La ciencia no nos da tregua. La estrella enana M87 es un agujero negro que concentra en su interior el equivalente a varios miles de millones de estrellas aunque las hay aún mayores todavía, una energía inconmensurablemente densa de cuyo campo gravitatorio no podría escapar el planeta Tierra por carecer de la energía suficiente, dada la escasa potencia energética de la luz, nuestra máxima velocidad a 300.000 kilómetros por segundo. La oscuridad voraz de las estrellas enanas podría engullir a las débiles fuerzas estelares de cada uno de los planetas.
Pero existen también bajo la estratosfera muchas ratoneras. Fuera de la M87, yo mismo me siento una estrella enanísima, un agujerito negro con tanta energía dentro de mí como incapacidad para exteriorizarla y de este modo reconocerla: la escasa potencia lumínica de mi razón es de todo punto impotente para iluminar mi propia oscuridad interior, así que vivo en el misterio permanente. Qué poco sé. Y lo poco que sé, qué poco lo sé, ni siquiera en aquellos fugaces momentos en los que alcanzo a ser la mejor versión de mí mismo. Uno no debería ser tan ignorante que ignorase sus propias ignorancias. El humano se mide por el mar y por sus mareas, incluidos los arrastres de sus sedimentos de belleza y de escoria. En sus naufragios, con olor a establo y relinchos de caballos mojados ocurre lo mismo.
A mis ataúdes oscuros voy, de mis ataúdes oscuros vengo: incluso en los lugares más luminosos brotan las ninfas emergidas de los sueños entre los ataúdes cubiertos de algas y de légamo turbio y fuliginoso. De cuando en cuando, los flujos mismos de esos ríos marchan para atrás, aunque queramos evitarlo alargando el paso y las piernas para nuestras deseadas gigantomaquias. Quizá a esto responden mis sueños más recurrentes: salgo con una maletita con libros a cualquier ciudad para visitar a quienes me llaman, pero pierdo su dirección, así que –carente de teléfono móvil- me siento sobre dicha maleta en un descampado hasta que muero sin que nadie acuda al rescate. Nietzsche había escrito: “no hacemos derivar al hombre del ‘espíritu’, sino que lo hemos vuelto a colocar entre los animales”. Nuestra crisis provendría del momento mismo en que deseamos comprender al hombre genéticamente, es decir, como algo que habiendo surgido del mundo animal lo sobrepasó perdiendo sus instintos. Especie tensísima de animal, representaría por tanto una enfermedad de la Tierra, “un probar, tantear, fallar, en realidad no un ser, sino como máximo la prefiguración de un ser, es decir, el animal no fijado todavía, al cual sólo le quedarían dos posibilidades: o -en virtud de su “moralidad creciente”- reprimir sus instintos animales convirtiéndose en un ser decadente, o superar lo fallido en él reavivando sus instintos, sacar a la luz del día sus posibilidades inexhaustas, levantar su vida sobre la afirmación de poder, y ascender así hasta el superhombre, el verdadero hombre, la novedad lograda.
El planteamiento de Nietzsche no puede ser más cobarde, y eso lo he aprendido de Martin Buber: “si un ser ha salido fuera del mundo animal, un ser que sabe del ser en general y de su propio ser, el hecho de esta salida y el modo en que ha salido no pueden ser comprendidos a base del mundo animal mismo”[1]. Esta es nuestra esperanza, pero también nuestra preocupación, pues al humano arraigo animal le ha ido sucediendo el absoluto desarraigo, la disolución progresiva de las viejas formas orgánicas de la convivencia interpersonal directa que ofrecían al hombre un hogar en la vida, un remanso donde descansar en la acción directa con sus iguales, una seguridad sociológica que le preservaba del sentimiento de abandono total”.
Podría decirse que el hombre ha quedado rezagado respecto de sus propias obras por él mismo creadas en esos tres grandes constructos básicos que le superan: la técnica, la economía, la acción política y judicial. Y todas ellas unidas por una misma trasversal: la crisis de la confianza. La gente parece andar diciendo lo de aquel personaje extremeño: “pa mí que no se gana nunca una carrera: yo estuve en dos, y en las dos m’empreñaron”.
No todo es luz. Ciertamente no existen en nuestro hermoso Planeta azul los agujeros negros de las estrellas enanas, pero sí oscuridades y pozos en los que la luz de la luna se mira: “veinte metros de descenso por un estrecho agujero cavado hacia la noche ininterrumpida del subsuelo es un viaje vertiginoso y no sin cierta magia: equivale a tocar puerto en un reino de fábula donde todo fuera de signo espectral. Se entra, nada impunemente, en la vida sorda y secreta del humus, en la arcilla que suda un sudor frío y huele a tumba recién abierta, en el balasto y la oca que no saben de la luz, en el sistema de las aguas que infinitamente se deslizan lo mismo que reptiles ciegos. El que desciende va como llevando sus huesos hacia los huesos de sus antepasados, incluso los sin cara y sin nombre y los comidos por la tierra en cualquier lugar del planeta. Cada vez más oscuro y deprimente se hace el pozo; el cielo germina siendo como una moneda, una alta y pequeña y a veces cenicienta moneda, y a menudo es posible ver en él, en pleno día, algunas estrellas que parecen redobladamente lejanas. Hay también un silencio desnudo y purísimo y que de inmediato se integra o se acumula a la negrura y la piedra, y el fondo del pozo es un lugar donde se está sin estar del todo, en donde mucho se participa del no estar –el haberse ido- de estar muerto… Pero de pronto algo revivió en el fondo del pozo: Martiniano Ríos percibió sin saber cómo una tensión en la cuerda y advirtió que el balde, caído a sus pies, comenzaba a moverse; llegó al pozo y sacó un balde lleno de agua y, sin derramar una gota, lo depositó sobre el brocal. El nudo de la cuerda en el asa del balde estaba muy apretado; Martiniano desenvainó el facón y lo cortó…”[2].
Lo que ocurre es que contra la soberbia hasta los dioses luchan en vano por ella corroídos. El ser humano cree siempre ser más de lo que es, y se estima menos de lo que vale. El niño es realista; el muchacho, idealista; el hombre, escéptico; el viejo, místico. Goethe dijo que el perro bien educado se equipara incluso a un hombre sabio, pero es tan imposible que un perro se convierta y equipare a un sabio, como que un sabio llegue a convertirse en perro, a menos que desee ingresar en la secta de los cínicos. El hombre se cree siempre ser más de lo que es y se estima menos de lo que vale. ¿Sabremos envejecer y empequeñecer amando el perfume de nuestra nada pasajera?
La vida es un gran compromiso con la alegría, pero ésta no puede ser perseguida, no puede ser querida en cuanto que tal alegría, ella debe encontrar su acomodo al modo como se produce un resultado: la felicidad ni debe, ni desea, ni puede nunca ser una meta, sino solamente el resultado de la consecución de aquello que se llama deber. En todo caso, cualquier esfuerzo felicitario se malograría si buscase una felicidad caída del cielo que nunca se deje atrapar. Fue Kierkegaard quien pronunció aquella sabia alegoría relacional, a la que podríamos atenernos: “la puerta de la felicidad abre hacia fuera”, pues se cierra para quien intenta forzar la entrada.
[1] Buber, M: ¿Qué es el hombre? FCE, México, 2012, p.70.
[2] Mario Arregui (1917-1985) comentó que “los novelistas tienen la puerta abierta para contar pavadas y llenar páginas con cosas obvias, los poetas permiso para amontonar palabras descomprometidas e imágenes irresponsables o interminables; los que no podemos joder, los que sudamos y sufrimos, los ‘en serio’ somos cuentistas”[2].