Le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro;
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...
César Vallejo
Luego de la profunda crisis de legitimidad y de la transición política, suscitada en diciembre del 2001, y especialmente con la llegada de Néstor Kirchner a la Presidencia del país, la intervención estatal mediante la gestión de políticas públicas en general, y de políticas sociales en particular, fue adquiriendo una presencia importante; quizá exagerada en algunos casos. Por un lado, se puso en escena la cuestión de la presencia estatal y por otra parte, simultáneamente, se plantearon, discutieron y disputaron transformaciones en la concepción y enfoque de las políticas sociales, acordes a los nuevos tiempos políticos. Había que parar de alguna forma la protesta de los más vulnerables. En estos dramáticos días que surcamos la mayoría de esas organizaciones fueron disueltas y sus jefes puestos al descubierto. Aplausos en algunos casos; en otros, además de la macroeconomía… ¿quién no piensa en los jubilados, en la salud y en la desmantelada cultura?
La actual gestión de Javier Milei, llena de contradicciones y pretendidas transformaciones estatales para beneficio de la ciudadanía (metáfora inquietante de motosierra como emblema) empieza a mostrar las hilachas ante catástrofes naturales que cuestan vidas humanas y ponen en riesgo un normal desarrollo del país y el consecuente declinar de las mayorías en beneficio de minorías monopólicas -$cripto mediante- y las respectivas implicancias y dudas.
Empecemos por el cambio climático, negado por el Presidente Argentino ante foros internacionales. Dentro de la noción de gobierno, una dimensión que es central es la de las racionalidades políticas. Esta noción permite entender cómo se configuran y se habilitan ciertas conceptualizaciones y justificaciones morales para ejercer el poder. Es decir, nos hace posible comprender cómo los funcionarios y agentes ministeriales, en su calidad de autoridades de gobierno, definen qué es gobernar, a quiénes se puede gobernar, cómo hacerlo y mediante qué medios. Descartando, obviamente, cualquier forma de autarquía o dictadura de penosa memoria en la Argentina.
En los últimos cinco días una emergencia nacional, sin duda, debida al cambio climático adquiere la condición de catástrofe, y ha puesto a prueba la capacidad para enfrentar el problema y resolverlo como corresponde a un Gobierno responsable que representa seriamente a su ciudadanía. En primer lugar los organismos estatales creados para enfrentar estas contingencias, no cumplen más esa función y algunos han sido disueltos y las personas idóneas puestas de patitas en la calle. La ausencia, obviamente es notoria. Inmediatamente después de la terrorífica inundación sufrida por el pueblo de Bahía Blanca y sus alrededores, solamente dos funcionarios dan la cara: la discutida y apostata Ministra de Seguridad (a la que no le queda espacio político por recorrer) y el Ministro de Defensa Nacional; obviamente recriminados por los afectados de la inundación. Cuando se debió inmediatamente establecer un Comité en el lugar encabezado por el propio Presidente. Increíble ya ha pasado casi una semana y esto no se ve ni se hace posible ante el desencuentro de las fuerzas políticas, todas en pugna y mirando para otro lado en un caso que debió convocar y unir a la administración nacional y a la provincial en beneficio de todos. “Qué la gente se las arregle como pueda” es la opinión de los protagonistas en pugna o el Estado no se debe meter en esos asuntos? Y, por supuesto, los castigados por este fenómeno natural son los que pagan los platos rotos; con excepción de la solidaridad popular que se lleva adelante desordenadamente convocada por ella misma (instituciones de bien público, clubes de fútbol, organizaciones barriales, instituciones religiosas y la gente que individualmente, patrióticamente bien dispuesta se aúna para socorrer a los espantosamente afectados). Un verdadero drama.
Solo una pregunta: ¿Qué pasa con la dirigencia política, a la que se ha unido otra nueva casta -que podemos llamar los pretendidamente sin casta-, que ahora gobiernan y ya han demostrado que son el complemento que le faltaba a la otrora casta?
Es una vergüenza universal que ante la catástrofe no haya un Estado presente. Cosa que no sucede en otros países, como Brasil, Chile, Bolivia, Colombia y Uruguay, donde -con el Presidente a la cabeza al frente de un comité de crisis- se toman las riendas del Estado para operar de inmediato en los sitios afectados.
Otra vez la contradicción de un patético caudillo que ganó las elecciones por descarte y ahora pretende mostrar los colmillos de tigre de papel castigando a los ya históricamente castigados por décadas. Rompe el corazón comprobar tanta indiferencia en un caso tan doloroso y trágico. De rest is silence, como diría de un modo contundente el inmortal Shakespeare.