En el tiempo presente es muy fácil constatar el avance de la esperanza como la principal de las virtudes teologales, en ocasiones en áspera disputa con la de la caridad, reina todavía de todas ellas conforme describiera insuperablemente San Pablo en la glosa de sus admirables potencialidades. Ante los ojos del creyente siempre impondrá más la pobreza de un mendigo o la soledad de una madre tras la muerte súbita de su hijo predilecto que cualquier otra forma de indigencia o desvalimiento producida por la frustración de una esperanza en el porvenir propio o ajeno.
El libro en parte autobiográfico del Papa Francisco sobre la esperanza que acaba de llegar a las librerías con inusitada expectación es, en esencia y como su misma intitulación indica, un canto apasionado por la esperanza, hasta el punto de que en sus últimas páginas semeja ser en no pocas de ellas una verdadera apoteosis de la virtud referenciada. Desconocemos si su redacción le pertenece exclusivamente o si es compartida por el coautor de la obra, el periodista italiano Carlo Musso; mas, en cualquier caso, es un trozo de literatura confesional con muy escasa proyección con las letras profanas o religiosas del mundo contemporáneo. La huella del Dante, claro es, se advierte en diversos extremos de su enaltecida evocación, pero su acento religioso es, en verdad, insuperable y único. De ahí que la gestación del libro no ha podido ciertamente ser más oportuna. Según es bien sabido, dentro de pocas semanas se celebrará el Jubileo romano con el lema “Peregrino de la esperanza”, en el que esta gran virtud se exaltará por toda la cristiandad, especialmente en los países y ambientes más anhelantes de ella, que son, en verdad muchos, casi innumerables.
Desde su crianza y juventud en la capital de la nación que fuese considerada en las postrimerías del Ochocientos como el “País del futuro”, la existencia de Francisco se enmarcó en los parámetros de la esperanza. En su alegre y laboriosa familia bonaerense los años iniciales de su existencia transcurrieron bajo el signo indestructible de la esperanza. No obstante mil precariedades y escaseces, la alegría esperanzada dominó por completo las andanzas de una familia de clase media baja en un entorno social en el que, pese a sus precariedades, nunca dejó de ser esplendente la virtud de la esperanza, según refleja una y otra vez en la gozosa recreación literaria del Buenos Aires del periodo de entreguerras. En su veintenio la densa y dinámica colonia italiana rioplatence destacó por la decidida apuesta por el futuro individual y colectivamente. Y su visión clave de una religiosidad alegre y esperanzada rigió la mayor parte de las biografías de sus coetáneos, muy singularmente de sus padres y hermanos.