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TRIBUNA

¿Qué fue de Napoleón Chicomóztoc?

domingo 16 de febrero de 2025, 17:49h

A veces sucede que me tropiezo con un relato aparte de cuanto suelo leer. No digo ni mejor ni peor, sino distinto, y tanto que, ante la sorpresa y mientras voy apurando lentamente sus páginas, me incita a cotejarlo con aquellas otras espléndidas rarezas, leídas aquí y allá durante el curso tumultuoso de los años, tanto que se me vienen con alguna luz peculiar o hasta con un olor persistente que se entrometió por sus líneas y que se prendió para siempre de mi evocación de ese título. Tal me quedó Absalón, Absalón (1936), de Faulkner, bajo una penumbra de persianas mientras agosto fulgía entre chicharras; o Pedro Páramo (1955), de Rulfo, mecido por el traqueteo, rebozado en la vetusta hedentina de un vagón de ferrobús; o El otoño del patriarca (1975), de García Márquez, ensopado por el sudor de aquellos julios cuando emprendía el ritual de escuchar la doble o triple muerte del general Zacarías Alvarado; u Hombres de maíz (1949), de Asturias, en cada uno de los pasos dados por el pasillo del apartamento, masticando sílaba a sílaba, para no perder ni un requiebro de su plática de indios; o la cuenta de los ciegos y la de los tontos de Historias de España (1973), de Cela, entre las caídas de la butaca desbaratado por mis carcajadas; o Canto de sirena (1977), de Gregorio Martínez, en aquella noche, donde ni el revoltijo entorpecedor de las mantas, impidió que la consumiera hasta el alba entre los descarríos de un huaquero, por las pampas inhóspitas de Nazca; o Las confesiones de un pequeño filósofo (1904), del maestro Azorín, suspendidas en un silencio beatífico que puso su pausa melancólica a mi trágala de lector apremiado.

Sí; todas estas narraciones —y algunas otras que ahora orillo por no endilgarles un catálogo de empacho— suenan en mi memoria envueltas con su circunstancia, agudizando, en el trance, su peculiar timbre. Ese tono diferente y ahormador de un gusto —el mío, claro es—; algo, según se cuenta, propio de los clásicos. Pero estos ya se preceden con esa inmarcesible y abrumadora vitola, aunque luego resulte que la cumplen con creces. ¿O acaso a cualquiera de nosotros no nos bastaría para pasar la vida con la lectura incesante de la Torá (o Pentateuco) (ss. VI a V a.C.) o de la Ilíada (ss. VII a VI a.C.) puesto que, en cada relectura, encontraríamos en la esquina de un pasaje un motivo antes inadvertido que suscitaría de pronto nuestra intriga, ese motor persuasivo de la imaginación, solaz de todas las soledades y acicate de las mayores empresas? Y si no me creen, pregúntenle a don Alonso Quijano.

Y les decía que en raras ocasiones me tropiezo con un relato insólito, cuya singularidad se anuda para los restos con una emoción ocasional. Esto me sucedió cuando leí el original de Y apenas nada, de Eduardo Rojas, donde el oleaje y la desolación salpicaban cada una de sus líneas. De inmediato hice cuanto pude para editarlo en Drácena; y ahí está, recién llegado a las librerías. Pero, ¿de dónde brota su singularidad?

Para comenzar, de la ausencia de su protagonista, Napoleón Chicomóztoc, y para proseguir, de cuanto sabemos de él, murmurado por el entrecortado lamento de su madre, una vieja india de un puebluco sin nombre, en las riberas del Mar de Cortés. Es más; cuanto le escuchamos no nos presenta a Napoleón como un ser prometedor, ni tan siquiera merecedor de afecto, sino a un perturbado por una turbia neurastenia, incapaz de contentar a la mujer que le dio un hijo y que un buen día, harta, embarcó hacia un más allá desconocido con el niño en los brazos. Napoleón, en tanto, se quedó mirando ese más allá del horizonte marino hasta que también desapareció, dejando abandonada en el médano contiguo a la aldea su bicicleta, único rastro tangible de su estancia entre los hombres y, claro es, a su madre; de pronto, no ya sola, sino estéril y acuciada por una añoranza que es la narración misma. Poco más permite decir Y apenas nada sino la sensación hondamente conmovedora de su lectura, tal que, a mi parecer, se teje con un estilo genuino que tildaría de «realismo poético».

Semejante proceder, poroso, trabado sobre momentos fugaces, casi insustanciales, pero perturbadores en su humanísimo eco, ya lo había practicado Eduardo Rojas en su anterior novela, La mujer ladrillo (2016). En aquella, sobre otro destartalado pueblo costero —o quizás el mismo—, una niña, diría que teratológica por su carencia de brazos y pies, juzgaba desde su postración el torpe y contradictorio afanarse de cuantos la rodeaban con una ironía y una compasión casi excelsas. Por momentos se me antojaba una sacerdotisa de la antigüedad —o acaso lo fuera—, y mientras, allí permanecía ineludible su heridora invalidez, para germinar un ejercicio conturbador entre la amargura y la clarividencia. De idéntico modo a como ahora, en Y apenas nada, pueden estremecerse al escuchar a esa madre afligida hasta los tuétanos por poco más que un bobo de remate; pero es, Dios mío, su único hijo y toda su razón de ser en el mundo.

No solo el ingeniar sino el llevar a cabo tales relatos con solvencia, demuestran no ya una sensibilidad sino un tesón y una técnica encomiables; cuanto avala a Eduardo Rojas como un narrador excepcional de nuestra lengua. Les ruego que lo lean; lo merece sobradamente.

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