La secularización de la Semana Santa es un tópico que se estrella contra la realidad. Desde hace...
La secularización de la Semana Santa es un tópico que se estrella contra la realidad. Desde hace muchos años, el laicismo militante y el comunismo, hoy cadáver, repiten mil veces la misma cantinela en Semana Santa: la gente se dedica a divertirse, se entrega al hedonismo, ha convertido el cristianismo en una “religión” pagana. O, sencillamente, se ha sumado a la indiferencia o al ateísmo. Los que aseguraban que la religión es el opio del pueblo fueron, sin embargo, los que encontraron el rechazo general. Es verdad que la crecida de nivel de vida permite cada año a muchos españoles disfrutar de unos días de vacaciones durante la Semana Santa. Los centros turísticos de playa, nieve o montaña están abarrotados. Pero vacación no es sinónimo de espíritu antirreligioso ni arreligioso. La realidad de España en Semana Santa es que, durante meses, las cofradías y los fieles han ensayado las representaciones de la Pasión y han preparado las procesiones. Desde Zamora a Sevilla, desde Teruel a Málaga, desde Santiago a Murcia, los pasos procesionales, con frío o con calor, con lluvia o con buen tiempo, se han mecido arropados por la multitud. En las iglesias no cabía un alfiler, los oficios atrajeron al pueblo cristiano, sobre todo a los jóvenes, y el sentido religioso de la vida se hizo presente durante los días de Semana Santa como lo estuvo siempre, ahora de forma más sincera que en la etapa franquista de religiosidad oficial. Gabriel Marcel decía en El hombre problemático que el ateísmo moderno se deriva de una maraña de resentimiento y de ignorancia. Si se le introducen algunas veladuras, la afirmación es verdad. La Semana Santa no se ha paganizado ni secularizado ni demuestra que el indiferentismo y el ateísmo crecen. Se ha hecho compatible con el descanso y la vacación, porque la iglesia cristiana ha sabido adaptarse siempre a las circunstancias de los tiempos. Pero el mensaje de la palabra, del Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros, permanece vivo en la juventud. Aunque eso fatigue los hombros y la conciencia de los que dictaron entusiasmados la muerte del cristianismo.