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TRIBUNA

Cuando un escritor pretencioso

martes 08 de abril de 2025, 19:44h

Cuando un escrito pretencioso comienza con A modo de prólogo se me acaban las pocas o muchas ganas que en ese momento tuviera de entregarme a su lectura. Los juicios apodícticos son necesarios, los necesarios asertóricos informan sobre la realidad, los problemáticos son afirmados o negados como posibles, y los del gusto estético (“a modo de”) en nada contribuyen al contenido del juicio[1]. Así pues, mientras el autor no nos aclare qué clase de a modo de, me parece un pedante categórico de prólogos bobos, cursis y a la caza de novedades, que se apuntan a un bombardeo para demostrar que ellos saben decir viral, o poner en valor, o icónico, cuando su único valor es el de añadir virus lingüísticos: los profesores de lengua y literatura española de las Facultades de Periodismo son un peligro público en telediarios y telenocturnarios (misma matraca repe, una de día y otra de noche), por no hablar del “al modo de” de esas alimañas lingüísticas que son los periodistas deportivos.

Hay también prólogos panfletarios contra el todo, que son todo un panfleto contra todo lo que no sea yo mismo, malos tiradores que siempre aciertan porque primero disparan y luego dibujan la diana en torno a su disparo.

¿Qué decir de los prólogos y libros dubitativos, por ejemplo: ¿nihilismo o moralidad?, ¿tu jaca o la mía? Coño, pues diga usted, maestro, usted sabrá si de los cuatro muleros que van al río el de la mula torda es su marío, no mareen tanto la perdiz y disparen ya, que el género detectivesco es más divertido.

Los insufribles son los prólogos y libros blanditos, de tierno cochinillo al horno en la modalidad de lecturas para andar por casa con bata de lunares, o sea, el género Pitita, para quien todo es geniaaal.

Los más difíciles son los títulos con la modalidad de volátiles, que se perciben mediante las formas a priori de la sensibilidad espaciotemporal, que entran por el aparato auditivo y las fosas nasales con resultado de estornudo.

Los libros de verdad son los de las bibliotecas de los campos de concentración nazis con ejemplares requisados a los prisioneros a su llegada. No faltaban novelas populares ni los grandes clásicos, junto a diccionarios, ensayos filosóficos y textos científicos. Incluso había volúmenes prohibidos, cuyas encuadernaciones habían sido camufladas por los bibliotecarios prisioneros. La aventura de estas bibliotecas empezó en 1933 y en 1939 había seis mil títulos en Buchenwald y trece mil en Dachau. Pero llevaban la lepra del campo que los albergaba. Debido a sus problemas pulmonares en la adolescencia, Hitler se convirtió en un lector compulsivo. Según sus amigos de juventud frecuentaba librerías y bibliotecas de préstamo; lo evocaban rodeado de pilas de libros, sobre todo tratados de historia y sagas de héroes alemanes, dejando una biblioteca con más de mil quinientos volúmenes. Mein Kampf fue su best seller, el más vendido después de la Biblia. Cobró liquidaciones millonarias por las ventas y, nimbado por el éxito, consiguió borrar su imagen de fanfarrón de cervecería. Tras su fracaso como golpista, la escritura le devolvió la autoestima como “escritor de profesión” con diez millones de ejemplares de su Lucha, traducida a dieciséis idiomas, y desde su reedición en 2015 se han vendido más de cien mil ejemplares en Alemania. Los responsables de las sucesivas ediciones reconocen: ‘las cifras nos abruman’. En 1920 Mao Zedong abrió una librería en Changsha con la publicación de El libro rojo convertido en superventas.

Una de sus más degradantes formas de modalidad del lenguaje de modalidad reclusivo es la de tratar de arrumbar la tradición del masculino genérico, con el fin de que no sufran las mujeres feministas. Ya no se puede decir “los hombres” para señalar a los individuos de nuestra especie inteligente, en cuyo lugar hay que precisar siempre “los hombres y las mujeres”. Se trata de una reglamentación para sexualizar la comunicación. Lo que ocurre es que el cardumen de los peces del banco de los que mandan es el nuevo proceder del lenguaje inclusivo.

En fin, el lenguaje en modo dadaísta también se ha puesto bastante de moda. En efecto, la receta para hacer un poema dadaísta del rumano Tristan Tzara, padre del dadaísmo, resulta interesante para escapar de las cárceles: “tome un diario y unas tijeras. Corte un trozo de artículo que tenga la extensión prevista para su poema. Recorte cada una de sus palabras e introdúzcalas en una bolsa. Remuévalas suavemente. Extraiga después cada una de las palabras al azar. Cópielas concienzudamente. El poema se le aparecerá. He aquí un escritor infinitamente original”.

Todo sea por el lenguaje. Los grecorromanos mimaban candorosamente cada una de sus palabras y expresiones gestuales; el orador debía presentarse en la tribuna, mirar y frotarse las manos y la frente, hacer crujir los dedos, adelantar el pie izquierdo separando los brazos un poco del tronco, acalorarse en el decurso de la declamación con calculada negligencia, aparentar cierta inseguridad en los pasajes en donde más seguro estaba de su memoria, y echar hacia atrás la toga con premeditado desorden como muestra de su apasionamiento. Cicerón, como Nadal en el tenis, antes de ejecutar su saque con infinidad de tics rituales, cuidaba hasta del mínimo pliegue de su toga, de las arrugas de su frente, de las posiciones de su cuerpo, brazos, piernas y dedos, puliendo sus discursos frase por frase para mejor cautivar; palestra es la vida presente, y en la palestra no puede gozar de descanso quien ha de ser coronado.

Y el resto sursum corda: lo que los alemanes llaman seriedad animal es un síntoma de megalomanía. El orgullo es uno de los principales obstáculos que nos impiden vernos tal y como somos en realidad. Alguien con el suficiente sentido del humor no corre el peligro de sucumbir a ilusiones demasiado halagadoras acerca de sí misma. El primero de los mandamientos es no autoengañarse. La capacidad de obedecer se encuentra en proporción directa a la capacidad para ser sincero y leal con los demás. Una dosis suficiente de humor inmunizaría contra los ideales fingidos, humor y conocimiento caracterizan la escritura en modo humano.

Somos un palimpsesto o escritura sobre la que se han ido escribiendo escrituras de muchas manos; no escribes si no eres escrito por alguien que te lee, y no eres leído si no has dejado que alguien escriba tu nombre, tocado tu esencia, incluso con las rugosidades de la oscura invidencia, como en el método Braille. Incluso cuando nos ocultamos tras de ella, olemos a tinta, sangre mejor o peor derramada. Quienes no llevan vida en sus almas manosean, no escriben, emborronan, desvirtúan.

Cosido por las tres escrituras básicas –vida, muerte, amor- empequeñecen la gramática, la retórica y la dialéctica, las lenguas muertas por fecundidad no mueren, sólo dejan de hablarse. La esperanza de vida de las palabras me alegra mucho, pero si queremos que se conserven no basta con amontonar idiomas en nuevas estanterías, ahora digitales. No hay palabra viva en espíritu muerto, pero las gentes muertas se doctorarán en palabrería sobre las que se escupe grueso. Ebrios de palabra desvitalizadas, para todo mal mezcal. Palabra sin persona que la apalabre, lenguaje disparejo, pero la palabra es sacramento de muy delicada administración, cauterio suave, regalada llaga, mano blanda, toque delicado sobre los ardores del mundo. Hablar es ser apalabrado por la palabra en el hueco de tu mano herida, dice el místico Juan en un Cántico espiritual que hasta sin palabras queda en búsqueda de la Palabra: “¡oh, almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas! ¿Qué hacéis, en qué os entretenéis? Salí tras ti clamando, y eras ida, Palabra, llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma el más profundo centro”.

Pese a sus intentos por vivir “para siempre eternamente”, el hombre de silicio sin mezcla de caducidad alguna estará muerto, enmudecido por la soledad de su palabra. Cuando Hall Bregg regresa a su planeta Tierra tras una arriesgada expedición de diez años en una galaxia lejana, en la Tierra han pasado 127 años a lo largo de los cuales se han producido variaciones sustanciales en la especie humana, que lo convierten en un anacronismo viviente. Un anciano médico que aún conserva interés por el pasado de los vuelos interestelares dice al protagonista: ‘la sociedad a la cual ha vuelto usted está estabilizada, vive tranquila. El romanticismo de los primeros vuelos espaciales ya ha pasado. Su expedición fue algo extraordinario, pero ¿quién se ha interesado doscientos años después de él? Sobre el regreso de usted apenas hay una noticia de dos líneas en nuestros periódicos actuales. Aunque no quiera reconocerlo, señor Bregg, debo decirle la verdad. Sus intereses, todo aquello con lo que ha regresado forman una pequeña isla en un océano de ignorancia ajena. Dudo que haya muchas personas a las cuales apetezca escuchar lo que usted pueda contarles. Yo pertenezco a ellas, pero tengo ochenta y nueve años”.

[1] Kant, E: Crítica de la razón pura. A 74, B 99-10

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