El texto de la romántica vaporosa Carmen Martín Gaite, “El cuarto de atrás” – toda su novelería contradice el rigor científico de su inicial “El proceso de Macanaz” -, crece y sus átomos se espesan, y su conglomerado casi cuaja y se solidifica en lo concreto, gracias a la sabia y penetrante dirección de la joven Raquel Camacho, que ya ha bregado con total éxito en los difíciles y soberbios textos de Francisco Nieva y de Rainer Werner Fassbiender. Nos encontramos con un tenue y vaporoso texto, muy femenino y estático, que araña con educación y buenos modales la realidad de la dictadura franquista, pero siempre sin hacer sangre, con buenas maneras casi siempre, salvo con la alusión de estado de ciclán del dux, identificándose a veces la protagonista – admirable Emma Suárez – con la hija de Francisco Franco, porque la pobre también debía aburrirse mucho. “Entiendo que Carmen Franco vio la muerte de su padre como la ve una hija, y que los españoles la pudieron ver de otra manera”. La verdad depende de las distintas perspectivas de los sujetos; visión protagórea de Carmen. Pero Rakel Camacho no ha querido construir un panfleto contra Franco; de hecho, la obra intenta transcender la denuncia política para, a través de la memoria asociativa, centrarse en el alma de la protagonista en su individuación/individualización, obligándola a hacer una autoespeleología – nunca despiadada, claro -, y conseguir así una autobiografía más o menos ecuánime que, sin duda, tiene mucho de la que fuera la primera esposa del gran sabio e insigne escritor Rafael Sánchez Ferlosio, cuyo centenario de su nacimiento se cumple dentro de dos años, y que espero que el de la Generación del 27 no lo entenebrezca por completo. En el fondo todo gran escritor no para de hablar de sí mismo, y si es escritora la tendencia se hipertrofia. Aquí hay pensamientos de la protagonista que también los expresan las heroínas de “Las ataduras”, o de “Fragmentos de interior”.
Este drama sin acción, sin “drân”, inmóvil, casi petrificado, en donde las únicas acciones están en lo que recuerda la protagonista, verdadera dueña de esta historia que nos cuenta, no te adormece a eso de las siete y media de la tarde ni te invita al bostezo, sólo porque la Directora no para de mover con destreza a los personajes, de menearlos con múltiple figurinismo, subiendo y bajando las escaleras, recogiendo balumbas de papeles escritos con las que la autora se complace en enredar las cosas para que el espectador se interese en lo que va a suceder unos minutos más tarde, haciendo girar la casa una y otra vez con sus daguerrotipos sobre una plataforma, y porque los tres actores, todos magníficos – Nora Hernández es una auténtica revelación – saben interpretar un texto que se vuelca repetidamente sobre sí mismo, como la aporía zenónica de Aquiles y la tortuga, acompañándolo de gestos llenos de anfetamina. “Para no quedar atrasados los españoles debemos escapar de la velocidad”, afirmaba Francisco Nieva, gran amigo que fuese de Carmen Martín Gaite – mientras no escribió novelas - y a la que ilustró su libro “El Cuento de nunca acabar”. En realidad, la gran Emma Suárez tuvo que haber sido vestida o disfrazada de miss Mady, con toda su pinta de institutriz londinense.
Podríamos interpretar la obra de modo psicoanalítico, y es que en la época en que se pergeña el texto el psicoanálisis en España hacía furor entre las clases medias más progres. El hombre de negro como id - intrépida interpretación de Alberto Iglesias -, la hija como superyo, etc. Porque ésta es una obra muy de su tiempo; la misma referencia a Todorov en la primera escena ya nos advierte que debemos retrotraernos a la Francia hermeneuta de Roland Barthes. ¿La idea de una bañera exenta, con pies, como diván, tiene una intención freudiana? ¿Un gran útero protector en el que los habitantes de la casa retornan a sus acuáticos orígenes? ¿Quién es ese hombre de negro intruso, esa especie de condotiero cavaltrueno, discípulo de Cagliostro? ¿Un hombre al que renunció el yo coaccionado por el superyo?
En toda la extensa obra novelística de Carmen Martín Gaite, además de la dolorosa sombra de Torci, que también llora en la de Sánchez Ferlosio, se está interpretando la propia experiencia de la autora. Es verdad que el hombre es un animal interpretativo, que analiza y clasifica su propia experiencia, y que, al hacerlo, no sólo encuentra nuevas formas de satisfacer sus necesidades, sino que también las reconstruye, y elabora y revisa su propio estilo de vida, inspirado siempre por consideraciones de utilidad. Pero en el caso del escritor/escritora está pulsión interpretativa se hace morbosa. Los conflictos de la obra, que nunca llegan al fragor trágico, son las contradicciones del alma – contradicciones irresolubles – del alma soñante y vígil de la protagonista. En realidad, todos los personajes viven en un limbo docetista, en donde las figuras sólo son aparentes, personalidades ilusorias, como corresponde al muy austero trampantojo que constituye la propia casa con cambiantes daguerrotipos sobre la plataforma escénica.
Es evidente que el esfuerzo de adaptación a la escena que ha tenido que realizar María Folguera tuvo que ser titánico. No existen personajes más difíciles para el teatro que los que salen de una novela. Todo lo que los personajes-escritores – sujetos metadiegéticos – hacen de noche y con sueño sale manchado de una oscuridad indescifrable. Un protagonista se define más por lo que hace que por lo que piensa, y este hecho hace que Emma Suárez y Raquel Camacho tengan que hacer verdaderos milagros escénicos para que no se les caiga una cosa que no es teatro. La luz del escenario era como cuando un amanecer tiene luz de anochecer, como una noche mañanera o una mañana llena de nocturnidad preñada de enigmas. Luz de duermevela y agonía. La luz de la nostalgia de la autora que ganó el Premio Nadal y otros grandes premios, una luz como oscuridad rebajada, en donde todas las cosas se miran a tientas en su indeterminación. La llegada de la hija confirma el misterio. En la penumbra de la casa se ha desarrollado verdaderamente un teatro que desde aquí aplaudimos. De nuevo mi enhorabuena a la manchega Rakel Camacho.