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TRIBUNA

Cendal de entusiasmos

domingo 23 de febrero de 2025, 19:05h

Leyendo el último libro de poemas de Luis Antonio de Villena, Miserable vejez, qué sorpresa al encontrarme en sus páginas con una estampa que, sólo por el título, ya me resultaba más que familiar. Dicen así los versos del titulado ‘La marquesa’: ‘Es alta, estilizada, acaso no hermosa propiamente/ pero con la seducción del estilo, del porte, de esa/ magia que —valga o no— conceden el dinero y la clase./ La marquesa ya es vieja, usa una muleta y domina/ las artes del atavío: peinada, maquillada, envisonada,/ pasea al sol de otoño con una criada boliviana, muy correcta,/ que lleva siempre un almohadón por si «madame» se sienta./ Todos admiran su viejo y regio esplendor, y su no ceder/ (porque puede pagarlo) al ventarrón áspero de la vejez fea./ Ella observa todo con altiva resignación, como si aceptara/ que todo pasó, pero debe defender los últimos estandartes./ Las nieves de antaño son imposibles cuando apenas nieva’.

Entusiasmado, fui a comprar otro ejemplar para llevárselo en mano a la marquesa de S., si es que tenía suerte de pillarla en su casa de la calle Santa Isabel. Era media tarde, posiblemente hubiera salido para su garbeo o quedado con las amigas para seguir descubriendo las virguerías de su iPhone, cada una con el suyo sintiéndose invulnerables ante la excitación por dejar atrás sus costumbres analógicas, luciendo sus propiedades como yelmos de Mambrino. Estaba en casa, sola. Me abrió y el galgo se tiró a mis pies, saltándose el protocolo de recibimiento, ufano y sedoso. Creo que nunca le he preguntado si tiene nombre, pero importa poco. Con hundir la mano en su pelaje y ver el agradecimiento de la sonrisa bobalicona que pide más, uno está conforme. A la marquesa, contenta también pero sin perder las formas, se notaba que le había interrumpido, pero me hizo entrar con prisa para volver a los entretenimientos que la tenían acelerada. Ven, ven, ah, ¿qué es lo que traes? ¿Me regalas un libro? Era esperable, conocía a Luis Antonio. Noches y tardes de irisaciones alcohólicas, conocidos en común, cotilleos, seguro. Torció su sonrisa a una que sabe de confidencias muy tentadoras de ser compartidas pero refrenadas a tiempo porque de todo hace mucho ya. No hay necesidad de que asomen los enveses amargos que rápidamente cortan a su medida los recuerdos sencillos por felices.

Leyó el poema. Bueno, ¿pero tú no me ves así, verdad? Es bonito, pero yo no quiero dejarme vencer todavía. Ya más adelante dejaré que me alcance la chochez, pero ahora tengo planes. Nos vamos de concierto. ¿Cómo? Sí, sí, mira, y me tendió su móvil para que abriese un archivo: cinco entradas para el próximo concierto de Carolina Durante. ¿Y esto? Me costó convencer a las amigas, pero elegimos los asientos en platea, porque varias son asiduas y siguen yendo al Real; por ahí las convencí, por conseguir cerrarnos unos cuantos asientos para que disfrutasen alejadas, por la sensación de palco, en fin, tienen muchos años y esas manías no se cambian. ¿Que cómo conocí a los Carolinos estos? Un día vino la sobrina de mi señora de servicio y no paraba de tararear una cancioncilla. Me distraía y al perro. Le pregunté que qué música era esa que la tenía como si abducida. La marquesa tomó de nuevo su móvil y buscó en Spotify —uno es el que va sintiéndose más analógico en comparación— la canción Normal. La conocía, claro, le dije, a mí también se me ha pegado, no me extraña. Dice tanto, dice tanto… Lo dejó sobre la mesa camilla, se giró despacio y fue en silencio hacia el buró, empezó a buscar otras cosas. Como no se había bloqueado la pantalla, aproveché para reproducir la canción y subí el volumen. ‘Pero estaría mucho mejor/ si no hubieses pasado/ ni un segundo por mi vida,/ por mi calle, por mi casa/ por mi cama, ni a mirar…’ El galgo se acercó discretamente por si le caía alguna carantoña. Miré por los ventanales. No hizo falta hacer ni decir nada más.

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