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TRIBUNA

La aspirina de Cristino Mallo

lunes 31 de marzo de 2025, 19:09h

Cuando Cristino Mallo, sentado en la grada que preside la entrada del Café Gijón, pedía a los camareros una Aspirina, suponía el inicio de un breve ceremonial: luciéndola casi como una sagrada hostia, entre la pinza de su pulgar y su índice, se la llevaba a la boca con ostensible y geométrico gesto. Acto seguido, aclaraba al soslayo, por si le rodeaba algún desavisado: «Es que tengo que visitar a mi hermana». Su hermana, por supuesto, era la inefable Maruja Mallo.

Les cuento esto porque en la espléndida exposición de la Fundación Mapfre, Otros surrealismos, donde se exhiben algunas significadas piezas de Dalí, de Óscar Domínguez, de Remedios Varo y de tantos otros; incluso un par de documentales de 1930; el célebre Esencias de verbena, de Giménez Caballero, con la insustituible comicidad de Gómez de la Serna, y otro no menos interesante aunque más ignorado, Comiendo erizos, de Luis Buñuel, donde el padre de Salvador Dalí es orondo protagonista, encontrarán también tres óleos y un dibujo de Maruja Mallo. Todos pertenecen a las vísperas y al regreso de su viaje a París; o sea, a su turbulenta serie Cloacas y campanarios (1929-31), y a la siguiente, Arquitecturas minerales (1932-3).

Si cuando Maruja Mallo se fue para la capital francesa ya era un personaje descollante entre aquella muchachada —como ella decía—, conocida luego como Generación del 27 —no en balde, es la única persona a quien don José Ortega y Gasset le procuró en 1928 una exhibición de sus Verbenas y Estampas, en los salones de Revista de Occidente—, cuando volvió lustrada por la admiración del genuino núcleo surrealista —André Breton, el gran patriarca y fundador, incluso le había comprado el óleo Espantapájaros (1929)— ya encontrará asiento en todas las tertulias de Madrid, tanto en la del Mirlo Blanco de los Baroja, como en la pudibunda del Gato Negro de Azorín y Benavente, y por descontado en la que le era más propincua, la de Alberto Sánchez y Benjamín Palencia en el Gran Café de Oriente, ante la estación de Atocha; punto de partida para sus frecuentes excursiones a los desmontes de Vallecas, en busca de una integración telúrica sobre aquel secarral y de las que tomará nombre este grupo de pintores merodeadores, la Escuela de Vallecas. Momento cuando, amén de prodigarse como ilustradora en tantas revistas de la época (La Gaceta literaria, Alfar, Revista de Occidente…), iniciará sus incursiones en las escenografías de La Barraca y de las Misiones Pedagógicas, que culminará con los telones y los figurines para la inédita —por el estallido de la Guerra— y luego perdida ópera bufa, Clavileño (1935), de Rodolfo Halffter; en suma, que durante aquel quinquenio republicano, Maruja Mallo se entronizará como la gran vanguardista, que desde un incipiente surrealismo había ido tentando una expresión al borde mismo de la militancia política; algo, la verdad, inconjugable con sus querencias por lo esotérico y lo gnóstico, cuanto nos muestra la irreductible singularidad del personaje.

Pues bien; entre 1934 y 35 inicia su duradera amistad con Pablo Neruda y también otra, mucho más carnal y de más honda huella, con Miguel Hernández. Si Maruja Mallo había sido la amante de Rafael Alberti desde 1925 hasta la irrupción de María Teresa León sobre 1930, y cuya presencia es ineludible en Sobre los ángeles (1929), lo será de forma mucho más deslumbrante y decisiva en El rayo que no cesa (1936), de Hernández, por más que este poemario aparezca dedicado a su prometida, Josefina Manresa. Esta relación entre la fulgurante pintora y el joven poeta se produce durante la segunda estancia del oriolano en Madrid, cuando trabaja para la monumental Los Toros (publicada en 1943), de José María de Cossío, goza de la protección de Vicente Aleixandre y frecuenta la tertulia de María Zambrano, donde se unirá a otro joven —entonces aprendiz de liróforo—, Camilo José Cela, que nos legó unas notas —quizá escasas aunque gamberras— de los fogosos abrazos entre la desinhibida pintora y el virginal Hernández en Memorias, entendimientos y voluntades (1993).

Sin embargo, para mí —y quizá vera causa de estas líneas—, Maruja Mallo es un personaje de aquella inmensa pandiculación nacional que fue la Transición. Entonces, convocada en más de una ocasión por Paloma Chamorro a sus programas, nos asombraba por su físico menudo, su nariz de tucán y sus maquillajes faraónicos, y claro es, por su incontenible y estrafalaria locuacidad, que me confirma Ignacio Gómez de Liaño, entre risas, como su más señera característica, quien la trató durante aquellas fechas en casa de Inés Ortega. Sí; Maruja Mallo forma parte de aquellas figuras que despabilaron al país hasta 1982, desde un underground desgreñado y autóctono, como fueron Ocaña, Jaume Sisa, Pau Riba o el cine de Iván Zulueta o de Bigas Luna, o aquel Fernando Savater apostolando un anarquismo nietzschiano por los paraninfos o Dragó con su proceloso Gárgoris y Habidis (1978) bajo el brazo, o el regreso del parisino Arrabal con sus descacharrantes vocinglerías escénicas, y claro, la misma Maruja Mallo, emergiendo en las recién coloreadas pantallas de los televisores como el exacto reverso de una moneda encarada por Salvador Dalí. En fin; un sexenio libérrimo y entusiasmante, sepultado para siempre bajo aquel otoño de los diez millones de votos y la acharolada insulsez de la Movida Madrileña. Y ahora, qué decirles con tanto oportunista insolentándonos con sus chabacanerías. ¡Cómo no echarte de menos, Maruja!

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