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TRIBUNA

Un pícaro con peluca y chupa de damascos

domingo 16 de marzo de 2025, 18:00h

Como ningún otro, su apellido, Casanova, evoca al libertino, y si me apuran, incluso a una corte más que su propio rey y emblema, Luis XV; aquella de las pelucas blancas y las caras empolvadas con insinuante lunar en la mejilla. Sin embargo, pocos han alcanzado hasta la última línea de las más de cuatro mil páginas que suman las memorias —inconclusas por defunción— que le otorgaron esta nombradía, Historia de mi vida (1798), a pesar de constituir, sobre sus pregonados lances de coyunda, el más minucioso catálogo de los hábitos europeos, durante la segunda mitad de aquel siglo llamado de las Luces. No en balde, se conservan en Praga las detalladas anotaciones de estas andanzas de cuarenta años y aun de las posteriores. En esos cartapacios figuran desde la compra del más insólito adminículo hasta el abono de la más copiosa cena, suceda en San Petersburgo o en Madrid, pasando por los imponentes Versalles y Sanssouci, sin escatimar postas de aldea, truhanescas timbas de tugurio o tentadoras celdas de convento. En cualquier parte donde se albergó este, sobre escritor, agudo farsante tanto en lo íntimo como en lo social —ostentó el título de Caballero de Seingalt, se ignora con qué legitimidad—, apuntó sus gastos y sus encuentros; siempre bajo el sino de aspirante perpetuo a lograr un confortable acomodo en cualquier palacio, fuese papal o imperial. Y cuando estas anotaciones las convirtió en su truncada autobiografía, durante sus postreros años como bibliotecario del castillo de Dux, en la alta Bohemia, expuso sin pudor y hasta con un atropellado gracejo sus astucias de granuja y de conseguidor de lo más disparatado; valga al caso que inventó la lotería para aliviar las estrecheces monetarias de aquel antepenúltimo Capeto o si la situación apremiaba —circunstancia casi perpetua en su trashumante vida— no despreció oficiar como confidente de la Inquisición aun siendo masón o simulándolo a conveniencia. Ya ven, un consumado embustero, pero tan humanísimo como Lázaro de Tormes, aunque con pretensiones y dengues del gran señor que nunca consiguió ser, y que nos divierte casi a uña de caballo porque nada lo detiene. De modo que, tras los nuestros, no encontrarán otro pícaro más genuino, por páginas que lean, como Giacomo Casanova.

&nbspPorque no olviden que su ocupación más socorrida fue la de tahúr sin desdeñar los menesteres ya mencionados, y aún tentar otros de mayor vitola como el de tratadista político —ahí nos queda su Historia de las turbulencias de Polonia (1772)—, y hasta el de nigromante, aun cuando desenmascarara en Soliloquio de un pensador (1786), uno de sus casi treinta títulos —la mayoría en su dislocado francés—, al más famoso de su tiempo, Cagliostro, y a otro no menos célebre entonces, el conde de Saint Germain.

&nbspPues bien; en un par de semanas se cumplirá el tricentenario de su nacimiento en Venecia, de donde también huyó a los treinta años, como cuenta en su relato más popular en vida, Historia de mi fuga de la prisión de Venecia llamada Los Plomos (1788)… En suma; una existencia entre la trampa y el exceso, acorde con su estatura de uno noventa, cuanto convertía en indisimulable su presencia, acompañada siempre de una sarcástica retranca y de una insaciable glotonería que asombrará, dos siglos y pico después, al mismo Camilo José Cela.

&nbspDesde 2009 disponemos de la versión española del manuscrito original de sus memorias, realizada para la editorial Atalanta por mi amigo Mauro Armiño, con un prolijo aparato de notas y un amplísimo índice onomástico, que le valió el Premio Nacional de traducción. Se precede de un espléndido prólogo de Félix de Azúa, donde subraya el vitalismo proclamado, renglón a renglón, por quien había sido rutilante centro de tantas tertulias galantes y que se veía, mientras los escribía, preso de austeros y gélidos muros —hoy remozados de un ampuloso rococó— y bajo los plúmbeos e interminables inviernos bohemios. Su época más patética, retratada como una fantasía operística por Federico Fellini en su Casanova (1976); la más desbordante y prodigiosa de las veintitantas películas donde el gran libertino ha figurado como protagonista o, al menos, como personaje sustancial, aun cuando prefiera La noche de Varennes (1982), de Ettore Scola, donde Marcello Mastroianni nos lo torna sencillamente conmovedor.

&nbspEsta novela de Catherine Rihoit, elevada a extraordinario film por los ingenios de Scola y Amidei, cuenta cómo, por un torpe accidente, Casanova se verá en una diligencia que sigue la ruta de Luis XVI, recién escapado de Las Tullerías, y acompañado de Restif de la Bretonne, el autor de Las noches de París (1788-94), la crónica más vivaz de aquellos días del Terror revolucionario, y del también escritor Thomas Paine, ferviente defensor de los nuevos e insurgentes tiempos con su tratado Los derechos del hombre (1791). Feliz encuentro que, conforme avanza el metraje, se convierte en una impecable alegoría sobre la caída de cualquier régimen, pues los variados ocupantes del carruaje se nos descubren como la representación de todas las clases sociales, con sus afanes y sus temores, ante cualquier profunda mudanza social. Y al compás, certero retrato de aquel decrépito Casanova, tan uncido por biografía y devoción al Ancien Régime, y cuyo desdén por el ventarrón que sacude Francia es fiel resumen de los juicios vertidos por los rincones de sus colosales memorias. En suma; un luminoso homenaje, incluyendo su retruécano final del conocido cuento de Hans Christian Andersen.

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