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ESCRITO AL RASO

Adiós a Vargas Llosa, último dinamitero del boom hispanoamericano

David Felipe Arranz
lunes 14 de abril de 2025, 20:06h
Actualizado el: 15 de abril de 2025, 15:59h

Cuando Mario Vargas Llosa visitó Valladolid en 1996 para participar en el Congreso Internacional de la Lengua “Valladolid. Cultura y Corte”, nos acercamos al Paraninfo de la Facultad de Derecho a que nos firmara nuestro ejemplar de Conversación en la Catedral, en mitad de nuestros fecundísimos y benditos estudios de Filología hispánica. Por entonces, mi ciudad era un laberinto ordenado de calzadas de piedra y casas señoriales y decadentes, y esta facilidad de la literatura para integrarse en la vida de uno, que era de estudiante, hacía que nos reuniésemos frecuentemente con los escritores circundantes: Miguel Delibes, Francisco Pino, José Jiménez Lozano, Francisco Umbral y, ocasionalmente, personalidades arrolladoras como el mismísimo Ernesto Sábato o el propio Vargas Llosa. Poder conversar de tú a tú como tránsfugas del reino de las letras, de aprendiz a interlocutor de sabios, nos hacía sentirnos un poco apátridas de los premios, los parabienes, los homenajes y todo lo demás, porque nuestra aspiración era, por entonces, a opositar a un instituto regional o a impartir lengua y literatura en un colegio de monjas. De pronto, Vargas Llosa realizó con su elección vital una corporeización de una vía que no habíamos contemplado en su debida dimensión. La literatura era hermana ancilar del periodismo y viceversa, pues como aliadas, las buenas letras eran unas emisarias de las hojas de los periódicos y las cabeceras como una aparición que volvería a sumir a los lectores en la calidad de la escritura, y cómo no, nos vimos irremisiblemente arrastrados con esos argumentos, hasta hoy. Y el primer y único maestro que nos habló en las aulas de Mario Vargas Llosa y su literatura infinita fue José Luis de la Fuente Bastardo, que en paz descanse. Hemos tratado de llevar sus muchas enseñanzas a la Universidad Carlos III de Madrid, hablando a los alumnos de Historia de Mayta (1984) y de ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986) como dos modelos que recurren a técnicas narrativas propias de la investigación periodística. Claro que la admiración que sentíamos por los monstruos de las letras, allá por el fin de siglo, cuando éramos estudiantes, poco tiene que ver con los tiempos precipitados que corren. Apenas se empezaba a hablar de poseer un teléfono.

Escribe el mencionado maestro Francisco Umbral en La palabras de la tribu (1994) que “Vargas Llosa es un faulkneriano guapo y aburrido. Políticamente quiso ser presidente con la derecha, traicionando su origen castrista”. La ciudad y los perros de Vargas Llosa obtuvo el Premio Biblioteca Breve en 1962 y el Internacional de Novela Formentor, y se entiende como el pistoletazo de salida del llamado “boom”, en realidad más un fenómeno editorial que una escuela literaria. El término “realismo mágico” que tanto defendió el escritor y periodista peruano supuso una renovación de los caminos gloriosos emprendidos por Borges, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier y el propio García Márquez, que ya se habían planteado algunos sugerentes interrogantes por la forma de narrar, lejos de las técnicas narrativas decimonónicas que consideraban obsoletas.

Pronto Vargas Llosa fue apátrida en Londres y en 1993 se nacionalizó español sin renunciar a sus orígenes, viajando por medio mundo: París, Madrid, Londres, Lima, Estados Unidos… A los dieciocho años se casó con su tía Julia Urquidi, el tema de La tía Julia y el escribidor (1977), y en 1965, con su prima Patricia Llosa. De su fértil e inspirador legado podríamos destacar la eficacísima y siempre genial variedad de géneros, como la novela política, la erótica, la histórica, la crónica periodística, el paisaje de la Lima de su juventud como recoge en sus memorias de El pez en el agua (1993), la selva, Brasil e incluso la República Dominicana. Que Alberto Fujimori lo batiera en la arena política en las elecciones a la presidencia de la República sirvió para que Vargas Llosa se olvidara de estas veleidades políticas y se volcara aún más en el desengaño crítico del sistema político, la corrupción de las instituciones y que alzara su voz tan alto como la literatura y el periodismo le permitían contra cualquier forma de dictadura.

Su viaje político, efectivamente, fue desde la izquierda militante como señalaba Umbral, muy próximo a la Revolución cubana, hasta un conservadurismo de corte liberal o reformista, una ruta que una parte importante de la intelectualidad progresista no le perdonó nunca. Buscábamos siempre en Vargas Llosa la palabra sensata frente al encarnizamiento de las guerras o los populismos. Hay algo más en su figura que el placer de la literatura, hay una devorante necesidad de emular su sobrehumana capacidad de trabajo y de imaginación, de aliviarnos en cualquiera de sus decenas de libros en esta época tan incierta que nos ha tocado vivir. Vargas Llosa siempre tenía algo que decir desde su atalaya de la libertad, una conducta siempre libérrima que lo llevó a saltar a las portadas de las revistas del colorín por su romance, demasiado estridente, con la reina de los corazones y los cuartos de baño, contribuyendo un tanto a su propio deicidio, palabra que tanto le gustaba usar para referirse al periplo vital y literario de su colega García Márquez, con el que tuvo que limar a puño “batiente” algunas diferencias amorosas.

Como escribió de Conversación en la Catedral, el libro que conservamos con el tesoro de su rúbrica, “ese clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral del Perú del ochenio” nos resulta demasiado familiar. Por eso, igual que él fue un continuador de la literatura de Tolstoi, Balzac o Flaubert, su extraordinaria y exquisita literatura nos habla de una personalidad revelada que ya vuela a ramas más altas e invisibles, pero que nos habita, nos inspira y nos estimula, cómo no, a la emulación. Se nos ha ido el último dinamitero del “boom” que hizo saltar por los aires las convenciones de la novela y el periodismo, y nos ofrendó sus creaciones como el más útil y hermoso de los regalos. Gracias por tanto, don Mario.

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