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TRIBUNA

Sin reconocer al que te reconoce no hay reciprocidad inmigratoria

lunes 10 de febrero de 2025, 20:22h

Las palabras se pueden usar como uno quiera, incluso para aprisionarlas en el oxímoron más incongruente. Al oxímoron recurren los israelitas para que el ejército asegure “la salida voluntaria” que expulsa a los gazatíes del territorio de Gaza.

Dediqué al tema de la identidad un libro que publicó el CEPC hace ya veinte años. Es un asunto complejo cuyo estudio requiere precisión y sutileza. Entonces encaucé el texto en torno a dos ejes. Primero, separar lo sustancial de lo accesorio. Luego, distinguir lo coactivo de lo voluntario en el reconocimiento mutuo de distintas identidades.

A ambos ejes responde el último artículo que he leído de Daniel Innerarity. Al abordar diferencias entre identidades sustanciales, como la individualidad y el género humano, y accesorias, que no pueden entenderse como un término compacto, admite esta distinción entre lo que es condición humana y las variables mezclas de identidad producidas por circunstancias diversas. Coincido con este planteamiento discrepando en detalles. Observaciones sinuosas son, por ejemplo, las que reprueban actitudes por ser “esencialistas” y “patriarcales”. Si hay mezcla en identidades accesorias, lo complejo puede tornar en equívoco cuando se adjudican las mismas palabras a instituciones reguladas bajo el principio de igualdad en libertad, o bajo el principio de imposición por sumisión. Hablar de patriarcado en la democracia occidental como un equivalente del Matusalén bíblico simplifica lo complejo para hacerlo “esencial”. Una misma palabra designa una sociedad de mujeres sumisas al macho que ejerce de patriarca y sociedades en que se reconoce a la mujer su capacidad de disponer de sí misma. Prestarse a equiparar situaciones tan disímiles devalúa el comentario de Innerarity.

Basado en el reconocimiento de la autonomía individual, el proceso democrático ya separa, de la circunstancia, lo principal: la identidad vivida libremente. La circunstancia es variable. Hay formas que se abren al ejercicio de la autonomía, otras que la dificultan y algunas que la impiden. Sucede que la pretensión de que cada uno sea su propio dueño en una sociedad donde el individuo nace en inevitable dependencia de otros es, como advirtió Ortega hace un siglo, una faena utópica. Faena o empeño utópico son la aspiración de alcanzar una democracia plena, la pretensión médica de sanar las enfermedades, la aspiración de la ciencia de conocer lo desconocido.

Ortega define como utópica toda tarea colectiva cuyo ejercicio ni asegura ni acerca su término o finalidad (la igualdad en libertad en la democracia, la salud permanente por la medicina, el descubrimiento por la ciencia de todo lo desconocido). Cada avance en la tarea amplía y aleja el ámbito en que ha de realizarse. Emanciparse, conocer, sanar, constituyen, como decía Popper, “una búsqueda sin término”. Ortega distinguía la “faena utópica” del utopismo, contrapuso la mejora de una pretensión interminable a la presunción, subjetivista o materialista, de que lo conseguido nos hará plenamente democráticos, inmortales u omniscientes.

El progresismo consiste en creer que basta el deseo para alcanzar la meta deseada. Arguye que si no se alcanza es porque lo impide algún grupo social que rema en dirección contraria al rumbo progresivo de la historia se atribuye el dominio del cambio histórico postulando que sumarse a su actitud es imperativo para quien no la comparte. El progresista está en el secreto de la ruta preestablecida para realizar un afán utópico. Fruto de sus ensueños idealistas y materialistas el progresismo, que pasó de europeo a occidental, es incapaz de reprimir la exasperación autocritica que provoca la continua frustración de sus aspiraciones.

Plantearse el tema de la identidad eludiendo los utopismos idealistas dificulta el diagnóstico. La democracia es un concepto occidental, nacido de la autocrítica de la supremacía europea. La ventaja de su faena utópica no procede de que represente una mentalidad, sino de que es la única que distingue con claridad lo sustantivo de lo adjetivo, la simultánea pertenencia del individuo a una mezcla de circunstancias y a la unidad del género humano.

Ortega analizó su circunstancia desde una perspectiva geopolítica al tratar de responder a la pregunta muy concreta de “¿Quién manda en el mundo?”. La pregunta combina la variedad de la situación concreta con precisión el encaje de la identidad en el mundo global. Lo que se advierte es que el mundo no va en la dirección que el progresismo pregona, una infundada creencia de dominio futuro que compendia diversas mentalidades germinadas en el pensamiento ilustrado con objeto de sobrepasar las limitaciones de la técnica científica, la Democracia liberal y el mercado libre, instituciones garantizadas por un Estado de Derecho que protege las libertades individuales.

Lo que viene planteándose desde hace más de un siglo es el declive del predominio occidental en el mando del mundo. Occidente ha estado minando su propia fortaleza animado por utopismos inconsistentes. Utópicamente convencido de que el devenir discurre a su favor, el progresismo ha generado toda suerte de mentalidades ilusorias, como el animalismo, el ecologismo, la multiplicación del género, el especismo, el indigenismo, ideologías que obligan a las democracias occidentales a disputarse la supremacía con la mano atada a la espalda. Ha aceptado que el reconocimiento de otro no está subordinado a la reciprocidad en la rivalidad geopolítica. La equiparación multicultural no tiene valor si el emigrante que requiere ser reconocido ni reconoce ni respeta las reglas de juego que facilitan su reconocimiento. Esta asimetría es una auto amputación que maniata a las democracias occidentales frente al resto de las potencias que se disputan la hegemonía.

No es la principal. El oxímoron consiste ahora en obligar al otro a reconocer sentimientos variables y aleatorios, en imponer lo invisible como si fuera visible. Esta amputación rompe expresamente con el principio de comprobación y de refutación empíricos en que se basa todo avance científico, pues interrumpe el lazo entre razonamiento y experiencia. No me gusta Trump, pero eso no me impide comprender que una cosa es respetar los comportamientos ajenos mientras no dañen la integridad personal y la identidad sentimental, y otra que se obligue a aceptar el sentimiento evanescente como si lo no experimentable tuviera valor de comprobación científica. El problema está en por qué Occidente ha llegado a levantar un muro infranqueable entre ciudadanos a base de hacer de faenas utópicas inalcanzables, imperativos utópicos indemostrables.

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