: llevarnos a un lugar del que no sea fácil volver. La esperanza, si es tal, debe ocupar la mirada entera. Sabe –como Manuel Vilas- que el objeto perdido se lleva una parte de nuestra vida. Sabe –como Stanislaw Lem- que las vacas son bestias flemáticas e introvertidas. Sabe –como Julio Llamazares- que la mayor estela dejada tras de sí por las aves migratorias ocurre en la boca. Una letra tras otra configura el canto del mirlo. Para que haya valor, y virtud, debió crecer antes alegría. Cien páginas festivas crecen en cada reloj de arena de Eduardo García donde todas las enfermedades contemporáneas nos ayudan de las formas menos previstas. A la manera de Jung, y con solo dos libros, quiere Eduardo García sacar a jugar al niño que lleva dentro. El desarrollo espiritual –como quería Victor Frankl- es inversamente proporcional al material. Nadie espera en el andén insólito a la felicidad como Eduardo García cuyo hambre es de amor.

Diego Medrano

Escritor

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