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TRIBUNA

El paisaje de nuestros días

domingo 09 de febrero de 2025, 19:27h

Toca a su fin la política gris y anodina regida por la vieja idea del bienestar confortable con sus fascistas de charol y sus risueños biempensantes. Es la hora de las convulsiones y las turbulencias, sobre las plataformas continentales se dibuja otra vez el relieve de los estados y los ejércitos se hacen visibles: carrera de armamento y aspereza diplomática.

No se ha olvidado que desde agosto de 1945 el ritual bélico ya no es el mismo y el temor de un absoluto ocaso determina cada gesto. La escalada a los extremos conoce una frontera absoluta. La oscura sombra del nihilismo ha calado desde la postguerra los más íntimos pliegues de la existencia y enturbia nuestro gesto aparentemente complacido, lastra la ansiosa necesidad de disfrute de las masas, oscurece los días de los soñadores del progreso y de los profetas de unas tecnologías salvíficas que no ocultan su amenaza.

Las barreras civilizatorias cayeron hace tanto que nadie recuerda las fronteras espirituales que, en otro tiempo, inhibían ciertos actos. Vimos cómo se hundía la arquitectura antropológica que construyeron siglos de cristianismo mientras se abría paso la nueva ferocidad tecnológica. Un estúpido grito de libertad brota todavía de la garganta unánime de las masas, seducidas por la promesa de inmediata satisfacción, por pantalla interpuesta, de sus bastardos deseos.

Las élites se rebelaron contras sus pueblos en nombre de un progreso atroz que los desposeía radicalmente: de sus bienes, de su identidad, de su mañana. La sólida presencia de una abundantísima diversidad de pueblos se diluyó en el agua regia de la homogénea globalización que desfiguró el rostro del hombre. Un gesto simiesco se oculta tras la máscara tecnológica que nos presenta hoy un paisaje virtual. La voz más primaria no deja de clamar libertad.

No se resigna la bestia cansada que es el hombre, respira por la herida de una solitaria angustia y las muchedumbres comulgan con psicofármacos, buscan sucedáneos del sentido aplastado por la escombrera del bienestar, ventean la cálida caricia de un aliento trascendente. La desorientación es desoladora. Se multiplican los profetas de la felicidad, los expertos en naderías, los académicos tomados por una soberbia fatua, majaderos titulados y especialistas de la inopia.

Se extiende una suspicacia aniquiladora que ha hecho de sus ejercicios de degradación criterio de sabiduría: degradación del bien, del valor, de la virtud... Melancólica sabiduría que envilece lo que toca y engríe al desgraciado. Filosofía del nothing but: la verdad nada más que voluntad de poder, la justicia nada más que expresión del dominio de clase, la belleza nada más que máscara de la libido. No queda nada.

La bestia que habla da por fin la cara. El gesto duro, los dientes rechinan, los labios lívidos mientras pronuncia su acaso última palabra. No oculta nada. Se presenta como emperador del Bien, señor de la ley y de la justicia que no precisa otra sanción que su palabra. Pronuncia las sílabas fantásticas: democracia. Escupe la acusación como dardos de evidencia incontestable: fascistas. Yo soy la democracia, la razón y la justicia. No está solo, multitudes le aclaman. Avanza hacia el vacío más absoluto y tras él camina, fascinada por su audacia, la última generación que conoció la historia. El paisaje del presente es el multitudinario rostro de las masas tomadas por un agónico espanto.

Tras el ocaso la esperanza, la eucatástrofe exige algo más que un esfuerzo de comprensión. Pide una vida nueva, una vida fundada en la certeza de que nos debemos unos a otros. Del peligro nace la esperanza.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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