La muerte en el primer mes de este año del sacerdote don Domingo Dacosta, antiguo director de Cáritas en Zamora durante más de doce años, buen amigo mío y familiar político, nos ha llevado a reflexionar, en un contexto doloroso, en el sentido que el sacerdocio tiene y ha tenido siempre en este mundo, un kósmos que es obra de Dios, ktísis, y que los sacerdotes deben muy especialmente cuidar, y a quienes son imagen y semejanza de Dios abrirles el camino que lleva a la vida eterna. Don Domingo, en su tenaz y denodada lucha en favor de los pobres y necesitados ( los ptôchoi y las óchloi que seguían a Cristo y con quienes Jesús se identificó ) colaboró desde su posición a acercarnos al Reino de Dios para ayudar a construirlo. Quienes como don Domingo trabajan por el Reino de Dios, Dios coopera siempre con ellos – toû Kyríou synergoûntos -. Cada acción de amor a los demás ese ese grano de mostaza, kókkos synápeôs, que se convierte en un gran árbol frondoso en donde anidan las aves del cielo. Como hombre bueno en sentido estricto, don Domingo tuvo sus más y sus menos con la jerarquía eclesiástica, a la que nunca rindió cadenciosa pleitesía, cosa que constituye la prueba del 9 de la grandeza de su alma. La Iglesia es obra santa de Jesucristo, pero los hombres que la representan oficialmente en su historia son de barro, como todos o más, y los celos jerárquicos entre eclesiásticos han sido siempre de lo más terribles y pertinaces. Es así que la naturaleza humana eclosiona también con sus más excelsas virtudes y sus peores debilidades en la organización mundanal de la Santa Iglesia de Cristo. España ha tenido muy grandes sacerdotes en el siglo XX, que incluso han ensombrecido a nuestros príncipes de la Iglesia, como don Miguel Melendres, don Ángel Ayala, don José María de Llanos, o don Federico Sopeña.
La Iglesia siempre ha tenido y tendrá hombres como don Domingo, gracias a los que fue y será la barca, “ployárion” o “navicula”, que nos lleve al lugar en donde disfrutar eternamente de la compañía de Jesús, nuestro verdadero caudillo y guía – hêgoúmenos, lo llama el evangelio -. Don Domingo, buen “ergatês” en el Reino de Dios es un paradigma perfecto del buen sacerdote, con “vita activa et contemplativa”, que diría Hannah Arendt, con dedicación a los pobres y, a la vez, tan estudioso que llegó a ser un buen teólogo, además de un gran latinista, pero que su discreción y humildad ocultaron siempre; sin embargo, sus homilías aún no publicadas nos lo revelan. Cuando compraba una prenda, un abrigo, una camisa, un gorro o una bufanda, siempre compraba tres, para repartirlas entre los amigos que veía que más la necesitaban, quedándose él siempre con la peor de haber entre ellas alguna diferencia. En Alemania fue paladín de los inmigrantes españoles, a los que ayudó en todas las esferas de la vida, como puede atestiguar hoy el obispo emérito de Sigüenza, don José Sánchez González, y en Gelsenkirchen, fundó el primer colegio bilingüe para los hijos de nuestros inmigrantes, gracias a su tenaz insistencia a los obispos alemanes y a las autoridades civiles. En cierta ocasión que defendía “acerrimo impetu” los derechos de los inmigrantes en una fábrica, la policía alemana le tiró por unas escaleras. Siempre tuvo claro que el odio de clase, potenciado por la izquierda de entonces, no sirve para mejorar en absoluto la vida de los más necesitados, y que sólo viendo en los ojos de los pobres la mirada de Jesús, podemos aliviar las desgracias de nuestros hermanos más pequeños y más queridos, “agapêtoí”, por Nuestro Señor.
En caso de necesidad y urgente acción contra una injusticia usaba sin miedo el púlpito. Así, de joven cura en un pueblo de la más honda Zamora, al pie de la Sierra de la Culebra, supo que los ricos del pueblo, apoyados por una bestia de alcalde, molestaban de noche en la casa de una viuda, que tenía dos hijas guapas, con intenciones criminalmente brutales. Don Domingo usó el púlpito un domingo para denunciar estos hechos, y la Guardia Civil se vio en la obligación de impedir los repugnantes excesos de los bárbaros señoritos del pueblo. Siempre fue un entusiasta de las grandes obras teológicas, sobre todo de las grandes obras teológicas suizas y alemanas de este siglo, especialmente del gran Ratzinger, del que tenía todos sus libros, incluso los artículos que escribió de joven profesor. Hizo teología en Alemania y amaba la teología con pasión, dedicando las escasas vacaciones que tenía a enfrascarse en esta pasión, aunque sólo la conocemos por sus escritos, dada su antipatía a todo alarde de saber. Siempre estaba alegre y optimista, cantando de continuo en los viajes y al final de las comidas canciones populares de su patria chica de Aliste. Era la alegría que tienen los auténticos discípulos de Cristo, que no la pueden guardar para uno mismo, y la transmiten.
Somos hijos de nuestras obras, que diría el inmortal complutense, pues lo que hacemos, eso mismo nos crea, nos construye, y sólo conocemos obras buenas de don Domingo, ninguna mezquindad, ninguna pasión indigna. Era madridista hasta la médula, celebraba con gran regocijo festivo las victorias del Real Madrid, pero nunca increpaba al contrario, salvo a algún árbitro, y siempre moderadamente. Hacía del vivir un acto de felicidad a cada instante, y sabía consolar a los tristes. El obispo de Zamora, don Fernando Valera Sánchez, en su preciosa homilía en el funeral, nos recordaba la sonrisa franca y feliz, hermosa, con la que saludaba a todos cuando ya la vejez – ha muerto a los 90 años – había cegado la mayor parte de sus fuentes intelectuales. El santo es bueno espontáneamente. Renunció a la herencia familiar, jamás tuvo casa propia, viviendo como capellán en el Convento de Las Monjas Benedictinas, de Zamora. Sólo dejó libros y su ordenador. Afirmaba que se vivía más libre sin nada. Un buen gonfaloniero de Cristo, que ningún día perdonó rezar las ocho horas canónicas. Nunca lo vi sin boina. Requiescas in pace, bone amice mei Dominice.