Si la Cruz tiene un madero vertical, el de la verdad de los principios dogmáticos, también tiene otro...
Si la Cruz tiene un madero vertical, el de la verdad de los principios dogmáticos, también tiene otro madero horizontal, el de los brazos abiertos, símbolo de la liberalidad y de la generosa comprensión. En el olvido de este doble mensaje esperanzador radica, tal vez, la causa principal de esa crisis que hace crujir las vértebras del mundo actual desde el hemisferio oriental hasta el occidental. El Papa santo Juan XXIII, insistió en la necesidad de salvar la verdad del torrente de peligroso confusionismo que todo lo anega. Pero extendió a la vez sus generosos brazos invitando a todos los hombres y a todas las Iglesias a que se aferren al tronco de la Verdad permanente. Es cierto, quizá, que aquellos que consideran la verdad más importante que la acción, y la justicia más fundamental que la fuerza, llevan todas las de perder. Por lo menos a corto plazo. Porque a la larga, sin verdad y sin justicia no hay estabilidad ni permanencia posibles. El problema, además, no es del tiempo actual, aunque hoy se haya agudizado. En todas las épocas los hombres han sacrificado al interés la verdad y la justicia. Pero, aunque se las niegue, la verdad y la justicia siguen existiendo. Y de pronto surge una conciencia honesta capaz de defenderlas contra todo, contra todos. Es el momento en que el espacio vence al tiempo. Es la derrota de Pilatos. Por eso, al cabo de dos mil años, la generosa verdad de la Cruz sigue derramándose por el mundo.
Las revelaciones de Ana Catalina Emmerick, la gran vidente del siglo XIX, sólo poseen autoridad humana. Aquella monja alemana tuvo la gracia de ver y vivir la pasión de Jesucristo, varios pasajes del antiguo y del nuevo Testamento y gran cantidad de hechos históricos. Las visiones de Ana Catalina, recogidas por el poeta Clemente Brentano, al que ella misma designó, tienen una fuerza descriptiva que impresiona. Los pasajes y detalles complementarios de la pasión de Cristo que callan los Evangelios pudieron no suceder como dice Ana Catalina de Emmerick, pero, en cualquier caso, sus visiones son un monumento para la meditación cristiana. Algún Papa ha recomendado vivamente su lectura en los días de Semana Santa. Hace dos siglos, la monja alemana contó, por ejemplo, con toda minuciosidad, las obras y hechos de la secta de los esenios, prácticamente ignorada hasta finales del siglo XX. Como señaló la excelente revista L’Homme Nouveau, los manuscritos del mar Muerto, coincidieron punto por punto con las revelaciones de Ana Catalina. Teniendo en cuenta este dato, sus visiones de la Luna y de la vida en otros planetas resultan alucinantes y se leen en la actualidad con interés.
No hace falta, sin embargo, acudir a las angustiadas visiones de una monja para vivir otra vez el gran drama del Calvario. Como decía Kazantzakis, Cristo ha sido otra vez crucificado. Desgraciadamente, al gran escritor griego se le enredan en sus obras torpes afirmaciones heterodoxas. Pero su imagen de Cristo crucificado por el mundo moderno posee perfecta validez. Sangra de nuevo el Hijo de Dios vivo. Gota a gota se está consumando otra vez el gran sacrificio ante la impasibilidad de millones de cristianos. Vivimos la época de las increíbles abdicaciones. Toda una civilización se derrumba ante nuestros ojos con aceleraciones de vértigo. Trepa la yedra del relativismo por inmensidades geográficas. Semíramis ya no reina en el mundo. Convertida en dulce paloma, voló para siempre a los cielos. Y sobre el orden de Melquisedec pesa la amenaza de la destrucción total.