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El descreído

jueves 27 de noviembre de 2008, 01:27h
José Luis Rodríguez Zapatero pronunció este martes unas palabras muy notables. “Descreo del proteccionismo; creo que es un elemento de retroceso para el progreso y el desarrollo de los pueblos”. Poco antes, en la misma conferencia dentro de un ciclo organizado por el semanario The Economist, como queriendo recordar lecturas tiempo ha olvidadas, había dicho que "hay que intervenir lo justo para garantizar la seguridad de los agentes económicos". Es la filosofía de normas fijas y resultados inciertos que caracteriza al Estado de Derecho y que es la lucha permanente del mejor liberalismo. Sentencias como estas no podrían pasar desapercibidas para nuestro periódico.

Como fuera que se pudiese pensar que Zapatero ha sufrido una fiebre liberal de corta duración y, acaso para desmentirlo, el presidente ha vuelto a insistir este miércoles, ahora en el Parlamento, para mostrarse defensor del libre mercado y del derecho de los accionistas de Repsol YPF a decidir sobre su propiedad sin mayor interferencia del Gobierno. ¿Estamos ante una rectificación en su discurso de nueva izquierda? ¿Volvemos a ver a aquél Zapatero que dijo que bajar impuestos era de izquierdas y que prometió, bien que sin cumplirlo, que ampliaría la libertad económica en España?

Qué otra cosa podríamos desear más que eso. Pero de todas sus palaras la más cierta parece ser la primera que hemos recogido, ese “descreo” que revela un hombre mudable en sus principios, aunque firme e inflexible en conseguir los objetivos políticos de su Gobierno. Pues el mismo presidente que abomina ahora del proteccionismo y defiende el mercado libre y sometido a normas justas y predecibles, como si fuera un lector avanzado de Friedrich Hayek, es el mismo que achaca al liberalismo la crisis actual y que desde el Gobierno maniobró para impedir la puja de E.On por la eléctrica Endesa.

No obstante, el mejor interés de España, el país que preside desde hace casi cinco años, es el de la libertad. España y libertad están inextricablemente unidas en un momento histórico en que quienes quieren acabar con la primera necesitan cercenar la segunda, como se ve estos días en Cataluña con las decisiones del CAC. Los españoles necesitan que los gobernantes confíen en ellos y en su capacidad para atender sus necesidades y contribuir a hacer lo mismo con las de los demás, sin necesidad de una mayor intervención del Gobierno. Todo ello es para el bien de España –entendida como un conjunto de ciudadanos libres e iguales- y Zapatero, ahora que afronta poco más de tres años de legislatura, debería tenerlo en cuenta. El liberalismo no es marca de la casa en un partido que se llama socialista, claro es. Pero Zapatero, más allá de las conveniencias políticas del momento, debería pensar si ese liberalismo con el que ha jugado no está en el interés de todos. Acaso entonces deje de ser un descreído.
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