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TRIBUNA

Nenia por un patinador

domingo 02 de marzo de 2025, 20:13h

Durante este año, las filmotecas se encontrarán escasas de semanas si quieren conmemorar, con un buen repertorio de proyecciones, los muchos centenarios de actores cinematográficos que se cumplen. Así el pasado 9 enero fue el de Lee Van Cleef, aquel malvado larguirucho y silencioso, y apenas hace unos días, el de Paul Newman, o el de Jack Lemon, o el de George Kennedy, y para el meridiano de abril, el del siempre tenebroso Rod Steiger, y en cuanto asome el verano, el de Tony Curtis, y para el otoño, los de Rock Hudson y Dick Van Dyke… Y por medio, los de una excepcional pareja de directores, Robert Altman y Sam Peckinpah. Y entre tantos cumpleaños de gringos, nuestras afanadas filmotecas deberán hallar un hueco para los de aquí; pues, en caso de vivir, Amparo Rivelles y María Asquerino alcanzarían el siglo durante este 2025.

Sin embargo; considero que si el cine debiera rememorar alguna centuria, desde luego no es la de ningún nacimiento, sino la de un tétrico suicidio, acaecido el amanecer del sábado, treinta y uno de octubre de 1925, a unos doscientos metros del Trocadero, en la suite del Hotel Baltimore, casi en la esquina con la avenida Kléber. Allí y sobre las diez de la mañana, su suegra hallaba los cuerpos agonizantes de Max Linder y de su jovencísima esposa, Ninette Peters, sobre la cama y enfangados en sangre. Traspasada la media noche, fallecía quien había sido el actor, director y hasta productor de las películas que dieron un giro crucial a las slapstick movies (o películas de payasadas y tartas del primer mudo) desde Les débuts d’un patineur (1907).

Fue una ocurrencia del cameraman y director Louis Gasnier, quien, visto el lago Daumesnil completamente helado, concibió la trapisonda de apenas cinco minutos, protagonizada por un secundario —aunque con cierta experiencia en el vaudeville— de la Pathé. Linder improvisaría hasta la comicidad todas las torpezas propias de cualquier inexperto patinador. Ambos lo ignoraban, pero acababan de alumbrar al inmediatamente celebérrimo Max.

Pues en absoluto es cierto, como circula por ahí, que aquella cinta apenas llamara la atención del público y que el éxito arrebatador de Linder se demorara hasta la gira europea de 1910, cuando incluso el zar Nicolás II y George Bernard Shaw se declararon entre sus fervientes admiradores. Según ha demostrado el estudioso Georg Renken, aquel imprevisto rodaje de Louis Gasnier ya mereció la atención de la audiencia de los cinematógrafos franceses y Charles Pathé atisbó a una nueva figura, capaz de completar de un modo más sofisticado, a su estrella de entonces, André Deed. Con este dúo de humoristas tan diferentes su productora se elevaría definitivamente sobre sus competidoras, la Gaumont y la recién fundada Éclair. Dicho y hecho; monsieur Pathé le procuró los medios y al año siguiente Max Linder ya era el gran protagonista de la apoteósica inauguración como cinematógrafo del famoso Cirque d’Hiver, porque para entonces Max ya se había convertido en aquel atildado boulevardier, metido en continuos y desternillantes enredos por aparentar cuanto no era. Había creado un personaje con propia y distinguida personalidad, superando la acrobacia y el tropezón dominantes en el momento, y hasta la ausencia del sonido, con solo gestos faciales y corporales. Hecho advertido rápidamente por Chaplin, quien lo reconoció con aquella dedicatoria al pie de su retrato: «Para Max, el profesor, de su discípulo, Charlie Chaplin», como también lo percibió Mack Sennett y cuantos se iniciaban en este arte. Desde Stan Laurel a Buster Keaton, o Harold Lloyd; todos siguieron a Linder: acendraron un personaje identificable al instante e ingeniaron argumentos con situaciones cómicas que agudizasen sus características.

Y en pleno triunfo mundial y cuando ya cobraba más de un millón de francos anuales, estalló la Gran Guerra. Linder fue rechazado como recluta aunque se alistó como enlace de Estado Mayor, incluso con el aporte de su lujoso vehículo. Dos años después fue licenciado por indeterminadas lesiones. Max se había resquebrajado, y no solo porque acabase de descubrir que, con el obligado declive de la Pathé, otra figura le había arrebatado el pódium, Charlot, sino por un escarnecedor fracaso: «¿Qué pensarán de mí?... El alegre Max, el deportista completo; ¡incapaz de ser soldado!», lamentaba, según su amigo André de Lorde. Y aunque hubiese rodado ya más de doscientas películas —veinte de ellas, durante los permisos del frente—, Linder no volvería ser el mismo. Su rosto se talló a escoplo y su mirada, siempre jovial y expresiva, se opacó.

Luego vinieron sus dos estancias fallidas en los EEUU; la primera, ese 1916, para sustituir a Chaplin en la Essanay, y la siguiente, para establecer productora propia en Hollywood, durante 1921 y 22, cuando intimó con su gran competidor y confeso alumno. Nada; ni siquiera su matrimonio con una joven veinte años menor, en 1923, lo rescató de aquella extenuación, que lo condujo, tras algún intento frustrado, al consumado el uno de noviembre de hará cien años. Su ingenio luminoso, exprimido sin tregua, había sido apuntillado por la guerra. Y quizá solo defina certeramente este abatimiento, entre repentinos brotes de histeria, su exclamación durante los días previos al suicidio: «¡Descansar, qué fácil es decirlo!»

Por supuesto, ni con el opio lo logró. Sin embargo; con sus dos centenas largas de films, entre los que aún disfrutamos obras maestras como Seven Years Bad Luck (1921) o Au Secours! (1922), había cambiado el cine, y con él, nuestro mundo.

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