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TRIBUNA

El mundo contra el mundo, ¿alguien quiere apostar?

lunes 03 de marzo de 2025, 19:58h

Cosas, Celalba mía, he visto extrañas:

Cascarse nubes, desbocarse vientos,

Altas torres besar sus fundamentos,

Y vomitar la tierra sus entrañas…

Luis de Góngora

Los discursos de las izquierdas y de las derechas contemporáneas, cada vez más populistas, se sostienen con una marcada demagogia y la repetida falacia de que “los pueblos nunca se equivocan”. Argumento que el paso del tiempo se ha encargado de invalidar. En medio de disyuntivas, con un evidente masoquismo los votos siguen cayendo en la elección de gobiernos que hacen daño y casi siempre favorecen a personajes con alardes de crueldad; resabios e imitadores de impresentables déspotas. Es como si existiera en la gente una natural necesidad de auto castigo. Poco o nada se aprende de la historia y el “corsi e recorsi” de Ludovico Vicco sigue en pie; la historia no avanza en forma lineal empujada por el progreso, sino en forma de ciclos que se repiten y, lo que es peor, con retrocesos. Pero, como “todos los caminos conducen a Roma”, también se agotan las posibilidades de elegir, y entre lo patético y lo melancólico se desemboca en lo escandaloso y en ocasiones con desenlaces trágicos.

La Argentina desde hace décadas está empantanada en el mismo lodazal y lo malo es una constante que sucede a lo peor. Al péndulo de exageración populachera del kirchnerismo se corresponde ahora con la exageración populista ultraconservadora del extremismo errático que encabeza Javier Milei, y llevó a una ciudadanía enfadada a votarlo sin demasiadas opciones. Fue el ascenso al poder de un outsider agresivo, con ribetes patológicos, retrógrado y pretendidamente redentor, que con mínima representación en el Parlamento, y favorecido por una alianza, ganó las elecciones. Y sigue irme con algunos aciertos; también con disparates.

A un año de su asunción se puede comprobar que las clases medias y populares que lo votaron, hartas de repetidos engaños, aunque confundidas por la ira, ya empiezan a repudiarlo. La gente eligió a un gobierno por venganza, y para humillar a los que la venían humillando; también por la comodidad del menor esfuerzo; o por un hedonismo pasivo y simplista, que se basa en creer que las personas somos sensatas y, por lo tanto, si un gobierno ha sido malo en economía, hay que votar a otro, quizá como una forma de terapia. No se trata entonces solo de economía, sino que además se trata de masoquismo. Se elige entonces a un candidato que goza de todas las contradicciones imaginable y, sin duda, no estaría malque aquellos que están a favor de la democracia terminen de entender esta cuestión que roza lo patológico y obviamente perjudica -a la corta o a larga- a todos.

Pero, claro, hasta las mejores construcciones, como dice don Luis de Góngora en su famoso soneto se pueden derrumbar. A poco más de un año de su gobierno, se comprueba que el electo Milei no tiene límites. A atacado a periodistas con falsas acusaciones y su lengua larga lo asocia ahora a la palabra “escándalo”, referida a la promoción de una macro moneda, que lo salpica, con pruebas al canto, en un acto que encaja dentro de la imbecilidad y de corrupción; un ridículo que ya lo convierte en sujeto raro y extravagante. Y del ridículo, es bien sabido es difícil retronar. El escándalo en el que se ve involucrado puede tener consecuencias terribles, no solo para él, sino para la ambiciosa corporación que viene articulando y, por ende, al país que representa.

Pero la locura contemporánea es universal. El dictador Putín, que invadió fue en un principio mala palabra; ahora es un referente, que discutirá con Trump la paz en Ucrania. Un caso inquietante a nivel internacional, que le está haciendo un grave daño a los Estados Unidos y a su tradicional democracia. Hombre mediocre e intolerante, empieza a imponer una política xenófoba y antihispana que lo conduce a barbaridades tan disparatadas como el de proponer cambiar el nombre del Golfo de México, que según su patología se debería llamar “Golfo de América” y estar bajo la férula de su gobierno.

Si hacemos un poco de historia podemos ver que la cultura de los mexicas estuvo en Mesoamérica mucho antes de la llegada Cristóbal Colón y antes de que algún anglosajón pisara Norteamérica. El golfo se llama así desde hace casi 500 años, y los hispanoamericanos, cuando vemos esta pretensión de Trump, solo nos cabe indignarnos ante tanta ignorancia. Por suerte los países europeos ya han dicho que no reconocerán esta increíble decisión y reconocen a la Enciclopedia Británica que lo registra como Golfo de México, y se seguirá llamando como siempre fue.

La cuestión, sin embargo, es más compleja, ya que la disputa por el verdadero sentido de la palabra “libertad” está en el centro de esas incoherentes modulaciones. En este caso no se trata de un debate con maoístas o marxistas leninistas, sino entre liberales institucionalistas que aceptan la democracia occidental, volcados hacia un populismo de derecha que viene a debilitarla en nombre del Occidente, financiados por tecnomagnates que no admiten ni reconocen límites de ninguna especie, encabezados por Donald Trump. Javier Milei encaja a la perfección en esa cultura totalitaria que paradójicamente viene a cuestionar los pilares republicanos del auténtico liberalismo con su respectiva división de poderes e irrespeto a las instituciones y al periodismo independiente, junto al intento por conformar una “mayoría automática” en una Corte Suprema casi manejada a gusto del que manda.

La certeza de lo peor otra vez nos invade. La intervención de Trump, en Ucrania, se convierte en la punta del iceberg de un imperialismo incipiente, que nos recuerda tristes episodios del pasado. Estamos ante una realidad preocupante. En caso de que Rusia y EEUU llegasen a un acuerdo -sin contar con Zelenski- para la firma de la paz en Ucrania. Ese arreglo no será, por supuesto, a cambio de nada. El pacto sería más simbólico que material para quedarse con el botín de la guerra. Lejos del reparto de los equitativos recursos ucranianos. Y lejos de la reconstrucción del país; dicho de manera franca con un acuerdo entre gigantes que traería consigo un matrimonio de egos. De tal modo que la Unión Europea quedaría rezagada a un segundo plano en el tablero internacional.

Todo se aplebeya de una manera increíble este modernísimo mundo errático que estamos viviendo. Seguimos defraudados y volviendo a la Argentina comprobamos que aumenta la inseguridad y los más pobres, los que trabajan cada día, apenas si sobreviven. Hubo una cierta confianza y una vez más ante el precipicio. Lo errático sigue siendo de furiosa actualidad.

El tendal de miseria, de hambrientos, de muertos en vida se sigue agrandando en todo el mundo. Un macabro juego de simulación encubre ahora esta codicia sin límite. Como siempre gana el que miente mejor, el que se guarda cartas bajo la manga para extorsionar con nuevas artimañas otra realidad de la que poco o nada se espera.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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